Hace exactos veinte años, el mundo escuchaba a los hermanos Gallagher de Oasis auto proclamarse como la mejor banda del mundo, gracias a su espectacular debut discográfico Definitely maybe. También, en 1994, Blur prometía rescatar la esencia del ser británico, en un disco magnífico como Parklife. No solo estaban ellos, sino otras bandas como Suede, The Verve, Pulp y Primal Scream. Prometían revivir los días de la Invasión Británica, como se conoció el desembarco de The Beatles en EE.UU. hace medio siglo. Aunque en Chile esos grupos gozaron de fama y éxito —en los noventa, Radiohead vendía acá más que en ningún otro país de Latinoamérica—, específicamente en el mercado norteamericano la Cool Britannia, como se denominaba a ese movimiento, nunca tuvo un impacto significativo. Al menos cabían dos razones: la ofensiva del grunge, por una parte, y luego el marcado carácter localista de la obra de aquellos artistas ingleses.
Hasta la década de los ochenta, el mercado estadounidense fue extraordinariamente receptivo a las apuestas de la isla. Duran Duran, Depeche Mode, Def Leppard y The Cure llenaban estadios y lideraban rankings. Eran grupos que, sin perder su acento autóctono, componían material universal. Pero en los noventa no fue así porque el cancionero aludía de manera directa al nacionalismo y tradiciones británicas. Damon Albarn de Blur fue explícito en su intención de montar un frente que combatiera al grunge de Seattle, citando su idiosincrasia. Esos grupos reinterpretaron con fortuna el legado de leyendas como David Bowie y The Kinks, pero no crearon nuevas vertientes. Fue el comienzo de un hábito nostálgico que hoy nos tiene consumiendo con avidez sabores musicales del pasado.