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EDICIÓN | Septiembre 2014

Visión infantil

María José Naranjo Urenda, sicopedagoga
Visión infantil

El mundo naranja de María José Naranjo es redondo y se encuentra en Buenos Aires convertido en jardín infantil. En él giran lunas, tortugas, estrellas y ballenas. Está basado en un nuevo modelo de educación preescolar, cuyo foco radica en el apego y la crianza respetuosa. De visita en nuestro país, esta viñamarina busca empoderar este currículo experimental y traerlo a su ciudad natal.

por Macarena Ríos R. / fotografía Teresa Lamas G.

Nos recibe en la casa de su mamá bajo un frío sol invernal. Tiene ese acento cantadito de los porteños, los ojos azules y dos niñitas preciosas: Catalina (4) y Antonia, de nueve meses, que se mueve por todo el piso. Lo de María José —educadora diferencial de la Universidad Católica de Valparaíso, especializada en trastorno del aprendizaje y dueña del jardín Mundo Naranja— se dio de a poco.

Una seguidilla de seminarios y postítulos (Neurosicología del Aprendizaje y Autismo, entre otros) en Buenos Aires la llevaron a ir extendiendo su estadía en el país trasandino una vez que egresó. Y sin querer queriendo se fue quedando. Le gustó el ambiente, la gente, la vida universitaria y el mundo de la sicopedagogía. Entre medio de las prácticas, los voluntariados y trabajos relacionados se casó con Maximiliano y fue mamá. Ser mamá le cambió la vida.

JARDINES RODANTES

“Lo de volver o no a trabajar fue un tema. Allá el postnatal es de dos meses, y no sabía con quién dejar a la Cata, no la quería dejar con alguien que no conocía. Piensa que no teníamos redes de apoyo. Mi familia es de Viña y la de mi marido de Chivilcoy (ciudad a dos horas de Buenos Aires). Así que decidí quedarme con ella en casa”.

Catalina tenía cuatro meses cuando María José se metió a un curso de gimnasia posparto. Ahí conoció a un grupo de mamás. Se hicieron muy amigas, compartiendo paseos y juntas con sus hijos pequeños.

En esa época, estaba el boom de los llamados “jardines rodantes”, una especie de jardín infantil que itineraba por las casas. La mecánica era simple: se juntaba un grupo de mamás conocidas y contrataban una parvularia (que allá se llama maestra jardinera) para que se hiciera cargo de sus hijos.

En ese momento, María José se ofreció para quedarse a cargo de los pequeños y preparó su casa para ello. Y la idea prendió. Sus habilidades con los niños y su experiencia fueron el mejor boca a boca. Al poco tiempo, otro grupo de mamás quería que María José se hiciera cargo de sus pequeños. Corría el mes de mayo…

Había llegado el momento de hacer algo con esta oportunidad que se le estaba dando. Ni corta ni perezosa, María José pidió un préstamo en Chile y se lanzó a la piscina. Arrendó una casita de tres piezas a dos cuadras de donde vivía, en Palermo. A pulso la fue arreglando, lijando y pintando. La ayudaba su marido, sus amigas. Buscó a una diseñadora para crear la estética ideal para este mundo infantil que comenzaba a dar sus primeros pasos. Con el crédito compró sillas, mesas, el piso de goma eva, los estantes a la altura de los niños para favorecer la exploración.

EL PRIMER DÍA

Junio del 2012. Esa mañana era distinta a todas las otras. Era el preludio, el inicio, la obertura de un proyecto. Su proyecto. “¿En qué momento pensé todo esto?”, se dijo María José cuando despertó. Hubo ansiedad, hubo miedo. Pero no había marcha atrás. “¿Me la podré?”, pensaba, mientras caminaba a su primer emprendimiento. Un dejo de orgullo seguía sus pasos como si fuera una estela. Flanqueó la puerta de colores y entró a Mundo Naranja, el pre-jardín que había levantado a pulso en una ciudad que no era la suya.

¿Lo más difícil?
Cuando empecé. En esa primera etapa estaba sola y tuve que ser portera, secretaria, profesora, mamá. Hacía todo. Durante ese tiempo tenía cinco niños en una jornada de tres horas diarias solo en la tarde.

En septiembre contrató una parvularia que, además, era estimuladora temprana y que estaba terminando sus estudios en sicología. María José la conocía bien, porque había sido la niñera de su hija mayor.

¿Qué ofreciste con Mundo Naranja?
Una alternativa a la educación convencional. Le llamamos pre-jardín (para niños de uno a dos años) porque somos una especie de transición entre el estar en la casa y estar en el jardín, con una estructura a la que te tienes que adaptar. Las mamás pueden optar por la cantidad de días que quieren llevarlos, pero, por lo general, los niños vienen tres veces por semana.

¿Por qué a algunos niños les cuesta tanto el período de adaptación?
Depende mucho de la personalidad del niño, del momento, de lo que esté pasando en la casa: separaciones, viajes del papá, de si la mamá empezó a trabajar de nuevo o está embarazada. Ese es otro punto del que nos diferenciamos de los jardines convencionales que te entregan un calendario con los días de adaptación. Para ellos es imposible sostener, en un formato tan estructurado, una adaptación demasiado larga.

¿Un caso especial?
Tuvimos una adaptación de cinco meses. Fue complejo porque los niños se dan cuenta de que hay un papá en la sala y obviamente todos quisieran que los suyos también lo estuvieran.

¿Lo más lindo que te ha tocado vivir?
Además de poder estar con mis hijas, el apoyo de los papás. No me ven como la dueña del jardín, sino que me ven como la mamá de Cata y Antonia. Lo más lindo es que las mamás confiaron en mi proyecto.

MUNDO NARANJA

El 2013, tuvo que dejar la casa. La normativa edilicia le pedía cambiar una parte del techo, arreglo que la dueña de la propiedad no quiso realizar. En esa época, Mundo Naranja funcionaba con dieciocho niños entre uno y tres años y había varios en lista de espera. El personal también había crecido: dos parvularias, una sicóloga y otra estudiante de sicología trabajaban con ella.

Frente a la encrucijada, María José tenía dos opciones: o cerraba Mundo Naranja para siempre o se lanzaba nuevamente, pero esta vez en un lugar más grande y ya como jardín consolidado. “Yo las sigo hasta el fin del mundo”, le dijo una apoderada. Y aunque tenía ocho meses y medio de embarazo, aunque tenía el tiempo en contra, aunque implicaba partir de cero, esa frase bastó para seguir adelante.

Se asoció con una amiga especialista en lactan-cia materna y doula. Pidieron otro préstamo y se embarcaron en el nuevo proyecto que esta vez, además de Mundo Naranja, contemplaba también Mundo Mamá. Arrendaron una casa grande, a doce cuadras de la primera. Actual-mente, tienen veinte niños y están haciendo los trámites que les permitirá funcionar como jardín para niños de hasta cuatro años.

¿El plus?
Las distintas miradas que te generan diversos profesionales de los niños. El funcionamiento de un jardín convencional es bastante estructurado y el problema es que la estructura está hecha para algunos, no para todos. Tú puedes establecer rutinas y horarios, pero dejando también espacio para que ellos mismos exploren y descubran. Es esa curiosidad la que nosotros potenciamos.

¿Tu programa tiene rasgos de Montessori o Waldorf?
En Mundo Naranja hemos ido haciendo y en el camino nos hemos dado cuenta que respondemos a ciertas teorías o tipos de currículo. Seguimos los postulados de Emmi Pickler (pediatra húngara) que habla de darles a los niños las herramientas y el espacio que genere libertad de movimiento. Yo veo muchas fotos por Facebook de amigas en que las guaguas están en el coche, en la sillita de comer, en la silla Nido, o sentadas en el suelo, pero rodeadas de millones de cojines, o contenidas o arriba de la cama. Son guaguas a las que no les da la posibilidad de explorar por sus propios medios lo que su cuerpo es capaz de lograr.

También trabajan con el enfoque Reggio Emilia… Es un tipo de modalidad de trabajo en preescolar en que la premisa principal es que cada niño es una persona con gustos, intereses, aptitudes y personalidades diferentes, con sus propios ritmos. Como dice la sicóloga española Rosa Jové: “cada niño hierve a distinta temperatura”. No hay recetas para todos.

¿Un aprendizaje?
Yo viví el hecho de plantear planificaciones para niños de dos años y tener que guardármelas en el bolsillo porque no era el día, no era el momento, no era el ánimo, no era el grupo. Se planifica para niños de tal edad, no para “esos” niños. Y dentro de esa estructura de rutinas y hábitos diarios, también necesitamos libertad de poder elegir, libertad de que no quieres hacer esto hoy y no tienes por qué hacerlo porque las guaguas necesitan flexibilidad dentro de la estructura.

¿Un consejo?
Muchas veces la gente mal entiende la crianza respetuosa y no aplica límites. Yo siempre digo que la frustración enseña. Si te frustras, buscas la forma de poder resolver eso que te pasa. Pero si te dan todo hecho, todo en bandeja, ¿dónde queda la creatividad? Hay que enseñarles a que ellos mismos resuelvan las cosas.

PUERTAS ADENTRO

El empuje de María José es tremendo, como las ganas de replicar este modelo en su Viña natal. Fanática del scrapbooking, dice que su marido se ha transformado en su piedra angular y que los abrazos, los besos y las palabras de los niños con los que juega y trabaja todos los días son algo inolvidable.

¿El regalo más especial?
Una cadenita con colgante para mi primer día de la mamá. Me recuerda el comienzo de la etapa más linda de mi vida.

¿Qué te molesta?
Cuando me dicen que me tienen que decir algo, pero no ahora, sino que en otro momento, ¡eso me supera!

¿Un día para no olvidar?
El momento en que mis dos hijas se conocieron.

¿Qué significa Mundo Naranja para ti?
Un desafío, un orgullo, la oportunidad de estar con mis hijas cerca. En pocas palabras... ¡un sueño cumplido!

 

“Muchas veces la gente mal entiende la crianza respetuosa y no aplica límites. Yo siempre digo que la frustración enseña. Si te frustras, buscas la forma de poder resolver eso que te pasa. Pero si te dan todo hecho, todo en bandeja, ¿dónde queda la creatividad?”.

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