No puedo sacarme de la cabeza la maravilla de playa que acabo de conocer y me pregunto si será posible construir ahí un restaurante de clase mundial (el que había está arrumbado hace años) y convertir esa playa en la verdadera Perla del Pacífico… ¿se podrá?...
El balneario de Concón siempre ha sido parte de mi vida, ya que desde que nací veníamos de vacaciones a la casa de mi abuela, en Maroto con calle 6. Pasé toda mi adolescencia en la Playa Amarilla y con el paso de los años, mi familia vendió la casa por problemas económicos y con el típico comentario clasista: “es que Concón ya no es lo mismo”.
Traigo esta introducción por un tema más complejo que quisiera plantear para ver si, aunque sea por mail, debatimos sobre negocios prósperos y mala educación de la gente. Por primera vez en mis cuarenta y nueve años bajé a la playa Los Lilenes (todas las veces que pasaba por el camino costero, siempre se veía totalmente llena de gente y sabía que era muy popular, que no había ni un centímetro para usarla sin que al lado tuyo hubiera una señora con guagua, con coolers, pelotazos, etc.). Sin embargo, no puedo sacarme de la cabeza la maravilla de playa que acabo de conocer y me pregunto si será posible construir ahí un restaurante de clase mundial (el que había está arrumbado hace años) y convertir esa playa en la verdadera Perla del Pacífico… ¿se podrá?...
Llevo muchos años escuchando que en Chile no hay buen servicio porque la gran masa de gente es muy mal educada y no paga más por un buen servicio y así funciona el círculo vicioso que hace que estemos llenos de casos de proyectos bien intencionados fracasados. Sin embargo, creo que hay proyectos que justifican y encuentran un mercado que paga y que da para mantener un negocio. Ejemplo uno para “pechugones”: Starbucks; ejemplo dos para el pueblo: el Metro.
Sé que son miles las diferencias y que la relación de estos ejemplos con Los Lilenes daría para dos columnas adicionales, pero los animo a no enrollarse en explicaciones racionales y a echar andar la guata y el corazón soñando con puras cosas positivas.
Lo que yo me imagino, con optimismo e ingenuidad, es que se podría construir un restaurante con una buena inversión, pero que tuviera todas la condiciones y reglas para que se transformara en un lugar idílico, además de poner reglas estrictas para el cuidado de la playa, pues esta simple definición permitiría que este lugar fuera único y sin clasismo de por medio. Y no estoy pensando en precios inalcanzables, sino que algo bien hecho. Cada vez creo que hay más oportunidades para gente que haga bien las cosas, y sin grandes márgenes se puede hacer un negocio que dure mucho en el tiempo.
Crucé al local que está frente a la playa y los lugareños me contaron que ellos eran los dueños y que estaban a punto de vender todas las hectáreas de este borde costero y que el principal oferente en este momento era alguien que quería poner una clínica de belleza (cirugía plástica, me imagino yo). Que tristeza me daría que así fuera.
Quizás escribo esta columna como una especie de alerta para gente que anda buscando negocios, ya que la sobrepoblación que inunda Concón en estos días creo que dará para que se establezcan allí restaurantes, cines, espectáculos y de “un cuanto hay” como jamás se imaginó mi abuelita Estela.