Afanado en un proyecto integral —el que incluirá una colección de cuarenta obras, basada en la historia y cultura de Marruecos— Francisco se amanece en su taller rodeado de pinceles, pinturas y café. Es que su exposición será presentada en mayo del próximo año y no solo en Coquimbo, sus cuadros viajarán hasta el norte de África, donde además, expondrá una serie de obras inspiradas en las costumbres y paisajes de nuestro país.
por Verónica Ramos B. / fotografía Patricio Salfate T.
Decir que sus cuadros son verdaderas fotografías, sería subestimar su arte. Dueño de un talento y una gran sensibilidad para interpretar etnias, paisajes, oficios y costu-mbres, este pintor traspasa la realidad y, ciertamente, sobrecoge. Francisco Bustamante (60) afirma que su objeto o figura de arte siempre ha sido el Medio Oriente y su estilo; el hiperrealismo.
Llegó a Coquimbo en 1996. Años más tarde, cuando se construyó La mezquita en el puerto, se motivó por conocer mucho más sobre la cultura, la estética y el arte marroquí. Todo este aprendizaje lo llevó a presentar un proyecto al director del Centro Mohammed VI para el Diálogo de las Civilizaciones, Asmar Smars. Sostuvo largas conversaciones no solo con él, sino también con el embajador del Reino de Marruecos, Abdelkader Chaui Ludie, hasta que, finalmente, pudo concretar su anhelo.
El proyecto que desvela a Francisco y lo tiene más que entusiasmado, es una propuesta integral que reúne una exposición de cerca de cuarenta obras de la historia y cultura de Marruecos, más un registro literario y fotográfico de todo este proceso que será presentado en un libro escrito por Juan Carlos Brown. El proyecto contempla, además, incor-porar una interacción con alumnos de dos colegios de Coquimbo, a quienes Francisco les enseñará sobre el arte e historia de esta cultura. Las visitas se harán en su taller en La Herradura y los niños firmarán sus impresiones, las que serán incluidas en el libro.
En mayo del 2015 será la inauguración y pese a que prefiere no adelantar sobre los detalles, enfatiza que esta exposición será diferente, ya que las obras se irán descubriendo gradualmente, porque su objetivo es contextualizar y atraer la atención de los asistentes. “Las temáticas ya las tengo en mi cabeza, ahora debo reproducirlas. Mi objetivo es pintar cuarenta obras en distintos formatos y tengo cerca de diez meses para hacerlas porque la exposición será en mayo. Estoy acostumbrado a trabajar bajo presión y puedo amanecerme pintando”.
¿Será presentada en Marruecos?
Eso es muy interesante, porque el proyecto contempla viajar a esta ciudad y exponer estas obras. Ahora, no solo es presentar como este pintor interpreta la cultura de Marruecos a través del arte, sino además, debo realizar una serie de cuadros relacionados con la historia y costumbres de Chile. Voy a pintar paisajes del sur, del norte, mapuches, pescadores de Tongoy, etc. La exposición consiste en un intercambio cultural entre Marruecos y nuestro país, y eso ya ¡es muy atractivo!
¿Qué te motivó a incorporar estudiantes en esta propuesta?
Es la oportunidad para retribuir a la comunidad y aprovechar esta instancia porque es un diálogo de civilizaciones. La idea es ampliar la cultura y nuestra riqueza histórica, porque tiene una profundidad maravillosa y qué interesante que los niños se interioricen en aprenderlo.
INTENCIÓN Y REALIDAD
Desde muy pequeño, Francisco hacía caricaturas, copiaba comics y los vendía. Podía estar todo el día dibujando, afición que le trajo varios problemas, porque dejaba de estudiar. “Mi padre era arquitecto y quería que yo siguiera sus pasos… no estaba en sus planes tener un hijo artista”.
Estudió arquitectura en la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, sin embargo, a los dos años se retiró, porque, indudablemente, su interés siempre fue la pintura. Ingresó, entonces, a la Escuela de Bellas Artes de Viña del Mar. Escultura, pintura vanguardista y clásica, entre otros, formaron parte de un largo aprendizaje, que se extendió por cerca de cinco años.
¿En qué momento te dedicas a desarrollar el realismo en tus obras?
Cuando entré a la Escuela de Bellas Artes, la tendencia era el vanguardismo, la figura abstracta y el impresionismo. La verdad es que a pesar de que lo estudié, no era lo que a mí me gustaba. En ese entonces, yo ya me dedicaba a la pintura hiperrealista, incluso, costeaba mis estudios realizando letreros o gigantografías para automotoras y otras empresas.
¿Perfeccionaste tu técnica y estilo?
Al egresar, viajé a Barcelona e hice un taller para aprender sobre pigmentos y el manejo de los colores. Después, con un amigo pintor, hicimos un tour por varios países y nos dedicábamos a hacer retratos. Canadá fue uno de los lugares donde me radiqué algunos años.
¿Y finalmente, en Coquimbo encontraste tu lugar?
Yo siempre digo que un pintor puede adaptarse a cualquier ciudad. Me quedé acá por un tema emocional… conocí a mi mujer.
¿Algún desafío artístico pendiente?
Varios, pero si debo destacar uno, me gustaría desarrollar un propuesta con obras que representen detalladamente un episodio de la historia de Chile y que estas, sean expuestas en alguna estación del metro en Santiago.
¿Te sientes reconocido por tu trabajo?
La tendencia siempre ha sido reconocer el trabajo abstracto, impresionista o expresionista. La gran mayoría de los pintores vanguardistas respaldan sus obras con su propia semántica, nadie los puede criticar y son considerados genios. Ahora, el hiperrealismo surgió en la década del sesenta y yo nací con ella, es decir, una época donde la pintura clásica no era premiada. En lo personal, además de preocuparme de que la pintura sea perdurable en el tiempo y que pueda restaurarse después de doscientos años, me interesa que mis obras digan y representen algo
“… además de preocuparme de que la pintura sea perdurable en el tiempo y que pueda restaurarse después de doscientos años, me interesa que mis obras digan y representen algo”.