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EDICIÓN | Julio 2014

Montaña adentro

Soledad Díaz, instructora heliski
Montaña adentro

Sus padres la llamaron Soledad de las Nieves. Criada en la montaña, a los catorce años descubrió el encanto de la nieve virgen. El 2011 llegó a ser tercera del mundo en free style, su especialidad. Las cumbres son su adicción, tanto así, que viene llegando de Alaska donde se certificó como la primera chilena y la segunda mujer en el mundo en ser instructora de heliski.

por Elisa Collins V. / fotografía Andrea Barceló A.

“Era un día nublado, estaba nevando, la visibilidad era escasa. Yo seguía a Sebastián, mi couch, y la sensación era de ir arriba de una nube, con el viento en la cara, de libertad total”, así describe emocionada Soledad Díaz ese momento epifánico, cuando tenía catorce años y descubrió el placer de esquiar en nieve polvo, o “en oro blanco”, como le llaman los aficionados.

Hoy, catorce años después, Soledad inicia la temporada de esquí con su club de free ride en La Parva con un nuevo upgrade en su abultado currículo: ser la primera chilena y la segunda mujer en el mundo en certificarse como guía de heliski. “En abril estuvimos en Alaska con tres amigos hombres, se presentó esta oportunidad y no la dudamos. Hay tanta potencialidad para realizar este deporte en Chile pero somos bien precarios, entonces, había que hacerlo”.

NACIDA Y CRIADA EN LA MONTAÑA

Si de asumir riesgos y aventurarse entre las cimas se trata, Soledad es la primera de la fila. Campeona chilena de free style (esquí en nieve polvo o nieve honda, fuera de pista) llegó a ser tercera del mundo en su especialidad el año 2011, a los veinticinco años. “En uno de mis viajes a Europa, cuando estaba esquiando en Baqueira Beret, mis amigos me dijeron: ‘Sole, esquías muy bien ¿por qué no empiezas a competir? Nunca lo había pensado seriamente y esa fue una señal, sentí que era el momento de hacerlo”.

Después vinieron los auspicios y una carrera de logros y, cómo no, si Soledad nació literalmente en la nieve, de ahí su nombre, Soledad de las Nieves. “Mi abuelo tenía un refugio en Farellones. Nosotros subíamos con mi papá y sus hermanos. Ellos se apasionaron con este bichito de la montaña y se dieron cuenta de que era posible hacer familia y criar niños con esto del esquí. Mi papá se fue a Francia para hacer cursos de instructor de esquí y empezó a formar gente acá, así nació la Escuela Nacional de Instructores de Esquí de Chile, junto a cuatro compañeros”. Desde pequeña, Soledad tuvo que abrir camino en la nieve para asistir, junto a sus cuatro hermanos, a la Escuela de Farellones, donde se educó hasta octavo básico, “mi papá no nos dejaba faltar, aunque se cayera el cielo nevando; éramos hijos del rigor, nos disfrazábamos enteros para hacer camino entre la nieve y poder llegar al colegio, que quedaba a dos cuadras de la casa. Cuando entrábamos, nos sacábamos la ropa mojada y quedábamos en pijama”, recuerda.

¿Bajaban a Santiago a veces?
Muy poco, y cuando lo hacíamos mi mamá nos bañaba en perfume y nos mareábamos en el camino, terminábamos todos vomitando.

¿Tienes buenos recuerdos de esa época?
Sí, geniales. Mi papá, además de instructor, era profesor de ecología en el colegio y salíamos con él a recoger toda la basura de Farellones con bolsas. Mis papás plantaron muchos árboles en el terreno donde estaba nuestra casa y con mis dos hermanos más cercanos a mi edad pusimos muchas cuerdas para colgarnos y jugábamos a las telas de araña. No se acuerda exactamente la edad, pero cree que los primeros esquís se los puso a los tres años y que a los cinco ya estaba esquiando sola. Fue parte del Club de Ski de la Universidad Católica hasta los catorce y a los diecisiete se certificó como instructora.

HELICÓPTERO A LA CUMBRE

La pillamos de paso en Santiago. Soledad vive en Farellones, en el mismo refugio que perteneció a sus abuelos, ahora transformado en varias cabañas de arriendo para turistas de temporada. Confiesa que hoy más que nunca la saludan sus vecinos y colegas y que su fama en Farellones llegó al peak después de realizar el curso de certificación de heliski en Alaska. Cuando le preguntamos cuál es la gracia del heliski, es muy clara: “Hay varias maneras de acceder a la cumbre de una montaña: caminando, haciendo randonee o en moto, cada una toma su tiempo. Mientras más te demoras en subir, menos bajadas (en esquí) alcanzas a hacer en un día. Si subes en helicóptero te trasladan desde la base hasta la parte más escarpada de la montaña, sin hacer ningún esfuerzo, bajas y vuelves a subir rápidamente a otra cima donde no hay ninguna línea marcada, nieve polvo impecable cada vez, y puedes hacer cinco o seis bajadas en un día”.

¿O sea para ricos y famosos?
Exactamente, es carísimo. En Alaska costaba mil dólares el día y eran seis bajadas.; acá en Chile cuesta lo mismo, pero son cuatro descensos.

¿Y acá dónde se hace?
Hay varios lugares. Cajón del Maipo, detrás de Valle Nevado, al interior de Rancagua y en la Patagonia.

Soledad llegó al heliski porque su especialidad es el free ride o free mountain, donde se busca siempre esquiar en nieves vírgenes, que estén fuera de pista. Se sube hasta lo más alto que se pueda en andarivel y se observa a qué cerro se quiere ascender, “ves la montaña vecina que ya no es parte del centro de esquí, no tiene pistas, ni banderas, ni patrullas. La miras, le sacas fotos y planificas tu camino para llegar a la cima. Puedes alcanzarla caminando o con algo que está de moda ahora que es el randonee, en que la fijación del esquí deja suelto el talón y debajo del esquí le pones unas pieles falsas que permite que solo deslices hacia adelante, y hacia atrás enganchan”. Cuando está demasiado escarpado, se sacan los esquís y se cargan para ascender los últimos metros. Al llegar a la cima, se busca una línea nueva, que no tenga huella marcada y a deslizarse.

¿Cuánto te demoras en bajar eso que has subido?
Depende. El otro día fui al Cerro La Parva. Desde donde llega el último andarivel hasta el Cerro la Parva me demoré dos horas, otros se pueden demorar tres. La bajé en dos minutos.

PELIGRO DE AVALANCHA

Ni Soledad, ni ningún integrante de su familia, en la que todos son esquiadores expertos, ha sufrido nunca un accidente grave, “lo más peligroso en nieve polvo es el riesgo de una avalancha porque no avisa, se pueden tener todos los conocimientos para evitarlas y te puede agarrar una igual, no importan las condiciones del tiempo”. Soledad aclara que no ha tenido ningún accidente mayor, pero sí ha estado en
situaciones tensas: “el año pasado nos fuimos a Jackson Hole con Sebastián Goñi, mi couch; estábamos en una parte muy empinada donde había un saltito. Agarré mucho vuelo y al pasar por el salto caí de espaldas, como una bomba, y se desplazó mucha nieve, rodé como quince metros, la misma sensación de estar en el espumón de una ola cuando te revuelca. No fue una avalancha propiamente tal, pero me asusté, aunque llegué abajo en buenas condiciones”.

¿Si te alcanza una avalancha grande, eres hombre muerto?
No. Yo tengo amigos que han estado hasta media hora atrapados y los han rescatado.
Ahora, yo pienso que si te mueres en una
avalancha es porque era tu minuto de morirte.

¿Cuál es la chance de salvarse?
Lo más importante es siempre andar de a dos, nunca solo. También llevar contigo un aparato que se llama Transciber y que emite señales del lugar preciso donde estás. Parte del equipo es una sonda larga y una pala para desenterrar al compañero. Esas tres cosas son básicas, además del casco, por supuesto.

¿Algún instrumento más hight tech?
Sí, dos espectaculares. Una mochila air bag en que tú tiras de un gancho en caso de avalancha y se te infla una gran bolsa, eso permite que ruedes pero siempre sobre la superficie de la avalancha, sin hundirte; lo otro es el Avalon, que es un tubito por el que debes exhalar en caso de quedarte atrapado y el monóxido de carbono se libera en una mochila-depósito que llevas en la espalda, lo que permite que sobrevivas más tiempo respirando en un espacio muy reducido.

 

“Mi papá no nos dejaba faltar al colegio, aunque se cayera el cielo nevando; éramos hijos del rigor, nos disfrazábamos enteros para hacer camino entre la nieve y poder llegar al colegio que quedaba a dos cuadras de la casa”.

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