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EDICIÓN | Agosto 2014

Islam, yihad y territorio

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D. Profesor en la Universidad de Chile Director China & India Intelligence Reports smcarrasco@vtr.net
Islam, yihad y territorio

El Islam tiene una doble genética: la revelación, tema místico-profético, y el liderazgo de Mahoma, que neutralizó las querellas intertribales de esa época. El Islam nació, además, en una encrucijada: la rivalidad entre el imperio bizantino y el persa, tensión que entorpecía el comercio, asunto decisivo para los árabes. Mahoma aprovechó bien ese momento transformando un movimiento local en un fenómeno de conquista permanente.

Roma nunca se extendió más allá del río Éufrates. Muchas dificultades logísticas impidieron a sus legiones internarse en esas zonas calurosas y polvorientas dominadas por la caballería acorazada persa. Bizancio, heredero de Roma, copió la táctica militar persa, pero tampoco avanzó mucho. Lo que hoy llamamos Medio Oriente, fue una región intermedia en la que operaban los caravaneros que hormigueaban entre aldeas llevando sus mercancías a cada rincón del Asia. Por lo mismo, era máxima aspiración de los jeques de clanes tener control sobre las áreas claves por donde se movían sus caravanas. Y ese poder se los dio el Islam. Pero se trató de un dominio relativo. Consideremos que Islam es “estar insuflado por una gran Fe”, asunto individual, aunque a la vez comunitario, pues el creyente se une así a la Umma o “mundo islámico”. El eje de tal gaseosa estructura fue Mahoma, y luego la posta de continuadores; todos, antes que nada, líderes religiosos, pero que debieron asumir el mando político. No obstante, el Islam nunca fue una organización bien articulada con capacidad de preservación, sino que tuvo que subsistir con el filo de
la espada. Desde los orígenes, el Islam requirió de un brazo armado, el que creció hasta transformarse en un ejército imparable. Esa es la Yihad o Jihad, que no es una guerra contra alguien, o contra una religión rival, sino el sistema de defensa del Islam. Así mismo, la Yihad fue el modo de atenuar la presión tribal, encauzando toda agresividad hacia la expansión. Es por eso que las huestes árabes triunfaron al chocar con los imperios mencionados. La veloz caballería árabe, más audaz e impetuosa, derrotó a los pesados ejércitos persas y a los bizantinos. Eximiéndonos de la secuencia de esas conquistas, comprobamos que el Islam, sin querer, se hizo de un enorme territorio. Pero aquí conviene hacer un alcance técnico. Hay en el Islam una cierta imitación del judaísmo. El Profeta es a los árabes, lo que Moisés es a
los hebreos. El uno y el otro son fundadores de un pueblo, de Yahvé o de Alá, según sea el caso. No obstante hay una diferencia: Israel lleva asociado un concepto territorial implícito, una Tierra Prometida donde habría de reinar la Ley dentro de fronteras precisas. Nada de eso hubo en el Islam, que no obstante la simpleza de su doctrina, es un concepto abstracto. Con todo, y ya desaparecido el Profeta, hubo un primer reino islámico con capital en Damasco, el que dirigió Omar (una vez que este se deshizo de todos sus rivales), pero que no duró mucho por la incapacidad de administrar los territorios conquistados. El grueso de la masa árabe eran en sí una fuerza militar; un campamento en eterno movimiento. No tenía  vocación urbana ni estaba interesada en deberes cívicos.

El momento que sí se asocia a un territorio concreto sucede al erigirse el Califato de Bagdad sobre las bases del imperio persa sasánida. Solo en ese momento el Islam encarna una estructura administrativa real; mas no por eso se detuvo, sino que siguió expandiéndose. Hacia Occidente y cubriendo todo el Norte de África, el Islam alcanzó España. Hacia el Oriente, el Islam se extendió por las interminables planicies del Asia, hasta que frenó su avance el imperio chino. Los chinos vieron en el Islam un peligro inminente porque absorbía comunidades dentro de su Umma y las sometía al lejano mando del Califa, lo que era incompatible con la fidelidad absoluta que exigía el Celeste Imperio chino.

Con los siglos hubo más imperios islámicos con bordes y fronteras: Turquía, Irán, los mongoles de India. Sin embargo, el drama comienza con las repúblicas islámicas modernas, artificialmente creadas, con territorios que encierran y ahogan la energía prístina que posee el Islam. La imposibilidad actual de encauzar el fervor social hacia expansiones de cualquier tipo, explica la acción corrosiva que tiene cualquier variante doctrinal o partido político, da lo mismo si es en Iraq, Siria, Libia o Senegal.

El Islam requiere de un liderazgo carismático. Cuando no lo hay, brotan los agitadores, los Madí (“líder final”) que invitan a la última y definitiva Yihad. Es obvio que no es lo mismo árabes que Islam. Pero fue el Islam el vector que los llevó a logros extraordinarios. Luego, la solución a muchos de los problemas actuales la tendría que dar el mismo Islam, que no se relaciona con un país específico, ni justifica la posesión de un territorio determinado. El Islam es una experiencia espiritual, cuyo territorio verdadero está en el alma humana. Así como van las cosas, tiene hoy el desafío de intentar la más decisiva de sus conquistas: la convivencia pacífica de la Umma con el resto de la humanidad. Interesante que se dé esta nueva encrucijada cuando el imperio chino renace con el puño fuerte; mientras a Occidente le tiritan las manos.

 

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