Aventurarnos hacia un destino desconocido, inquietarnos por la incertidumbre de dónde pasar la noche, quién nos acompañará en el siguiente almuerzo o con quién nos cruzaremos durante una caminata, son algunas de las experiencias que nos llevan a viajar solos, aunque, finalmente, nunca estamos solos.
Texto y fotografía Constanza Ángela Fernández Curotto (mail: conifernandez@gmail.com)
La gracia de un viaje desprendido y ligero es que nos abre a compartir y ser flexibles, estar atentos a datos y señales que enriquecen la experiencia. Los lazos que hacemos lejos de casa, la rutina y las comodidades, suelen ser muy fuertes y, muchas veces, nos regalan un nuevo viaje.
Fue caminando entre los monasterios del Pequeño Tibet, en el norte de la India, cuando conocí a Natalie, que venía desde el Gran Cañón a recorrer las cumbres asiáticas. Después de varios días, medio en broma medio en serio, le propuse reencontrarnos en Torres del Paine, y poco tiempo después recibí un mail confirmando su visita. Rápidamente, ideé un plan para poner pausa a la vida santiaguina, acudí a contactos en la zona y propuse este reportaje, justo cuando las Torres del Paine destacaban como la novena maravilla del mundo. ¡Fue perfecto! Todo se alineaba, el fotorreportaje fue aprobado y desde ese momento puse en práctica el “trueque del siglo XXI”.
UN PREMIO A LA PACIENCIA
En Puerto Natales fuimos cariñosamente recibidas por las chicas del hotel Kau Patagonia, cuya acogedora sencillez, combinada con el privilegio de amplios ventanales frente al mar, sirvió para conectarnos rápidamente con los tiempos y ritmos de la Patagonia. Al atardecer, recorrimos la tranquila ciudad, bajo un cielo de colores cambiantes que se fue oscureciendo lentamente, invitándonos a un placentero descanso. A primera hora del día siguiente, después de presenciar un mágico amanecer, viajamos hacia Las Torres, mientras nuestros teléfonos perdían la señal y nosotras disfrutábamos esa desconexión.
En el Hotel Las Torres tuvimos un breve pero suficiente descanso. Despertamos cerca de las cinco de la mañana para ver la salida del sol, compartir un completo, variado y muy rico desayuno y partir al encuentro con los baqueanos, jóvenes de tradición ecuestre con los que cabalgamos hacia el Campamento Chileno, para desde ahí caminar hacia Base Torres. Recuerdo que el viento era sutil, algo inusual en el parque, lo que hizo de la caminata un momento especialmente silencioso, perfecto para entrenar nuestra paciencia, que sería puesta a prueba llegando a la base de las torres porque era imposible ver la montaña. La mayor parte de las personas bajaban decepcionadas, pero nosotras esperamos hasta que ocurrió la maravilla. El suave viento fue suficiente para despejar algunas zonas de los picos más altos. Allí estábamos, en la soledad de la montaña observando el ondulante movimiento de las nubes que tapaban y destapaban los macizos, frente a un espectáculo que tenía algo de nostálgico y mágico a la vez.
DE MONTAÑA EN MONTAÑA
Al día siguiente, mientras caminábamos hacia el Refugio Cuernos, mi mente se vació regalándome la posibilidad de respirar profundo. El simple ejercicio de poner atención al aire que entraba y salía de mi cuerpo me trasladó al Pequeño Tibet donde también pude detener mis pensamientos y abrirme a escuchar a la montaña, las conversaciones de los pájaros en medio del ligero golpeteo de las hojas de los árboles.
Al Igual que en India, Natalie caminaba adelante, con la diferencia de que ahora se perdía entre rojos senderos coloreados por bellísimas flores, ubicadas de forma tan perfecta al costado del camino que parecía que alguien las hubiese plantado para nosotras. En India estábamos a más de 3.500 metros de altura y las flores no eran parte de la aventura, pero ambos paisajes eran igualmente inspiradores, el vacío y aridez de la alta montaña de la India, en contraste con la variedad de colores y especies de la Patagonia.
En el Refugio Los Cuernos nos esperaba a una pequeña cabaña alos pies de la montaña, hasta donde nos guió una de las chicas del staff de Fantástico Sur, empresa de turismo que tiene la concesión de algunas zonas del parque y que nos acogió durante dos días. Cenamos un rico plato de hamburguesas de lentejas con arroz, gran aporte energético para nuestros cuerpos cansados tras ocho horas de caminata y nos perdimos en las profundidades de un mítico silencio, entregándonos a un sueño profundo, mientras la luna se reflejaba en el horizonte del lago. Al amanecer, un colorido regalo se presentó ante nuestros ojos. Junto con la salida del sol, un puente de colores comenzó a bajar desde la cumbre de la montaña perdiéndose en las agitadas aguas del lago Nordernskjöld.
LA NATURALEZA Y SUS POLARIDADES
Después de pasar dos noches en Los Cuernos y caminar hacia el Campamento Italiano, estábamos prontas a subir al Británico. Nos abrigamos y partimos con precaución, ya que el viento era intenso e, incluso, caían ligeros copones de nieve. Fue una larga y dura jornada, llegamos a pocos metros del Británico pero la fuerza del viento nos obligó a bajar. La caminata hacia Paine Grande fue triste y gris, no sólo por la oscuridad del día, sino también porque, paso a paso, fuimos entrando en un cementerio de árboles, un antiguo bosque de lenga y ñirre completamente quemado como consecuencia del fuerte incendio ocurrido en 2011 y la irresponsabilidad de un turista extranjero.
Sin comentarios, sin palabras, caminamos medio dormidas hasta que sentí el impulso de sacar una foto que diera cuenta de la herida profunda que quedó en el lugar, un llamado a respetar las normas y a no desafiar la potencia de la naturaleza, que así como es la encarnación de la fuerza creadora también esconde un tremendo poder destructor. Pasamos la noche en el refugio Paine Grande donde nos preparamos para la última parte del viaje: el ascenso hacia el glaciar Grey, donde nos esperaba Andy, administrador del Refugio Grey, quien nos recibió con un rico y conversado mate junto al equipo de Big Foot y Antares Patagonia que nos informaron sobre las próximas aventuras.
Por la tarde, navegamos en kayak hasta la orilla del glaciar, rodeando majestuosas masas de hielo cuya forma estimulaba la creatividad, transportándonos a otros espacios donde solo la naturaleza es protagonista. Al día siguiente, y como coronación de la aventura, Natalie y yo nos alistamos con crampones y cascos hacia la infinitud y pureza del glaciar. De pie sobre la nieve quise congelar ese momento como una foto eterna en un espacio de mi mente, con la idea de que esa imagen fuese capaz de devolverme a la calma cada vez que la locura de nuestros tiempos me haga olvidar que “ser humano” es más que valorar la vida por los logros de la tierra; valorarla por los logros de los cielos.
Me quedé un poco más atrás con la cámara para ver cómo Natalie y nuestro guía Hernán se perdían en ese horizonte blanco hacia el vacío del glaciar, ese lugar donde se funde la tierra y el cielo, el límite entre los sueños y la realidad.
DATO
http://www.lastorres.com
http://www.bigfootpatagonia.com
http://www.kaulodge.com/kau-lodge/
http://www.fantasticosur.com
La caminata hacia Paine Grande fue triste y gris, no sólo por la oscuridad del día, sino también porque, paso a paso, fuimos entrando en un cementerio de árboles, un antiguo bosque de lenga y ñirre completamente quemado como consecuencia del fuerte incendio ocurrido en 2011 y la irresponsabilidad de un turista extranjero.