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EDICIÓN | Agosto 2014

Sequías y crisis del siglo XX en la región de La Serena

Hernán Cortés Olivares, académico e historiador de la Universidad de La Serena.
Sequías y crisis del siglo XX en la región de La Serena

A partir de la última sequía del siglo XIX —1889 y 1894 —, sobrevienen años normales para la economía y la sociedad regional, pues las lluvias se presentan regularmente hasta 1907; sin embargo, después de este año comienza un nuevo ciclo seco que durará diez años.

Este decenio tiene un breve intervalo lluvioso en 1914. Las precipitaciones provocan serios daños en la conectividad urbana y rural; calles, caminos y puentes son intransitables por meses. Debido a la inundación de los campos y a la rotura de canales se atrasan las siembras y las cosechas de trigo.

Durante diez años, la carencia de lluvias, que atenta contra la vida normal de los habitantes de La Serena, las poblaciones y espacios adyacentes, obliga a la clase política a preocuparse de crear un plan maestro para la construcción de embalses en los valles del norte chico. Uno de estos es el embalse de La Laguna, ubicado en el valle de Elqui, cuyo Decreto Ley es de febrero de 1907. Otra construcción diseñada es el embalse Confluencia, en las juntas de los ríos Choapa y Huentelauquén.

Los gobiernos de turno enfrentan los serios y nefastos problemas que producen las sequías con medidas paliativas de corto plazo y con una escasa inversión pública de carácter anual, pues el Ministerio del Interior considera el problema como una ineficiente distribución del recurso hídrico, para lo cual se solicita al intendente, los reglamentos de distribución de agua aplicados en la Colonia, y las normas de 1858 y 1864, con el fin de mejorar el sistema de asignación de derechos de agua entre agricultores, empresarios mineros y las compañías privadas de agua potable. Al parecer, la clase política aprecia la sequía como un fenómeno climático esporádico, por tanto las obras para la acumulación de agua no son prioritarias para la inversión pública.

En La Serena, la falta de agua trae problemas de higiene y salubridad. Por la acumulación de desechos y basuras, aparecen plagas de ratas, portadoras de la peste bubónica. El déficit crónico de agua para lavar los alimentos incrementa los casos de fiebre tifoidea. Por otra parte, el retorno de familias y trabajadores cesantes del norte grande, trae consigo la viruela, que pone en jaque el débil sistema de salud pública. Las heladas y bajas temperaturas son propicias para el contagio de la gripe, la influenza y la tos convulsiva, sobre todo en la población infantil y los ancianos. Por otra parte, las bajas temperaturas provocan serios daños en las plantaciones de papas, uno de los productos alimenticios más populares de la época. En el año 1921, aparece el polvillo en el trigo, lo que afecta las cosechas de agosto y septiembre. En marzo de 1922, la zona es golpeada con recios temblores, presagio de lluvias y grandes heladas.

En abril de 1924, cerradas neblinas y bajas temperaturas cubren la ciudad y su entorno; durante el mes de julio llueve solo una hora en la región de Elqui. En agosto, la lluvia durará siete horas y, en octubre, el Ministerio de Agricultura comienza a hablar de las graves consecuencias de la sequía, y las terribles pérdidas de los agricultores. En el mes de noviembre, el gobierno habla de combatir la sequía para aminorar los efectos de la crisis social y política inminente; las medidas del caso son establecer trabajos en las zonas afectadas. El clamor de la región es construir dos embalses para solucionar en parte la cesantía y como solución definitiva para las sequías futuras: el Cogotí y el Limarí.

El reinado del hambre y la miseria en la región y el país, será el campo propicio para la protesta social, el caos político anarquista y revolucionario de comienzos del siglo XX, que finalmente desembocará en las mayores transformaciones de Chile. La sequía del año 1924, con sesenta y seis milímetros de agua caída, es la más grave en la historia climática de la región de Coquimbo, solo superada por el año más seco del siglo XX, en 1968 y cuyo déficit en La Serena alcanzó un setenta y tres por ciento.

 

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