Decidida y segura es la mujer que está detrás de una de las marcas de ropa infantil mejor evaluada del país. De su padre, un enamorado de la confección, lo aprendió casi todo. Hoy cruza fronteras y pone una bandera en Perú.
por Elisa Collins V. / fotografía Andrea Barceló A.
Sandra creció entre telas de mil colores, cientos de máquinas de coser, hilos, cintas y maniquíes. Prendas y más prendas que debían tener el calce perfecto, responder a las necesidades de la moda y cumplir con los controles de calidad que exigía el cliente.
Corrían otros tiempos, aquellos en que la confección y comercialización de ropa made in Chile era un buen negocio. En pleno centro se ubicaba la primera tienda de Robert Lewis, la marca de jeanswear que fundó su padre, Jaime Link Kuperman, una de las más afamadas de Confecciones Textiles El Águila.
“Yo empecé a trabajar en la tienda a los doce años. Mi papá encontraba que tres meses de vacaciones de verano era un desperdicio, a mis hermanos y a mí nos encantaba, trabajábamos desde diciembre hasta después del año nuevo”.
Diecisiete años trabajó de la mano de su padre. Estudió Ingeniería Comercial y salió de la universidad para integrarse directamente a la fábrica que comandaba don Jaime en los cuarenta mil metros cuadrados de Confecciones El Águila en la comuna de Independencia.
“Era un equipo de gente con la camiseta súper puesta, me acuerdo de entrar a un espacio y ver seiscientas maquinistas, de escuchar el ruido de las agujas, y de decir a mí papá: hoy saldrán cinco mil jeans. Tenía tal habilidad que según el sonido de las agujas predecía cuántos pantalones íbamos a sacar al día”.
Confecciones Textiles El Águila, además de Robert Lewis, fue dueña de marcas que si tiene más de treinta y cinco años seguramente recuerde, como Barbados y Ricciardi. A fines de la década de los ochenta la empresa ganó por tres años consecutivos el premio al mayor exportador confeccionista del país. El camino trazado por casi cuatro décadas cambió su rumbo el 2008, las marcas más importantes se vendieron a una conocida empresa de retail y la fábrica se cerró. “Tratamos de mantener el negocio lo que más pudimos porque mi papá era un enamorado de la confección, pero llegó un minuto en que ya era imposible competir con las multitiendas y con lo que se traía de oriente, decidimos vender las marcas y hacer un cierre ordenado para poder pagarle a todos los empleados que teníamos”.
AIRES DE INDEPENDENCIA
En hora buena y por una meta personal que se había impuesto Sandra, a esas alturas Confecciones Textiles El Águila ya tenía la representación (franquicia) en Chile de dos importantes marcas extranjeras: Hugo Boss y Mimo & Co. Sandra fortificó la alianza que tenía con la marca argentina Mimo y su hermano se hizo cargo de Hugo Boss. “Al principio fue súper difícil porque era el producto infantil más caro del mercado. En esos años, en Argentina vino el tema de la paridad entre el dólar y el peso, el uno a uno y ahí se hizo prohibitivo”. Mantuvieron solo un local (Alto Las Condes) por tres largos años, para después seguir expandiéndose.
¿Y qué te motivó a ser tan persistente esos tres años?
Que yo vi toda la vida a mi papá siendo el proveedor de alguien. Debíamos ir a una multitienda y hacer todo un lobby para que te compraran, siempre trabajando para un tercero que ponía las reglas y tú eras uno más de mil. Yo quería una fórmula que dependiera de mí y del cliente final. Siempre vi que aquí se hacían tremendas colecciones, teníamos súper buenas diseñadoras, desfiles maravillosos, meses de trabajo invirtiendo en una colección, hasta el día que venían dos personas que te decían este sí y este no: por eso insistí.
Sandra es una enamorada del diseño y la calidad de la marca que representa, la que en Argentina tiene treinta y cinco locales propios y ciento cincuenta franquicias. A pesar de que hoy, después una década de arduo trabajo, ya está consolidada con doce locales repartidos de norte a sur, los comienzos fueron diferentes. “Los primeros años iba con un carrito de supermercado a meterme a sus bodegas de franquicias por el día, con una lista de mi inventario para proveerme de stock, cuando era poco me lo traía en una maleta, así de básico partimos”.
¿Has notado algún comportamiento de compra que te llame la atención?
Sí, ahora ponte tú, traje unos suéteres de niñita beige con dorado, preciosos y volaron. Siempre hay algún producto que por más que sea caro, si es novedoso, se vende igual, y no me deja de sorprender. El invierno pasado me pasó con unas botas argentinas que ponerlas acá costó más de sesenta mil pesos. Compré tres por local, también volaron. La gente cuando se enamora de algo, no importa lo que pague.
¿Es marquero el chileno?
No, sobre todo en el tema de los niños. El argentino es mucho más marquero.
¿No crees que ha surgido un segmento marquero de chilenos en los últimos años?
Yo creo que los chilenos en general están mucho más preocupados de la moda, de lo que se usa y de lo que no, se ha refinado, pero en el caso de los niños aún no es tema la marca.
CRUZANDO FRONTERAS
Segura en sus aseveraciones y en el camino recorrido, a diferencia de los comienzos, hoy Sandra solo tiene que viajar a Argentina un par de veces al año, tiene una relación muy estrecha con los dueños de la marca trasandina, con quienes se asoció. “Yo fui a Perú el año pasado a conocer y encontré el mercado súper interesante, el ítem niño estaba súper poco desarrollado. Daniel, uno de los dueños de Mimo me dijo anda y hazte cargo tú y le dije yo voy si tú vas: asociémonos.
Así lo hicimos, pero la que está a cargo del proyecto soy yo”. Abrieron oficina, trasladaron a un par de personas para comandar el barco y durante el mes de julio se abrieron tres tiendas de Mimo en Lima, Trujillo y Arequipa.
Además de seguir creciendo con locales en Chile y Perú, otro de los planes que tiene para un futuro próximo es abrir un outlet donde liquidar los stock de vestuario.
Cuando Sandra le preguntó a su padre poco antes de morir, a comienzos de este año, por qué se había pasado gran parte de su vida en la fábrica, no importando si fuera sábado, domingo o feriado “mi papá me respondió porque el trabajo era su droga, y que ahí se sentía completamente realizado”.
Probablemente algo de ello heredó su hija que creció a su vera, quien hace hincapié en una de las tantas enseñanzas que aprendió del que llama su mejor profesor: “siempre me inculcó que las cosas se consiguen con esfuerzo, que nadie te regala nada, que para surgir en la vida uno tiene que trabajar, que si hay que barrer se barre”.
“Yo empecé a trabajar en la tienda a los doce años. Mi papá encontraba que tres meses de vacaciones de verano era un desperdicio, a mis hermanos y a mí nos encantaba, trabajábamos desde diciembre hasta después del año nuevo”.