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Entrevistas

EDICIÓN | Agosto 2014

El Espíritu de Portillo

Henry Purcell

Portillo es la Embajada de Chile en los Andes y nuestro diplomático es un norteamericano devenido en andino, Henry Purcell. Allá arriba, donde se divisan cóndores, glaciares y la Cruz del Sur casi roza la Laguna del Inca, está el único lugar donde se puede respirar la tradición, en donde habitan los mayores sabios de montaña y donde cada invierno se replica la sensación de volver a tu primer colegio, reencontrándote con esos entrañables amigos de tu protectora infancia.

por Maximiliano Mills L.

Henry creció en el pueblo de Chaumont, en el estado de Nueva York. Estudió administración hotelera en la Universidad de Cornell y trabajó en los hoteles Hilton, hasta que a fines de 1960 recibió un llamado de su tío Bob Purcell, quien le contó que estaba invirtiendo en un centro de esquí en Chile y le preguntó si se interesaría en hacerse cargo solo del hotel. Su tío con otros socios habían comprado el hotel Portillo, que pertenecía al gobierno —a través de CORFO— pero que después de diez años no se había convertido en el gran centro de montaña que esperaba potenciar el esquí. Aceptó sabiendo que era la oportunidad para realizar sus aventureros sueños de juventud, lejos de la ciudad y de las grandes corporaciones.

Llegó a Chile, por primera vez, en abril de 1961, junto a su esposa Eunice La Brecque y dos hijos, Mary Colleen y Tim. Después, aquí nacieron Miguel (actual gerente general) y Karen. La primera vez que subió a conocer el hotel fue desalentador: el camino no estaba pavimentado, el hotel se encontraba semi abandonado y al cuidado de un tipo que tenía el salón principal habilitado como un corral donde había un cordero.

Como es un esquiador de admirada técnica, resulta curioso saber que Henry aprendió a esquiar en Portillo a los veintisiete años. Aquí también aprendió a escalar y adquirió sus conocimientos de montaña profunda al entender el mecanismo de una avalancha. Desde que Miguel es gerente tiene una oficina nueva dentro del hotel, a la que también logró impregnar con el espíritu de sus Andes: andariveles de arrastre hechos en madera y cuero colgando de las paredes, fotos memorables tomadas en blanco y negro que conmueven tu apreciación visual, esquís apoyados sobre su propia banca para afilar los cantos, una biblioteca de montaña con
ediciones de lanzamiento y su radio siempre encendida donde sigue las pulsaciones de la vida en Portillo… respondiendo a cualquier llamado con su acento gringo que nunca ha perdido, pero que hoy lleva tintes de baqueano montañés.

¿Cuántos andariveles había cuando llegó el sesenta y uno?
Había dos hacia la cima de Plateau y otro hacia el sector de El Conejo. Nos hemos ido ampliando desde esa época agregando varios más, incorporamos los clásicos andariveles de arrastre Va et Vient, uno de los sellos característicos que tiene Portillo.

Y viniendo de la escuela tradicional de esquí ¿cuándo se enteró que se había creado el Heli- Ski y en qué momento lo incorporó a Portillo?
El Heli-Ski ha existido por muchos años, desde la década de los sesenta en Canadá. Aquí en Portillo lo comenzamos a incluir a partir de 1984, cuando hubo más disponibilidad de helicópteros civiles, pensando en ampliar la experiencia de los esquiadores en nuestras montañas.

Tener una bajada en la montaña con tu nombre es un honor de pocos… ¿Por quién se bautizó la pista llamada “Roca Jack”?
Había un señor en los años cuarenta que se llamaba Jack Heaton. Él pasaba todo el invierno en el primer hotel Portillo, que se encontraba más abajo, donde hoy está la base militar. Pero siempre en primavera subía temprano hasta la roca que está arriba en el medio de la pista, esperaba hasta el mediodía cuando el sol suavizaba la nieve y se lanzaba con sus esquís.

ETIQUETA EN RETIRADA

Otro clásico en la vida de Portillo es… ¡que no hay televisión! Si hay algo importante que ver, como un partido del mundial de fútbol, para eso está el cine. Pero no hay televisión ni en las habitaciones ni en los salones. En Portillo se debe haber inspirado ese chiste que hoy circula por Internet con el cartel de un bar que dice: “No tenemos Wi- Fi. Conversen entre ustedes”. En Portillo uno va a compartir, para hablar de lo maravilloso que es la sensación de bajar una montaña esquiando, a interesarse por descubrir a ese desconocido que está sentado en la otra esquina del sofá. Aquí se practica la tertulia después de un día bien esquiado. Pero los tiempos cambian y la señal de Internet sin cables sumado a los computadores portátiles se han convertido en los sacrílegos instrumentos que han derribado esta regla. Henry asiente: “No estamos muy contentos en Portillo con la llegada del Wi-Fi, pero es una obligación tenerlo dentro de nuestros servicios como hotel. Es cierto que reduce la sociabilización, pero no podemos decirle a una persona que viene a esquiar pensando en mantenerse conectado con su oficina ‘Portillo no tiene Wi-Fi’. Así son algunas de las personas que vienen a esquiar en estos tiempos”.

Pero la familia Purcell es, ante todo hotelera de corazón. Y en los Andes va más allá de tener el mejor restorán o las habitaciones más acogedoras. Aquí la palabra “servicio de excelencia” implica cuidar de ti como si fueras su propia familia. Recuerdo en uno de esos inviernos de antes cuando tener una nevada de tres metros era normal, haber visto a don Henry con Miguel “abriendo camino” —seguidos por una caravana de autos del hotel— hasta dejarlos seguros y a salvo en el control de Carabineros en Guardia Vieja. O más reciente, haber presenciado cómo ellos coordinaban el traslado de un accidentado en helicóptero, supervisando todo, desde que aterrizó hasta que despegó.

Recorriendo los pasillos del hotel, en las fotos de Portillo tomadas en la década del sesenta, una de las cosas que más atrae es ver la etiqueta requerida para ingresar al comedor: traje largo en las damas y chaqueta y corbata en los varones…

¿Cuándo cambió esto? ¿Fue paulatino o se produjo una queja de los pasajeros?
Fue gradual, fue la moda, fue la presión de los mismos huéspedes que no querían tener que vestirse y usar corbata para ir a cenar… después dejaron de usar la chaqueta… la llegada de las nuevas costumbres más informales propias de los años setenta terminó con la tradición.

Ya se sabe que cae menos nieve… usted con su experiencia empírica en Portillo ¿cree en el cambio climático o en el calentamiento global?

Hay ciclos que se repiten. Años donde hay menos nieve y años más secos; seguidos por inviernos más lluviosos donde regresa la nieve en abundancia. Afirmar que el clima está cambiando no estoy en condiciones de asegurarlo, pero de calentamiento global sí. Basta mirar los glaciares cercanos a Portillo… todos han retrocedido y se han encogido.

PORTILLO MUNDIAL

En un país donde existe hambre por reconocimientos deportivos, Portillo posee dos que nos enorgullecen: su reconocido prestigio como poseedor de una de las mejores escuelas de esquí del mundo (recibe más de setecientas postulaciones al año y se debe tener como mínimo grado de Instructor de Esquí-Nivel 3) y por ser el único lugar donde se ha desarrollado un campeonato mundial de esquí en el Hemisferio Sur. En Portillo fue donde Jean-Claude Killy ganó medalla de oro en descenso y por equipos. Se realizó en 1966 y se trató de un logro titánico de Henry Purcell, ya que un año antes una avalancha destruyó el andarivel principal. Debió comenzar de cero, contra el tiempo y con su prestigio en juego frente a la Federación Internacional de Esquí. Hay una película llamada The Secret Race donde está registrado todo el campeonato.

Impresiona ver una imagen de la llegada con un cartel que dice “Gentileza de Milo y Maggi” ¡G-en- t-i-l-e-z-a! Ni siquiera auspicio. “Así era en esa época. Hoy los contratos con la televisión son tan altos que hacen inviable realizar un campeonato mundial si no se pagan estos derechos”.

¿Y qué organismo de Chile fue el que apoyó mayoritariamente con los recursos necesarios para realizar el campeonato mundial de esquí?
Ninguno. Fuimos nosotros como hotel quienes pusimos todo lo necesario para dar vida al campeonato y hospedar a todas las delegaciones y sus competidores.

¿Y cómo logró adjudicarse un campeonato mundial para Portillo?
Comenzamos la postulación de Portillo como sede el año 1963. Enviamos los antecedentes a la Federación Internacional de Esquí en Suiza. La decisión pasaba por todos sus miembros y también debimos realizar una excelente presentación con la mayoría de los países. Todo fue encabezado por Sergio Navarrete de la Federación de Esquí de Chile.

¿Qué fue lo decisivo para ganar la sede?
Lograrla no fue fácil, pues otros países del Hemisferio Sur también postulaban y su cabildeo fue poderoso. En realidad, nadie esperaba que Chile saliera escogido en 1964, pero impensadamente, conseguimos los votos necesarios debido a lo comprometido de nuestro trabajo. Esto fue corroborado cuando sufrimos la avalancha de 1965 que destruyó el andarivel principal. En este punto no nos rendimos y le aseguramos a la federación que Portillo estaría listo para recibir a las delegaciones dentro de un año. Fue bastante trabajo y siempre con la federación encima comprobando nuestro avance. Finalmente en mayo de 1966, el nuevo andarivel ya se encontraba funcionando, listo para la inauguración del campeonato mundial de esquí.
 

He visto la película del campeonato en incontables oportunidades y aún no logro verlo en alguna toma… ¿simplemente no quiso aparecer?
No salgo en la película porque estaba trabajando, preocupado de que toda la organización del campeonato resultara sin ningún contratiempo hasta en sus detalles mínimos. Yo no estaba de autoridad.

Habitualmente, defino a Portillo como un estado del alma. Y para que esta ilumine, el humor debe estar presente. Anécdotas en Portillo sobran, pero la más icónica es cuando durante los sesenta, después de una larga tormenta de nieve que duraba días, algunos pasajeros del hotel se desesperaban por el aislamiento y no faltaba el que se paraba a gritar en el comedor principal que se estaban acabando las provisiones ¡Y que pronto todos iban a morir de hambre!

¿Esta historia es cierta?
Sí, claro. Nos ocurrió varias veces.

¿Y qué hacía?
Invitaba a los pasajeros para que recorrieran las bodegas. Así ellos veían que teníamos grandes reservas de alimentos secos y en conservas, lo suficiente para mantenernos aislados recibiendo tres comidas al día durante varias semanas. También les mostraba que sobraban las botellas de pisco, en cantidades holgadas como para preparar miles de pisco sours mientras esperaban que se reabriera el camino.

Este invierno 2014 marca dos hitos en la historia de Portillo: el hotel cumple sesenta y cinco años y don Henry celebró en marzo, desde la orilla opuesta de la Laguna del Inca y junto a su familia, el comienzo de su octava década. Casado desde 1998 con Ellen Guidera, son padres de Henry hijo, nacido el 2001, quien es el último integrante de la “Dinastía Andina Purcell”.

Don Henry… si le menciono las palabras Cordillera de los Andes… ¿en qué piensa?
En que este es mi hogar. Aquí tengo raíces, pertenencia. Y donde me siento una persona muy afortunada.

 

Anécdotas en Portillo sobran, pero la más icónica es cuando durante los sesenta, después de una larga tormenta de nieve, algunos pasajeros del hotel se desesperaban por el aislamiento y no faltaba el que se paraba a gritar en el comedor principal que se estaban acabando las provisiones ¡Y que pronto todos iban a morir de hambre!

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