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EDICIÓN | Septiembre 2014

Sabores en el Mercado Central

por Montserrat Salvat, coordinadora Escuela Pedagogía de Educación Media en Historia y Geografía, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián
Sabores en el Mercado Central

Para abastecerse de pescado y vegetales frescos, comer platos marinos típicos o conocer un poco más del carácter propio del chileno, pero también para ver algo de arquitectura decimonónica y el comercio como era antes, cara a cara, siempre se saldrá con algo entre manos en una visita a este antiguo centro de intercambio capitalino.

Comienza el mes de septiembre y de repente, baja el entusiasmo patriota por la cueca, el caldo de patas, los volantines, el chamanto y la chicha, como si ser chileno estuviera exclusivamente en esos usos y no en algo que hacemos todos los días, como ir a comprar algunas verduras, una presa de pollo o un filete de pescado para el almuerzo a la tienda de la esquina o por qué no, al Mercado Central: sucesor del Mercado de Abastos colonial.

El Mercado Central fue inaugurado hace ciento cuarenta y dos años, con su armazón ferroso, siguiendo el estilo neoclásico. Ha sufrido varias remodelaciones desde ese 15 de septiembre de 1872. En su diseño y construcción participaron primero el urbanista Manuel Aldunate y posteriormente comandó las obras el arquitecto Fermín Vivaceta. Declarado monumento histórico en 1984, el Mercado se mantiene vivo, con sus ochocientos trabajadores y millares de visitantes.

Todavía se vocean la calidad de los productos y la bondad de las ofertas. Todavía los precios se escriben a mano en un papel forrado en plástico. Todavía se atiende a la clienta como “casera” o “mi reina”. Todavía se filetea con precisión y oficio. Todavía hay dúos de guitarras que lamentan a coro un amor tormentoso o una separación intempestiva. Todavía están las empanadas del Tío Willy y las pailas marinas ahí, donde Augusto. Todavía, cada inicio de año la gente va a componer el cuerpo luego del festejo desenfrenado. Todavía el suelo eternamente mojado y el hielo trasladado en carritos.

Farmacia, confiterías, yerbas, frutos secos, encurtidos, carnes, charcutería, frutas y hortalizas, agencias de turismo, suvenires y artesanía, con la infaltable orfebrería en lapislázuli. Incluso un monumental indio pícaro, que hace su oficio en uno de los comedores.

Lleno de mercancías preciadas y de gente. Turistas, porque es casi paseo obligado cuando se recorre el casco histórico, la Plaza de Armas, el Palacio de la Moneda y el Museo Nacional de Bellas Artes. Toda publicación turística que se precie de tal lo recomienda: La Boquería catalana, Union Square en Nueva York, Borough de Londres. Nuestro Mercado Central quedó quinto entre los mejores diez del mundo en un ránking que publicó en 2012 la revista National Geographic Traveler. Esta destacó las especies marinas locales, “muchas sin clasificar, de nombre intraducible o desconocidas fuera del país”.

Abierto de lunes a domingo a partir de las 8:00 am, reúne un variopinto grupo humano que va desde la dueña de casa con su carrito, hasta una generación más joven, gourmet, que va a buscar lo que no se vende en el supermercado, la aspiración de una alimentación más saludable y un modelo más sustentable de intercambio. Hay que tener cuidado con las pertenencias y objetos de valor, advierten varios carteles a nuestro paso.

Sierra, salmón, albacora, atún, congrio, jurel, picoroco, caracol, machas, almejas, choros, piure; los alimentos fresquísimos. Entre ellos, los casinos y restaurantes. Colaciones con pan y pebre, mantel de hule, servilletas enrolladas formando un cucurucho y también más elegante, con mantel de tela espumante y centolla. Merluza frita, caldillo de congrio, jardín de mariscos, machas a la parmesana, empanadas, toda la variedad de comida marina.

Algunos oficios antiguos, el locutor/promotor/voceador de deliciosas preparaciones marinas, lustrabotas, el agente de turismo, garzón bilingüe y obviamente, cerca de la vereda, la señora de edad que vende limas de uñas, agujas de coser y pata de vaca (una hierba que mantiene a raya la diabetes y la hipertensión, dicen), entre otras hierbas.

 

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