Un rasgo interesante es que además de ser un hermoso ejemplar de ese Santiago que existe casi solo en los libros —aristocrático, bohemio, con ínfula parisina— no es fantasma ni está para museo. Si bien fue declarado monumento nacional en 1981, los caballeros y damas del siglo XXI siguen gozando de la cordialidad, el buen servicio y la conversación.
Cuando el centro copiaba el estilo europeo y las tiendas traían finezas importadas, los caballeros más encumbrados reposaban en los elegantes salones de un espacio pensado para arreglar el mundo y ordenar la vida social, a través del perdido oficio de la buena conversación.
Hay quienes hoy ven como contrapuestos los términos público y privado, aunque algunas veces los intereses propios y los de la comunidad pueden contar con espacios para conciliarse.
Así por lo menos ha ocurrido por varias generaciones en el Club de la Unión. Se fundó en un Chile distinto, con menos habitantes, menos participación femenina y menos ciudad, pero allí se armó y desarmó desde enlaces matrimoniales hasta nóminas de cargos políticos, pasando por la discusión de leyes, nuevas ideas u obras literarias.
Era costumbre entre nuestros políticos reunirse en distintas casas, como la de doña Joaquina Concha o la de Rafael Larraín, tertulias transformadas en foro público, pues se revisaban asuntos de importancia. Así, con sesenta miembros de la aristocracia local, se formalizó, en 1864, el Club de la Unión, que el 8 de julio cumplió ciento cincuenta años.
En 1925, se trasladó al magnífico edificio estilo neoclásico francés que engalana la Alameda con Bandera, obra del destacado arquitecto porteño Alberto Cruz Montt, autor de algunos palacios del centro, testigos de una época de esplendor capitalino.
A un costado de la Bolsa de Comercio de Santiago es posible admirar, desde fuera, sus cinco pisos, su fachada de altas columnas, la escalinata de mármol y la puerta giratoria. Pero solo eso, porque la entrada se permite únicamente a los socios, hasta hoy. Se diseñó como un club de caballeros, a la usanza inglesa, y como tal, solo podían entrar varones de traje y corbata, a conversar y ser escuchados: política, literatura, asuntos internacionales, viajes.
Se bebía bien, se comía mejor, se conversaba, trabajaba o relajaba en el billar, la piscina techada, el sauna o la barbería. Sobre cien mil volúmenes se acumulan en su biblioteca. Dicen que la barra de su bar es la más larga del cono sur. Las familias “importantes” tenían sus casas en el centro de la ciudad y, entonces, el lugar era concurrido natural y abundantemente.
En su interior, tesoros patrimoniales adornan sus salones: óleos de Valenzuela Llanos, Tomás Somerscales, fray Pedro Subercaseaux, Pedro Lira; una escultura de Rebeca Matte, en el primer piso, Ulises y Calipso. Lámparas —arañas— para decenas de bombillas, gobelinos, mármoles, paredes revestidas de raso o madera tallada. En esta elegancia, camaradería y exclusividad habrían encontrado sustancioso material para sus obras Luis Orrego Luco, autor de Casa grande, y Jenaro Prieto, con su escurridizo socio. Miembros de la realeza europea en su paso por Santiago, también paraban un momento en tan señalado espacio.
Las señoras y su mundo doméstico no figuraban dentro de los planes originales. Aunque algunas veces lograron ingresar, para disgusto de los socios, según consta en algunos escritos, del brazo del marido o padre y siempre con ocasión de un baile. Costumbres que van cambiando con el tiempo. Desde 2006, se incorporó la primera mujer socia de número, y hoy hay una decena más, de un total de mil. Y en los meses de más calor, está permitido dejar la corbata, aunque el jeans, la camiseta y las zapatillas aún están vedados.
Un rasgo interesante es que además de ser un hermoso ejemplar de ese Santiago que existe casi solo en los libros —aristocrático, bohemio, con ínfula parisina— no es fantasma ni está para museo. Si bien fue declarado monumento nacional en 1981, los caballeros y damas del siglo XXI siguen gozando de la cordialidad, el buen servicio y la conversación. Todavía se tejen decisiones, se revisa la actualidad, se discute un café.
Recientemente, algunas de sus instalaciones se han abierto para personas que no cuentan con la categoría de socio, para celebrar eventos empresariales, matrimonios e, incluso, para el carrete de alto nivel.