Es una de las enólogas más destacadas del país, posee más de treinta años de trayectoria en los que ha asesorado a las viñas más importantes de nuestra tierra. Hace doce años creó su propia viña: Meli, hecha a partir de las energías y la conexión ancestral de los cuatro elementos.
por Constanza Valenzuela M. / fotografía Francisco Cárcamo P.
En su casa de campo, allí mismo donde se encuentra su viña, en el sector El Peumal, ubicado en el Valle de Loncomilla en la región del Maule, nos recibe Adriana. El lugar lo eligió, el 2002, para crear su proyecto más ambicioso: Meli. Esta zona se encuentra en medio de la Cordillera de la Costa, en el secano, en donde el clima es mediterráneo y se destaca por tener seis meses secos e igual cantidad de húmedos, con precipitaciones que superan los setecientos milímetros anuales.
Delgada, de cabello largo y rubio, con voz cálida y juvenil, nos cuenta, mientras recorremos las parras que le dan vida a sus sueños, proyectos y futuro, que empezar en este medio hace treinta años no fue nada fácil, menos para una mujer.
Estudió para ser ingeniera agrónoma en la Universidad de Chile, pronto se casó y junto al que es hoy su ex marido —también enólogo— y sus dos primeros hijos, Eduardo (37) y Macarena (37, tiene once meses de diferencia con Eduardo), se trasladaron a vivir a Talca por temas de trabajo. Aquí pronto tendría su tercera guagua, Claudio (34).
Su primer empleo en la zona se lo dio Sergio Dussaillant, en la Cooperativa Vitivinícola de Curicó, quien la contrató como asistente técnica de los cooperados, por lo que tenía que visitarlos y asesorarlos. Aquí empezó la pasión por las viñas, la atracción por el campo y la producción.
ABRIENDO CAMINOS
En la cooperativa trabajó once años y llegó a ser gerente de producción y comercialización de vinos. Como tenía horarios definidos, vio crecer a sus hijos, almorzaba con ellos todos los días y podía estar presente, pese a tener que salir de casa. La vida en provincia facilitó los procesos y su retorno a Santiago se dio cuando sus hijos ya estaban grandes, pero por Meli, siempre tiene que estar viajando al campo.
¿Cómo fue el proceso de asesorar viñas?
Empecé con una empresa que exportaba vinos a granel cuando esto no se hacía en el país; en ese minuto era sólo de consumo nacional. Recuerdo que llegábamos a unas bodegas y decía que estaba buscando comprar vino para exportar y desplegaban la alfombra roja. Después empezó el boom del vino y la alfombra se guardó. Luego empecé a trabajar con Aurelio Montes, asesoraba con él, para después seguir mi propio camino.
Debe haber sido difícil abrirse camino…
Es que este camino antes estaba sólo destinado para los hombres… En aquellos años miraban con cara rara a esta mujer que andaba en una citroneta perdida por los campos de parras. Pero eso fue sólo un tiempo.
El PEUMAL DEL MORRO
Mientras realizaba una asesoría en Cauquenes, se dio cuenta de que en algunos lugares de la región del Maule se daba una variedad de carignan lo que permitía hacer vinos muy ricos. Según cuenta, fue el destino y una especie de energía la que la atrajo hasta este lugar llamado El Peumal del Morro, donde finalmente se instaló.
¿Cómo compra este campo?
Como asesora, viajaba por todas partes del planeta, y cuando volví, en 1995, me reencontré con Sergio Dussaillant, a raíz de la publicación del libro La historia del vino chileno. Me acordé mucho porque él era una eminencia de conocimientos. Ahí me empezó a contar que su familia tenía este fundo, pero que luego de que muriera su papá, el campo estaba botado y yo no podía creer cómo un fundo de vinos podía estar abandonado. Así, el año 2000, logré comprarle estos lotes.
¿Y las tierras venían con las parras?
Sí, fue increíble llegar a este lugar prístino y perdido. Nadie le daba la importancia al carignan, que era considerada una variedad rasca, de garrafa, que estaba por todo el país, pero yo asesoraba a Cauquenes y empezamos a ver que había algunos vinos de cuba que eran muy ricos, y resultaban vinos muy buenos. Por eso, cuando compré aquí, nadie tenía sus ojos en este sector.
¿De dónde viene el carignan?
El abuelo de Alejandro Dussaillant trajo las cepas de Francia en los años cuarenta, aunque el origen es de España, de la Cariñena, localidad de la provincia de Zaragoza.
¿Cómo logró ver que esto tenía potencial?
Le creí a Sergio Dussaillant, que fue mi socio hasta que falleció hace dos años; cada uno tenía una parte del campo. Él me contó que cuando tenían la Viña Casa Blanca, los franceses venían a comprar y sólo se llevaban el carignan de El Peumal, entonces para mí era una apuesta segura, aunque la gente pensara que este vino era sólo para las garrafas. Pero las cosas han ido cambiando con los años, incluso a nivel internacional. Una revista revisó todos los vinos de Chile y le pusieron el mejor puntaje a un vino carignan de De Martino, cuyo enólogo jefe es Marcelo Retamal.
EL PRIMERO DE CUATRO
Meli es un proyecto completamente familiar. Con esta apuesta, esta renombrada enóloga, que ha recibido innumerables premios por su trabajo, se dedica a producir los vinos y su hijo mayor, que es ingeniero comercial, se encarga de la comercialización, preocupándose de todos los detalles: botellas, etiquetas, nombre, entre otros.
¿Cómo fue el proceso?
En 2005, embotellamos el primer vino de unas parras viejas y quedó súper bueno, aunque no le tenía mucha fe. Luego mi hijo mayor comenzó a trabajar conmigo.
¿Cómo es el sistema?, porque aquí no hay bodega ni dónde embotellar…
Conozco varios lugares en donde poder vinificar. Donde llevo más tiempo produciendo nuestros vinos es en Miravalle de Pelequén, allí llevo mis uvas, hablo con el enólogo o jefe de bodega para darle instrucciones, y luego ahí mismo embotellamos.
¿Cómo surge Meli?
Cuando comenzamos a hacer esta sociedad, quise ponerle Meli Mahuida, porque Mahuida es el lugar mágico de las machis. Se lo propuse a mi hijo y me dijo que no, porque era imposible comercializar uno nombre tan largo. Finalmente él le puso Meli, que significa cuatro en mapuche. Entonces todo coincidió ya que se representan los cuatro elementos; somos mis tres hijos y yo. Además, como símbolo, usamos la chacana, que es la cruz andina que tiene las cuatro orientaciones.
Su hijo sigue a cargo de la comercialización a través de Reinero Wines, lo que ha permitido que sus vinos se distribuyan en todo el país —se encuentra en el Mundo del Vino en Chile— y en Brasil, México, Estados Unidos, Canadá y Europa. Meli produce en su vino de reserva trece mil botellas, y en el reisling cerca de cinco mil. También, y sólo cuando la cosecha está muy buena, Adriana crea el vino El Dueño de la Luna, del que saca tres mil botellas, pero sólo lo ha hecho dos años: el 2009 y el 2012.
LA ENERGÍA
Hoy Adriana divide su tiempo entre su campo en el Maule —con cerca de nueve hectáreas—, su trabajo espiritual (tiene un tema muy potente con las energías, sobre todo con la que le otorgan los cuatro elementos viento, fuego, tierra y agua), y en consentir a sus seis nietos, cuyas edades fluctúan entre los nueve años y el mes de vida.
¿Cuál es su conexión con el vino?
Yo creo que es una conexión mística. Además, en muchas civilizaciones el vino ha representado cosas importantes.
¿Y con su campo?
Es nada más que el estar ahí y sentir una energía especial.
¿Cuál es la proyección de Meli?
Tener una bodega. Hay cuatro enólogos que me compran uva y la idea es hacer esto para que cada uno haga su vino. Todos son más jóvenes que yo, son como hijos. Al trabajar con los jóvenes hay un feed-back muy positivo que te da más energía.
“El abuelo de Alejandro Dussaillant trajo las cepas de carignan de Francia en los años cuarenta, aunque el origen es de España, de la Cariñena, localidad de la provincia de Zaragoza”.