Cuando despiertas en Las Leñas, la personalidad en su concepción arquitectónica tipo base lunar te hace creer que estás viviendo en el futuro. Y como todo centro de esquí en el mundo que no sea un pueblo de montaña, Las Leñas también fue la visión testaruda de un hijo de los Andes, Ernesto Lowenstein.
por Maximiliano Mills / fotografía Claudio Zúñiga
Desde aquí iniciamos el descenso hacia la pampa Argentina por un camino con tráfico ausente, casi fantasmagórico para ser un fin de semana. Los encuentros más frecuentes son con arrieros que saludan amablemente junto a sus ganados de ovejas y vacas que cruzan el camino. Con los Andes ya a nuestras espaldas y con la mirada en lontananza hacia el océano Atlántico, se presenta con siniestra majestuosidad una gigantesca tormenta que descarga lluvia y truenos. Parece que pudiéramos alcanzar sus nubes, pero en realidad es un efecto visual característico de la pampa, ya que se desplazan hacia el Este, a más de cuarenta kilómetros de Malargüe, donde pasaremos la noche.
Amanece lloviendo y esto implica algo seguro: el Paso Pehuenche estará cerrado por nieve antes de que podamos cruzar. Ya estoy acostumbrado a la falta de datos confiables en nuestros pasos fronterizos, incluso hoy que existe Internet. La información no es actualizada como para lanzarse a cruzar la cordillera y que a pocos kilómetros de la frontera te manden de regreso.
Decidimos reorganizar el itinerario dedicando el día a recorrer la ciudad de Malargüe, eco-capital de los deportes extremos, zona productora de vinos finos y dueña de un centro astronómico con el observatorio internacional Pierre Auger y un planetario de 360°. Fundada en 1886, aparece de la nada después de cruzar unos bosques de álamos ubicados en su periferia. La carretera se fusiona sin antesala con su avenida principal —donde sobresale su espigado reloj, ícono de la ciudad— e invita a transformarse en citadino para almorzar una deliciosa parrillada al aire libre. Entre medio sobresalen sus locales de artesanías inspiradas en la cultura del gaucho. Llegar a Malargüe tiene algo de oasis; está a ciento sesenta kilómetros de la frontera con Chile y a doscientos treinta kilómetros de San Rafael, pero aquí su fuente de desarrollo no fue el agua para reponer a viajeros cansados. Fue otro tipo de líquido: el petróleo. El auge de su extracción fue entre los años cuarenta y setenta.
AGUAS CURATIVAS
En el hostal reviso las cartas sinópticas que anuncian que mañana será un día con fantásticas condiciones de luz para seguir filmando mi película. Nos levantamos a las 5:30 de la mañana con Claudio Zúñiga, el camarógrafo, para estar filmando en la ruta justo cuando aparezca el sol a mil doscientos kilómetros de distancia, besando las costas del Atlántico, luminosidad imposible de lograr en Chile por la altura de la cordillera.
Ya dejando atrás Malargüe te vuelve a rodear esa sensación de paisaje lunar rocoso, árido y hermosamente inhóspito. Cruzamos valles y cuestas, solo adornados por ocasionales ranchitos de arrieros junto al camino. Sorprende la abundante fauna salvaje nocturna y entristece comprobarlo por la gran cantidad de vizcachas, zorritos y guiñas que aparecen atropelladas.
Enfilando ya hacia la cordillera se aprecian nubes lenticulares sobre las montañas (inequívoca señal de mal tiempo), lo que me hace deducir que aún no es posible cruzar hacia Chile y comienzo a pensar en un segundo lugar alternativo donde alojarnos. Hacemos aduana de salida en Las Loicas, donde nos atienden de manera amable y expedita. Reviso el mapa y veo que a solo veinticuatro kilómetros están ubicadas las Termas de Cajón Grande, ¿sumergirse al atardecer en aguas termales mientras la nieve se posa en tu cabeza? ¡Imperdible! Seguimos los devaneos de la ruta internacional hasta divisar un pequeño y casi imperceptible cartel que indica el desvío. Después de unos kilómetros arribamos al imponente cajón grande, donde están las rústicas instalaciones atendidas por un matrimonio franco-argentino; una casona con las habitaciones y otra con la sala, chimenea, comedor y cocina, ubicada justo frente a las seis piletas con aguas termales a 42° C. La vida de montaña tal como era antes de tener andariveles y wi-fi, fusionando sus dos mayores alimentos para el espíritu… la nieve y las aguas curativas.
MORFOLOGÍA DE OTRO MUNDO
Nos levantamos antes de la aparición del sol. El día de filmación promete belleza. Están las montañas vestidas de blancura y el cielo celestino. Haber decidido pasar aquí la noche fue una bendición impensada. Desayunamos y nos lanzamos de nuevo a la ruta. Al poco rato nos pasan dos autos con patentes de Argentina y Europa. Nosotros nos detenemos varias veces, filmamos el paisaje con dedicación y seguimos viaje. Más tarde, los mismos dos autos vienen bajando y nos hacen señas para que no sigamos. “Camino cortado”, indican con los brazos. No les hago caso. Sé que cuando el temporal ha pasado se tiene que abrir el cruce. Prefiero que nos encuentre junto a la aduana que regresar a Malargüe. Continuamos.
Si bien estas montañas son más bajas que Portillo, tienen una alucinante morfología sacada de otro planeta, con paisajes que replican esas películas de fábulas medioevales tan de moda hoy en el cine. Se aprecian verdaderos castillos góticos en las alturas y cavernas modeladas por vientos sin memoria. Esta cadena montañosa es una biblioteca visual que muestra el accionar que tuvieron milenarias fuerzas telúricas. Los últimos treinta kilómetros aún se encuentran sin pavimentar, pero están muy bien mantenidos, por lo que no hace falta un auto con tracción para recorrer esta ruta.
Y cuando uno piensa que está a punto de ser rodeado por arcángeles, aparece el cartel “Límite Argentina-Chile / Paso Pehuenche 2.317 Msnm” que indica el descenso hacia la Laguna del Maule. Una vez que ingresamos a Chile reaparece el camino con pavimento bien demarcado e inaugurado hace un año, que bordea, durante veintiún kilómetros, la gran y maravillosa Laguna del Maule, cuya superficie es de 46 km². Sus preciosas aguas atraen a los aficionados a la pesca interesados en capturar la trucha salmonada. El origen de la laguna es volcánico, pero hace unas décadas se construyó un dique para aumentar su capacidad y asegurar el abastecimiento de agua en todo el valle del Maule. Hasta sorprende encontrar que cuenta con su propia Capitanía de Puerto. Y el recién inaugurado edificio de aduana y policía internacional es la otra maravilla que ofrece el “Paso de los Pehuenches”. Ya comenzando el descenso hacia las costas del Pacífico, rodeado por frondosos bosques de ciprés de la cordillera, medito las sabias palabras que dijo Juan Domingo Perón: “Chile y Argentina son un error. Nosotros tenemos la mejor carne y ustedes tienen la mejor langosta ¡deberíamos ser un solo país!”
Si bien estas montañas son más bajas que Portillo, tienen una alucinante morfología sacada de otro planeta, con paisajes que replican esas películas de fábulas medioevales tan de moda hoy en el cine.