Para Cristina ser científico va más allá de experimentos y laboratorios. Lo suyo es una verdadera pasión por descubrir los misterios de la naturaleza, a través de una exhaustiva y constante revisión de literatura, visitas en terreno y generación de proyectos. Hoy espera a su segundo hijo, lo que no es un impedimento para estar con todas las energías trabajando no solo en su línea de investigación, sino para difundir la ciencia entre niños y jóvenes, una meta que, a su juicio, debiera ser la bandera de lucha de todos sus pares.
por Soledad Meléndez R. fotografía Andrés Gutiérrez V.
El Laboratorio de Complejidad Microbiana y Ecología Funcional del Instituto Antofagasta de la Universidad de Antofagasta, es como la segunda casa de Cristina Dorador. Es aquí donde, a sus treinta y cuatro años, esta joven doctora día a día descubre nuevas facetas de su quehacer diario que, tal como un amplio abanico, va desde la redacción de papers y artículos, hasta actividades relacionadas con el liderazgo de equipo y la divulgación científica.
Cristina nos recibe amable, presenta a su equipo compuesto por curiosos investigadores y nos muestra un mundo desconocido, formado por pequeños microorganismos que, pese a su tamaño, tienen una serie de características y aplicaciones que superan totalmente a la imaginación. Todo explicado con una motivación única, que permite entender y aproximarse a una experiencia de conocimiento inagotable: el apasionante mundo de una mujer de ciencias.
¿Cuál fue tu primer acercamiento a la ciencia?
Por las clases de biología en enseñanza básica, donde había una profesora que siempre nos hacía actividades prácticas y recuerdo muy bien un experimento en el cual nos hizo extraer clorofila de plantas y eso me gustó mucho. Más grande evalué otros intereses y hasta pensé en estudiar música, pero finalmente me decidí por lo que encontraba más misterioso: la ciencia. Opté por biología y me fui a la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile.
¿Cuándo comienza tu experiencia con la investigación?
Tuve la oportunidad de trabajar en laboratorios de investigación científica con solo diecinueve años. Eso me permitió conocer cómo se hace una investigación. Después seguí el doctorado en el Max-Planck Institute y la Universidad de Kiel en Alemania, donde comencé a trabajar en el tema de investigación que ha marcado mi carrera, que es estudiar la diversidad microbiana en ambientes extremos, especialmente en los salares.
¿En qué consiste tu línea de investigación?
Vivimos rodeados de bacterias. No hay ambiente en la Tierra donde no se haya encontrado colonización de microorganismos, muchos de los cuales son poco estudiados. Por eso, primero me interesó trabajar con salares, que son ambientes muy interesantes. Tienen una biodiversidad única, hay especies vegetales y animales que son solamente de esta zona. Quise incluir el componente microbiano, porque en esa época no sabíamos casi nada, lo que se ha revertido gracias al desarrollo de técnicas bien específicas. Hoy podemos ir al ambiente, al salar, entender cómo funciona, copiar lo que está haciendo esa bacteria y tratar de buscarle una aplicación.
¿Cuál es la aplicación que tienen estos microorganismos?
En los años en que he estado en la universidad me he dedicado tanto a investigación básica, como a investigación aplicada. Hemos estudiado estos organismos a través de técnicas de biología molecular, pero también hemos logrado aislarlos en condiciones bien difíciles y, como resultado final, hay varios productos interesantes.
¿Cómo cuáles?
Hay uno que a mí me gusta mucho, que es desarrollar cremas cosméticas, cuyo compuesto activo se ha obtenido de bacterias del desierto y del altiplano. Esto se debe a que las bacterias que viven en estos ambientes tienen adaptaciones para sobrevivir en condiciones de alta radiación ultravioleta. En paralelo hay otro proyecto para uso textil, ya que las bacterias producen compuestos que son fotoprotectores y que permiten hacer ropa que tenga impregnada una solución bacteriana. Por supuesto, todos inocuos.
LIDERAZGO
La investigadora tomó el importante desafío de liderar equipos de trabajo a muy temprana edad. Con solo veintisiete años ya había finalizado sus estudios de doctorado y debía cumplir otra función en su carrera: el de académica y guiar a otros jóvenes en la generación de nuevas investigaciones. En esa etapa, la clave estuvo en asumir un rol integrador que permitía a los estudiantes aportar con sus propias ideas y proyectos.
¿Cómo te enfrentaste al desafío de liderar y formar nuevos equipos de investigación?
Tuve mucha suerte al tener excelentes modelos de formación del pregrado hasta el postgrado. Siempre las personas con quienes trabajé fueron muy positivas, abiertas, y traté siempre de tomar de ellos lo mejor para formar mi grupo de esa manera. Porque uno también se encuentra con malas experiencias en el camino o ve grupos que no funcionan bien, porque hay distintos tipos de liderazgos. No fue a priori, pero siempre quise tener un liderazgo más bien propositivo y con mucha participación.
¿Cómo planteaste tu línea de trabajo al entrar a la universidad, pero esta vez como líder y académica?
Comencé con mi laboratorio cuando llegué a la universidad con veintiocho años. En ese entonces, la carrera de biotecnología iba recién en el tercer año, no había ningún egresado. Tampoco había estudiantes que tuviesen el conocimiento más avanzado para trabajar en una investigación, así que me dije hay que formar a los chiquillos, y los invité a trabajar conmigo. Llegaron siete u ocho. Después de seis años, puedo decir que de ese grupo hay cuatro estudiantes cursando doctorado, dos están en Alemania y otros dos acá. El resto haciendo magíster, otros con sus propios proyectos de investigación, algunos ya quieren empezar sus emprendimientos. Como profesional me alegra mucho que hayan seguido el camino de la investigación científica.
MATERNIDAD
La vida del científico no tiene horarios, lo que dificulta opciones personales como formar una familia y hacer calzar los tiempos entre el trabajo y los requerimientos de la maternidad. Las responsabilidades aumentan, pero las mujeres de ciencia deben responder a las mismas exigencias de los hombres, lo que deja entrever que Chile no cuenta con las condiciones necesarias para las mujeres que son madres y profesionales.
¿Cómo viviste la experiencia de ser madrepor primera vez?
Se me complicó el tema cuando fui mamá, en 2012, porque ahí tuve que organizar todo para que el laboratorio siguiera operando, porque lamentablemente no están las condiciones en Chile para armonizar la maternidad y el mundo laboral. Es muy difícil ser mamá y seguir la carrera científica, pues te evalúan como si no hubiera pasado nada, tienes que seguir funcionando. Ahí tuve mucho apoyo de la encargada de laboratorio que, junto a otra colega, lograron mantener un buen funcionamiento del laboratorio. Ahora me va a tocar de nuevo, con mi segundo hijo, pero en esta oportunidad ya hay una experiencia y los chicos están más maduros y más preparados para actuar en forma más autónoma.
¿Cómo ves el proceso de la maternidad?
Trabajar y ser mamá ya es difícil, hay que lidiar con todo lo que es tiempo, obligaciones, más el sentimiento de culpa o los cuestionamientos si lo estás haciendo bien o no. Como científico se complica aún más, porque es toda una labor intelectual que no tiene horarios ni límites, porque de ti dependen los logros que se obtienen.
Uno deja de leer un mes y queda casi obsoleto en cuanto a lo que se ha publicado. Es muy exigente. Me costó mucho volver a trabajar después del posnatal, ponerme al día y me tomó varios meses volver al mismo training que tenía antes.
DIFUSIÓN
Otra motivación de esta docente e investigadora es aportar en el proceso de difusión de la labor científica, para lograr una mayor valoración de la actividad y una formación de nuevos profesionales. Algo que considera como una obligación y responsabilidad social que requiere del apoyo de políticas con visión de futuro.
La difusión de la ciencia es otra motivación profesional en tu carrera, ¿cómo abordas este desafío?
Desde el año pasado hemos tenido una experiencia muy positiva con un programa que nació de nuestro laboratorio que se llama “Programa de Formación de Jóvenes Científicos”. En 2013, trabajamos en la escuela D-72, con niños de Educación Básica, tratamos de mostrarles distintos tipos de experiencias científicas, para que ellos ya empiecen a formar su pensamiento científico y crítico, lo que ayuda a abordar estos temas con mayor facilidad. Después postulamos a un proyecto interno de vinculación para Educación Media, donde trabajamos con alumnos del Liceo de la Chimba, que va a finalizar con un libro que mostrará lo que ellos lograron hacer en términos de desarrollo científico. Esas son las acciones más directas. Siempre estamos participando en el tema de difusión.
“El formar científicos no se trata de darles más conocimientos, sino de ayudar a que ellos piensen como tales, que sean capaces de observar, de inferir, de generar una solución y de leer para poder generar más conocimiento”.