Rieles con historia, un tren que invita a remontarse al pasado, a nuestras tradiciones y a la tranquilidad de la vida rural. Un paisaje costero y campesino, que bordea por más de una hora la ribera del río Maule, y que invita al relajo y a disfrutar de un recorrido lleno de vegetación, romanticismo y recuerdos.
Por María Paz Macaya O. / fotografía Javier Gutiérrez
Elegimos el día perfecto para este paseo, un día con sol y un poco más templado, después de tanta onda polar y lluvia, como es de costumbre en julio. Decidimos viajar en el ramal en la tarde y hacer el trayecto de Constitución a Talca, que sale a las cuatro y cuarto de la tarde para tener mejor luz y no arriesgarnos a la niebla matinal en caso de que hiciéramos el recorrido de Talca a Constitución, que sale a las siete y cuarto de la mañana.
Llegamos a la estación de trenes de Constitución quince minutos antes de la hora de partida. El bus-carril del ramal, compuesto por dos carros, ya estaba listo para partir. Nosotros, al parecer, éramos los únicos pasajeros, no había nadie más en el andén. Sólo el maquinista y el conductor esperaban. Nos dijeron que el pasaje se compraba arriba, en el viaje. Una gran pizarra a la entrada anunciaba los horarios y las diferentes tarifas que varían según los tramos del viaje. El valor general es de mil cuatrocientos pesos y hay descuento para estudiantes y la tercera edad. Poco a poco la gente empezó a llegar, y todos comenzaron a subir rápidamente, porque el pasaje no asegura asiento. Jóvenes, niños, adultos y personas mayores abordan este verdadero microbús rural, que no sólo lleva pasajeros, sino que también carga como canastos, sacos, cajones con frutas, verduras, semillas y mercadería que los usuarios trasladan para abastecerse. Es que este tren cumple una tremenda labor social; conecta a muchos pueblos, aldeas y sectores aislados -distantes de caminos y carreteras- con la ciudad, los servicios básicos y el comercio. Esta vía ferroviaria sigue siendo, para muchos, el único medio de transporte que los lleva a los centros urbanos de Talca o Constitución.
Un tren con más de cien años de historia, compuesto de dos carros con capacidad para cuarenta y cuatro personas; hoy monumento nacional, que tiene espíritu propio, que comenzó a construirse en 1889 y que funcionó con un trayecto directo hasta Constitución, recién en 1915. Y a pesar de tantos años de funcionamiento, este medio de transporte se conserva bien, sus pasajeros lo cuidan, pero su trocha angosta y con varios durmientes desgastados, revela su edad.
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<strong>VIAJE CON AVENTURA</strong>
Los motores parten y comenzamos a movernos; pareciera que la marcha es excesivamente lenta porque, al salir de la estación, el riel está trazado muy cerca de calles, casas y veredas, sin ninguna barrera que los separe. En dirección al oriente, hacia Talca, el trayecto bordea la ribera del río Maule que vemos a nuestra izquierda. El andar del tren sigue lento, y nos damos cuenta de que seguirá así todo el trayecto. Mantiene una velocidad de treinta y ocho a cuarenta kilómetros por hora promedio durante todo el recorrido. Incluso menos cuando transita por puentes, túneles o paraderos, o cuando sorpresivamente se ven animales cerca de la vía férrea, como es de costumbre. La travesía dura tres horas, con una parada por diez minutos, en la mitad del trayecto, en la estación González Bastías.
De pronto, la línea férrea tomas dirección norte y cruza el río. Un imponente puente de estructura metálica, a muchos metros de altura, permite que el bus-carril cruce hacia el lado norte. Impresiona ver lo alto que vamos, y las barandas del puente no sobrepasan los cincuenta centímetros. Un cierto nerviosismo nos invade, de sólo pensar qué pasaría si el coche se descarrilara en ese puente tan angosto que casi no tiene bordes laterales de contención. Ese lugar se llama Banco de Arena, y aquel puente se construyó varios años más tarde, en 1915, porque antes el ramal llegaba a la ribera norte, a la estación del mismo nombre, y la gente tenía que cruzar en botes y lanchas hacia Constitución.
Avanza nuestro viaje y antes de llegar a la estación Forel, un estrecho y oscuro puente, construido de piedra, llamado Quebrada Honda, nos sorprende y hace que el trayecto tenga un poco de aventura y romanticismo.
Este bus-carril está a cargo de dos funcionarios de ferrocarriles. El conductor, quien controla las paradas en las estaciones, la bajada o subida de pasajeros, se preocupa de cobrar según los tramos y también supervisa la carga que llevan los usuarios y todo lo que pasa en los vagones. Los pasajeros pagan de acuerdo a las tarifas que se establecen, según el tipo de producto. Un cartel con el título "Tabla de Avalúo", está pegado en una de las paredes interiores del coche, al costado de la subida, y ahí se indica el valor de lo que se cobra por algunos productos. Una canasta o cajón de frutas o verduras cuesta cuatrocientos pesos. Llevar un televisor cuesta mil doscientos pesos y una lavadora dos mil pesos, y así muchos ejemplos. Este tipo de bultos y equipaje se acomoda en los mismos carros y se admite según la capacidad del coche.
Por otro lado, está el maquinista o chofer, quien maneja todas las maniobras del tren. Este se encuentra en una cabina, separado por ventanas y una puerta, lo que permite que los pasajeros tengan muy buena visibilidad hacia adelante. Nos llama la atención la familiaridad con que la gente le pide permiso para pasar a la cabina y se sientan un rato a conversar con el maquinista y a disfrutar del paisaje. Nosotros, el equipo <em>Tell Magazine</em>, también pasamos a conversar con el chofer.
Juan Vargas, el maquinista, creció en el ramal, porque ha vivido toda una vida en Toconey, una aldea que se ubica en las cercanías del río, y que es paradero en el trayecto. Incluso, cuando pasa por sus tierras, toca la bocina para saludar a sus papás. La casa se ve lejos, pero él sabe que lo escuchan y así ellos saben que él va en el recorrido. En la estación de Toconey algunos lugareños saludan al chofer, mientras él espera que el conductor ayude a bajar a los pasajeros y sus cargas. Juan recuerda los tiempos gloriosos de este tren, cuando tenía más afluencia de público, tenía varios coches y las estaciones estaban llenas de gente; había vida en torno al ramal.
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<strong>COSTUMBRES Y FAMILIARIDAD</strong>
Justo en la mitad del camino, donde se espera el cruce con el otro tren que viene en sentido contrario, el ramal se detiene. Es la estación González Bastías. Antiguamente, recibía el nombre de "Infiernillo", tal como se denomina a ese sector. Pero en honor a un poeta que vivió en esas tierras, se cambió la designación. En este paradero se cruzan los bus-carriles, porque es la única parte del camino donde existe doble vía en buen estado. Por esa razón, este lugar es parada obligada y es la única que funciona hoy en día como verdadera estación ferroviaria, donde se necesita la autorización del jefe de turno para que el tren continúe. En esta parada, conocidas son las vendedoras de tortillas, huevos duros y otros comistrajos para el camino, pero en esta época del año la gente que transita es poca, a diferencia del verano, cuando los turistas abundan. Nos encontramos también con una sola casa a metros del riel, que funciona como negocio y en donde tienen preparado, con anticipación, el café, pan o un té para llevar.
Gran parte del trayecto está enclavado y rodeado de cerros y rocas, de vegetación tupida, donde el tren apenas puede circular. En algunos tramos, las ramas rasguñan los carros. En otras zonas, el riel bordea tan de cerca quebradas que han sido carcomidas por el torrente del río, que el viajero siempre va expectante, disfrutando la diversidad del paisaje y la tranquilidad del viaje. Empezamos a llegar a Talca, las últimas estaciones, como Rauquén y Colín, cada vez están más cerca de esta ciudad que se va expandiendo. Nosotros llegamos a Talca, aquí es donde se baja la mayoría de la gente porque es la última estación y el fin de un excelente paseo.
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