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EDICIÓN | Septiembre 2014

Somos lo que comemos

PILAR SORDO
Somos lo que comemos

Desde épocas muy antiguas, la comida ha tenido que ver con elementos afectivos, transformándose en un ritual que informa más de cómo vivimos y no solamente de lo que comemos. Se dice que al final uno es lo que come y de eso depende no solo nuestro presente, sino que configura la forma en la que viviremos nuestro futuro.

Siempre hemos ligado los afectos a la alimentación, pero son sus trastornos los que nos manifiestan la necesidad de controlar nuestra realidad. Es así como la anorexia es el exceso de control a través de la comida, la obesidad es la pérdida total de este y la bulimia oscila entre un punto y otro, configurando un ejemplo dramático de cómo la alimentación está unida a los afectos desde el inicio de la vida.

Muchas veces expresamos el cariño con comida y esta se transforma en premio cuando nos portamos bien, en compañía cuando estamos aburridos, en consuelo cuando tenemos tristeza, etc. El tema es que para bien o para mal siempre está ahí, porque además, por razones obvias, la necesitamos para vivir. Quizás por eso los sabios plantean tres ritos que habría que hacer con la comida y que, si los aplicáramos,
tal vez la relación con este elemento sería más sana y saludable. Está claro que para comer sano se deben bajar las grasas y azúcares, intentando aumentar frutas y verduras, donde el agua pasa a ser un elemento fundamental.

Sobre estas condiciones, muy generales, lo que se plantea es que habría que colocar las manos cerradas y juntas encima de la comida que vamos a comer o que estamos cocinando, y pedir amorosamente que se aumente la frecuencia de la comida para que todo lo que vayamos a ingerir no nos haga daño y solo traiga beneficios a nuestro cuerpo.

Después de eso habría que pedir que lo que vamos a ingerir se divida y solo ingrese por nuestro cuerpo lo que nos hace bien y eso se quede dentro, pero lo que nos hace mal lo eliminemos para que no nos deje secuelas. Por último, habría que pedir para que toda la humanidad reciba, al igual que nosotros, el alimento cotidiano recordando aquellos antiguos ritos en los que se hacía la bendición de la comida antes de ingerirla.

Cuando yo me enteré de estas tres reglas, lo primero que sentí era que al hacerlas se disminuía la ansiedad en forma notoria e importante y, evidentemente, la relación con la comida era muy distinta. Si aprendiéramos de pequeños que la comida no solo tiene que ver con elementos afectivos sino también espirituales, podríamos entender que ella ingresa a nuestro cuerpo para hacernos bien y no para dañarnos.

Esto nos haría más selectivos y podríamos elegir solo alimentos sanos que nos hagan bien, porque estaríamos conscientes de lo que consumimos. No como ahora que lo que ingresa a nuestra boca pocas veces es percibido como tal dada la rapidez y la no conciencia de lo que estamos haciendo para alimentarnos.

Quiero invitarlos, incluso a los más escépticos, a que hagan el ejercicio por lo menos una vez. Descubrirán que algo extraño pasa cuando comemos conscientes y, sobre todo, cuando agradecemos lo que ingerimos. En un continente donde la obesidad es una pandemia, creo que, por lo menos, debiéramos intentarlo. Los sabios saben por qué lo han hecho durante siglos. No cuesta nada imitarlos un poco, tenemos mucho que aprender.

 

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