L e podríamos echar la culpa a The Beatles. Le vendieron al mundo la imagen de cuatro amigos inseparables, como requisito de una banda musical. Tras la disolución, John Lennon dijo que habían sido diez años de ver casi todos los días a Paul y que era demasiado. La fantasía de la camaradería a toda prueba en un conjunto musical rara vez sucede. Los miembros de Kiss sacrificaron el derecho a tocar en la última ceremonia del Hall de la Fama del Rock and Roll, cuando ingresaron a la selecta galería de los artistas más reconocidos del género, porque los titulares Gene Simmons y Paul Stanley no soportan a los históricos Ace Frehley y Peter Criss. Los hermanos Eddie y Alex Van Halen se han peleado con todos los músicos que pasaron por sus filas. Mick Jagger estuvo a punto de expulsar a Ron Wood por su afición etílica (sin contar que no le hablaba), mientras Charlie Watts, el circunspecto batero de los Stones, tumbó de un puñetazo al cantante en un altercado en Amsterdam, en 1984. En el caso de The Ramones no llegaron a las manos, pero el vocalista Joey Ramone nunca más le habló al guitarrista Johnny Ramone. ¿Razón? Un lío de faldas.
En Chile, los grupos de la Nueva Canción Chilena de fines de los sesenta han dado cátedra. Inti Illimani y Quilapayún sufrieron fracturas que, en el caso de los segundos, llegaron a tribunales, mientras los autores de El mercado de Testaccio se dividieron, entre otros factores, por diferencias económicas y de liderazgo. Las platas también fueron una de las causales del quiebre de Los Tres en 2000. Por supuesto, el caso emblemático es el de Los Prisioneros, los tres amigos del liceo que revolucionaron el rock nacional hace treinta años. Hoy no se hablan.