Estuvimos en la casona más antigua de Chile y América. Construida en 1650, aquí se vive la historia en su máxima expresión. Hoy después de tres años de reconstrucción, debido al 27 F, abre sus puertas a todos los turistas que quieren vivir en el Chile de antaño. Aquí, la historia contada por su dueño: Germán Claro Lyon.
por María José Pescador D. / fotografía Francisco Cárcamo P.
Está dentro de los 1000 sitios que hay que ver antes de morir, un bestseller que realizó el New York Time, a través de la editora Patricia Schultz. Es la vigésima empresa familiar más antigua del mundo, según un estudio hecho por la revista estadounidense Family Business Magazine. Y no es para menos, construida en 1650, por aquí han pasado diecisiete generaciones que hoy se representan bajo el nombre de Germán Claro Lyon, actual dueño, y cuyo objetivo es que este patrimonio nacional sea conocido por todo el mundo.
Situada en pleno campo entre Pelequén y San Fernando, a cuarenta minutos de Rancagua y menos de dos horas de Santiago, se encuentra esta casona en donde nacieron los próceres de la patria y en donde han estado como pasajeros grandes famosos: así lo dice un poster enmarcado en el bar con una dedicatoria y firma de, nada más ni nada menos, el actor y director Sidney Pollack. En este lugar nació Gregorio Argomedo (1772), secretario de la Primera Junta Nacional de Gobierno, y vivió don Mateo de Toro y Zambrano, presidente de la misma. Quién sabe cuántas decisiones se tomaron entre estas paredes de grueso adobe, y cuántas confesiones se escucharon en la capilla en donde hay un Cristo Florentino del siglo XVII hecho en marfil , perteneciente al oratorio personal del papa Pío IX.
La hacienda tiene cerca de siete mil metros de construcción, y dos mil hectáreas de terreno. En el año ochenta, y luego de haber viajado por Europa y conocer el negocio de los hoteles boutiques, Germán habló con su padre del mismo nombre y apellidos Claro Lira para comentarle sobre la idea de abrir la casona al turismo. Luego de mucho pensarlo y de que su madre, doña María Elena Lyon Valverde, se negara rotundamente, se abrió en una primera instancia para quienes quisieran ir a pasear por el día. Luego de acondicionarla, existió la posibilidad que quedarse a alojar. Hoy cuenta con catorce habitaciones, baños para minusválidos, sala de billar, de conferencias, piscina, setenta caballos criollos, una medialuna, canchas de todo tipo, entre otros.
¿Cómo fue la construcción de la casa?
La casa tiene varios tipos de arquitectura, porque a medida que la familia iba creciendo, se iban construyendo las distintas estancias. Primero se hizo la capilla y el comedor, en 1650; antes esas habitaciones eran graneros y establos. Luego se siguió construyendo en 1680 y, posteriormente, se terminó 1760. De esta época es el salón amarillo que tiene más de cinco metros de alto, ya que en ese tiempo salió la ley que decía que con esta altura se podían encender los braseros –porque no existía otra manera de calefacción– y no había problemas de muertes por intoxicación.
¿Y cómo fue esta última reconstrucción?
Tres años estuvimos cerrados por el famoso terremoto. Se hizo una restauración muy profunda: se le puso acero a toda la casa con malla ACMA y concreto. Siempre dejando el alma de la casa que es el adobe, todo bajo la mano del arquitecto Raúl Irarrázaval. La idea es que la estructura permita mantener los muros de la casona por muchos años, que ningún otro terremoto le haga daño, pués esto tiene que seguir las siguientes generaciones. Menos mal que el techo lo habíamos arreglado seis meses antes y no se cayó ni una teja. Por otro lado, hemos trabajado mucho para ser hotel competitivo; tenemos un restaurante, internet, calefacción central, entre otros.
¿Qué se viene para la hacienda?
Ojalá encontrar un socio estratégico para hacer más habitaciones, un spa, y dar a conocer el tema de nuestros vinos, Hacienda los Lingues, que se hizo gracias a una alianza estratégica con la viña Los Vascos. Mi intención es que el turismo ayude a mantener la casa, porque es muy costoso y es un patrimonio del país.
Esta casa es como un museo
Sí, pero es viviente. La idea es que la gente venga a conocer cómo eran estas casas; este no es un lujo moderno, como puedes encontrar en otros hoteles. Aquí todo se usa, es un lugar donde vienen los extranjeros y andan en su salsa, se pasean por todos los salones, y todo lo que se ve se puede tocar o usar: las colecciones de cucharas, la platería, los cuadros, fotos, recuerdos, etc.
COMEDOR
En esta habitación hay una mesa enorme, la que junto a las sillas y el mueble de fondo están hechos con madera de nogal del Cáucaso de 1888. Las lámparas funcionaban con gas carburo y velas. En una de las ventanas hay un cooler para el vino de hierro pintado a mano e inglés del 1841, se usaba con nieve porque no había sistema de calefacción. En el centro de la mesa hay dos gallos de plata azul provenientes del periodo colonial peruano, cada uno pesa entre cuatro y cinco kilos y son hechos a mano. También hay un juego de té que pertenecía al presidente Carlos Ibáñez del Campo. Y en las paredes hay cuatro tapices con el dibujo de los escudos familiares: Lira, Lyon, Argomedo y Claro.
SALÓN ROJO
Hay dos cuadros importantes: uno de la hija de Mateo Toro y Zambrano: Ana María de Toro del año 1850. El otro es de la señora María Luisa Edwards Mc-Clure de la familia de la madre del dueño. Hay dos sillones rojos italianos diseño Dagoberto de 1874. Hay una pera de plata que el presidente Domingo Perón (Argentina) le regaló al presidente Ibáñez del Campo, y dos pianos: uno inglés y otro francés originales de la época. Una silla hecha con madera de nogal y tapiz verde que tiene ciento veinte años, y unos jarrones de la dinastía Tang, que tienen entre seiscientos y mil años de antigüedad.
SALÓN AMARILLO
Sobre la chimenea hay un cuadro de la señora Ester Vergara Astaburuaga, abuela de don Germán Claro Lira y casada con don José Toribio Lira, quienes eran los dueños de la hacienda en el 1900. En una de las esquinas hay un cuadro, además de unas tazas y más allá un sofá de caoba, que eran de don José Gregorio Argomedo. Al frente hay una mesa redonda con cubierta de mármol, y unas sillas propiedad de don Mateo Toro y Zambrano. Al centro, un sofá amarillo del 1800, hecho por ebanistas portugueses, ya que perteneció a Pedro Primero, primer emperador de Brasil. Llama la atención una pequeña maqueta de una cómoda hecha para María Antonieta, reina de Francia. Del techo caen dos lámparas gigantes de cristal de baccarat. Las paredes están cubiertas por género de tapiz con diseño, y de una de ellas cae un gobelino proveniente de Bélgica del siglo XVII.
HALL DE ENTRADA
En este pequeño pasaje hay una calesa española de fines del 1600, usada para transportar personas por los esclavos. Hay unas mesas de mármol y dos sitiales italianos junto a un espejo auténtico francés sin remodelar que permanece perfecto y es del año 1760. Las puertas enormes, con diseños bávaros, son de madera de patagua. Saliendo de aquí está el frontis principal de la casa y se ven los jardines, el principal con una fuente de agua de piedra.
CAPILLA
Era originalmente un establo, y este es el lugar más antiguo de la casona, junto con el salón comedor. Aquí hay un pulpito que fue donado por la iglesia de Santa Rosa de Pelequén a la hacienda. Los cuadros son todos cuzqueños; en un lado hay un banco de coro de iglesia de fines del 1600 (sólo hay dos en Chile), el otro está en el Museo de Rancagua. Y es aquí donde está el Cristo de marfil dispuesto en una cruz de madera de ébano, fue rematado en París por la familia del papa Pío Nono.
“Tres años estuvimos cerrados por el famoso terremoto. Se hizo una restauración muy profunda: se le puso acero a toda la casa con malla ACMA y concreto. Siempre dejando el alma de la casa que es el adobe, todo bajo la mano del arquitecto Raúl Irarrázaval”.