El año pasado lo entrevistamos, y hoy que ya no está con nosotros quisimos hacerle un homenaje al maestro de los sueños, al gran maestro que siempre estará presente en nuestras almas. Lo recordaremos con sus versos, con su boina y sus lentes, con su mirada pacífica, su amor por el mar de Lebu, su abrigo largo y su simpleza. Aquí, algunos de sus amigos âdestacados poetas chilenosâ le dedican sus últimas reflexiones y estrofas.
Por María José Pescador D. Fotografías: Danny Bolívar U. Sonja San Martín D. Y gentileza Diario el Sur.
<strong>ALEXANDRA DOMÍNGUEZ</strong>
POR PONER UN EJEMPLO
Sin duda alguna, Gonzalo Rojas debería figurar en la Antología de Spoon River.<br /> De alguna manera Edgar Lee Masters<br /> le dejó un sitio entre Robert Davidson y Elsa Wertman.<br /> Ahora que lo observo allí arriba, pequeño patriarca de lo máximo,<br /> hablándole a los Borbones como si les hablara a los mineros de Orito,<br /> enseñándoles burlón las sílabas de lo incomprensible, esa cosa<br /> de la poesía que se mete en el cerebro como escarabajo de oro<br /> en la comodidad de la tumba horrorosa, ahora<br /> que el desconocido lagarto secreto y renegado y olvidadizo de los otros grandes<br /> pequeños como él, el Enrique Lihn atándose a la mano el lápiz moribundo,<br /> dónde andará el Ángel Jorge Gorrión Teillier, y el Rosamel del Valle<br /> que tenía nombre de muchacha de la zona de los lagos,<br /> y Pablo de Rokha abriéndose el cráneo con la aguja finísima del escopetón,<br /> en fin ahora que veo a Gonzalo allá arriba, o allá abajo,<br /> y pienso en la otra conjetura de la conjetura,<br /> que cuando venía a casa y la cabeza etrusca cerraba los cuatro ojos<br /> de guerrera ciega o vigilanta en el trasmundo,<br /> y Rojas Gonzalo respiraba de prisa como los asmáticos robados por el amor,<br /> y se abría la consulta celeste sobre el futuro que no se cumplió,<br /> porque no vamos a creer ahora en la eternidad, esa viejuca con chanclas,<br /> ni en la consagración si uno no tiene una lápida en Spoon River,<br /> entre Robert Davidson y Elsa Wertman, por poner un ejemplo.
<strong>TULIO MENDOZA</strong>
PARA HONRAR A GONZALO ROJAS PIZARRO<br /> A Gonzalo Rojas, poeta mío,<br /> al relámpago de su palabra.*
A unos pasos ya de la entrada final y del comienzo<br /> de esa eternidad que comienza un lunes (recuerdas, sí,<br /> era Eliseo Diego recorriendo la Calzada de Jesús del Monte);<br /> a horas, digo, de que detengas el instante y oigas<br /> la voz, la única voz que sacudió el peso del olvido y el cuerpo<br /> y las hermosas hundiendo su esbeltez en el río Renegado; a pocos segundos ya<br /> de hundir el esqueleto en las turbias aguas de la vida, nos queda<br /> la otra voz de tu canto y la sonajera de la lluvia sobre los alerces inmortales<br /> que mecen su longevidad al Sur de las estrellas y pintan sílabas rojas<br /> sobre los guijarros reunidos al lento galope de un caballo que es infancia. Ahora, decía,<br /> que ya estás donde no estás porque cumples otro oficio, me dijiste, y vas remando<br /> por ahí despacito, moroso en la grande dinastía de la eternidad recuperada; ahora,<br /> te digo, me he puesto nostálgico y tú no quieres nada con eso, que se entristezca el seso<br /> no va con la urdimbre mayor de lozanía y unas sillas locas allí a la orilla del mar,<br /> pero qué le voy a hacer, aturden estas horas sobre los roqueríos de tu Lebu natal,<br /> mientras un cuchillo tiembla en la urbe la plaza circular de un poema. Vamos, Panchito,**<br /> Gonzalo nos espera en el automóvil veloz de la centuria que vendrá. Y nada de lloriqueos,<br /> robles somos en el ejercicio de mantener intactos los claveles colorados de su palabra.<br /> *Le devuelvo aquí la dedicatoria que me hizo Gonzalo Rojas en su libro Réquiem de la mariposa:<br /> âA Tulio Mendoza, poeta mío. Mi abrazo. Gonzalo Rojas, 30-VII-2002.â<br /> **Francisco Hevia Bau, chofer del poeta Gonzalo Rojas.
<strong>JAVIER BELLO</strong>
PARA GONZALO ROJAS
Con pesadumbre recibo, en Madrid, la noticia de la muerte de nuestro gran Gonzalo Rojas, en la mágica casa de Alexandra Domínguez y Juan Carlos Mestre, la que el poeta tantas veces visitó. Rodeado de la presencia de sus libros y sus recuerdos, observo en su poética una de las más originales de la tradición viva de la lírica contemporánea, aventura imaginaria de la lengua en la que la obra de Rojas merece no sólo un lugar histórico, sino también âen continuidad con los grandesâ su reconocimiento como escritura central en el espacio fundante de nuestro imaginario poético: Chile como el territorio de Marte que, en la majestuosa obra de Alonso de Ercilla âcomo afirma Raúl Zuritaâ antes de ser país, fue primero un poema.
Si el mundo está escrito, como leo en los poemas de Gonzalo, el silabario rojiano permanece en los signos de nuestra geografía âla cordillera está vivaâ, en el alfabeto de silbido y tormenta del aire âsu antología de aireâ que nos alimenta, impreso en los ojos y los oídos de quienes lo deletreamos y escuchamos, nos enseñó a leer el mundo como hay que leerlo: de la putrefacción a la ilusión. Poética de lo absoluto y a la vez de lo fragmentario, del Numen al Pueblo, en un periplo circular y en constante movimiento, saber y sinsentido, respiración y ahogo, silabeo y balbuceo, suenan y disuenan en el salto mortal de su escritura. Como afirmó el mismo poeta, su poesía tiene una oreja clásica y una oreja salvaje: rokhiana, bretoniana, artaudiana, mandragórica.
Sus dos lenguas activas, Creación y Destrucción âHay dos lenguas adentro de mi bocaâ resuenan en la profundidad de las dos madres que constituyen al poeta, Vacío y Materia âfui arrojado al mundo por dos madresâ, reunidas en lo Alto del Uno, Dios de la vista y la letra âAire y Tiempo dicen santo, santo, santoâ y multiplicadas en su enceguecido, táctil y carnal Anverso âla rueda de las encarnacionesâ que su poesía contrapone y tensa. La miseria del hombre, cantera imaginaria âcomo la definió Marcelo Coddouâ de su andadura vital por el mundo y las letras âel ser, el poeta maldito y los otros, develados en su más irredimible crueldadâ, convive en la fisura de su pensamiento, de manera discontinua y contradictoria âdos hombres en mi cuerpo sin cesar se devoranâ, con la ternura y la fuerza de aquel ciudadano de la mortalidad que proclamándose contra la muerte, no sólo lo hace contra la injusticia existencial que pesa sobre el hombre, sino también contra la política de los usurpadores. Hijo del carbón de Baldomero Lillo, hizo suya la condición inhumana de los explotados âmi pueblo de pobresâ y la violencia perpetrada por la dictadura militar contra nuestro cuerpo colectivo, el de los torturados y los desaparecidos.
Heredera de las grandes tragedias del siglo XX, la escritura de Rojas porta el triángulo rosado de la cajita de Jorge Cáceres y el triángulo amarillo de la solapa de Paul Celan. El maldito y el perseguido en la barca de Maimónides, el suicida, el asesino del amor, el solidario imperfecto y el amigo inconcluso: entre todos escribieron el libro. Miserable y exultante concierto de nuestra poesía al que ahora traiciona la muerte. El alumbrado iluminó mi cabeza adolescente en el tiempo incivil del Concepción de la dictadura, recuerdo su aliento de toqui rabioso empañando el espejo del lascivo cortesano mandarín. Su voz dejó en mi memoria un caballo perdido como un padre bajo la lluvia y en la atmósfera depositó un torrente de sol que seguirá alumbrando. No lo olvidemos: Pez, acuérdate del pez.
<strong>SOLEDAD FARIÑA</strong>
LEYENDO A GONZALO ROJAS.
caballo riente<br /> bajo el sauce
¡salud, oh Tigre Viejo!<br /> Llameada deslumbrada<br /> aciaga<br /> mansedumbre
(cállate oreja<br /> cállate)
sube al vacío<br /> al ritmo<br /> del leopardo
que duerme<br /> entre amapolas<br /> zumbido de la Nada
del Todo
del Abismo
¿estaba hueco el aire?
cállate
oreja cállate
y deja<br /> oír
al ojo
mi oscuridad mi enigma:<br /> Adiós árbol Adiós
adiós río que hablaste<br /> a Dios<br /> lujuria blanca<br /> te palpo
eternidad
<strong>VERÓNICA ZONDEK</strong>
PARA LIBROS DEL CIUDADANO, GONZALO ROJAS
Escribir para un amigo no es cosa fácil ni rápida. Al menos para mí. El texto que se publica aquí es la introducción de un pequeño libro que armé para la colección Libros del Ciudadano de LOM Ediciones. La intención de ese escrito, no era otra que el de esa colección: que su poesía circulara en un formato asequible a todos. No sé si tiene sentido el publicar esas palabras aquí. Tampoco tengo claro que sea posible escribir sobre la intimidad de una amistad en una revista para exhibirla a los ojos curiosos de un público amplio. Lo que sí tengo claro, es que con Gonzalo tuvimos una larga e intensa amistad durante muchos años, que se inició cuando aún Hilda se encontraba con vida y compartíamos visitas. Lagunas hubieron, sobretodo en el último tiempo, por circunstancias ajenas al cariño, la amistad, el respeto y la poesía. Siento mucho esta, su ida tan de improviso porque su actitud y palabra hacían pensar que esto no ocurriría.<br /> Pienso que efectivamente este no es lugar para abrir el corazón. Pero sí el espacio perfecto, ya que esta revista tiene muchos lectores, para incentivar a quienes no conozcan la poesía de Gonzalo Rojas, a la lectura de su obra. Ojala que este pequeño prólogo sirva ese propósito. Cuando un poeta nos deja, su palabra permanece y con ella es posible y deseable, atravesar mares y montañas para volver a la misma isla que habitamos con más conocimiento.
XXI POR EGIPCIO Doy cuenta del placer con que se degustan las palabras del poeta Gonzalo Rojas. El apetito germina en medio de ese humus, suyo por excelencia, de ir atrapando todo en forma natural, mezclando con soltura materias diversas, sean estas palpables o etéreas, doctas o corrientes. Como si el poeta cosechase en su camino a las manzanas, a los plátanos y naranjas cotidianos y luego los mezclase en una fuente con frutos más difíciles de encontrar, exóticos, como los mangos, los lichis, guayabas o piñas, y el conjunto resultase en algo natural pero de enorme y profundo perfume, con aromas que van del ojo al tacto, de lo conceptual al saber que se intuye incrustado en cuerpos devenidos templo, en abecedario para el conocimiento, todo, todo fagocitado. Va demorado y con ritmo ascendente, envuelve con su magia aparentemente sencilla hasta desembocar en torrente profundo, imperceptible y refractante a la vez. Mientras más se lo lee, más se lo degusta, porque no hay forma de quitarle el hombro a la atracción sonora y sensual que ejercen sus palabras, traten estas lo desconocido o lo contingente, lo aprendido en libros o lo ominoso, los viajes o las geografías físicas o humanas recorridas, la atracción o la repulsa fatal entre dos seres. Finalmente todo, todo se arma bajo el aleteo delicado y musical de una mariposa que no es más que su mano, que escribe con naturalidad y roza el misterio. La poesía de Rojas es y se articula en torno a un encantamiento o gramática particular que entrega un sentido al mundo a pesar de que trabaja en y con la contradicción. Así, la materia que moldea tiende a organizarse en torno a una lógica donde todo se metamorfosea hasta el infinito para armar un orbe que se canta, se celebra, y se contonea hasta abrirse camino por entre los fragmentos. En Rojas, lo macro y lo micro, la vida y la muerte, devienen en el Uno y a ese Uno le canta con entusiasmo y sensualidad. Es ese encanto, de ritmo y visión hipnótica, de amor por la carne y el verbo decidor e interrogativo, lo que atrapa y no sacia, se trague este de un mordisco o se saboree de a poco.