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EDICIÓN | Julio 2014

El arte de hilar

Magdalena Alfonso, telarista
El arte de hilar

Sus telares son reflejo del alma. La lana que utiliza, el puente entre lo espiritual y lo mundano. Una artista autodidacta que se fascina con los colores y que ve en la simpleza de las cosas la gran belleza de la vida.

por Carolina Vodanovic G. / fotografía Andrea Barceló A. Agradecimientos a La Hacienda de Chicureo.

Fue su abuela paterna, Eliana Renard, quien, a eso de los tres años, le mostró el fascinante mundo de los hilos y las lanas. Mientras la abuela tejía y bordaba, la niña jugaba en el piso hilando pequeños personajes que habitaban coloridas rucas.

Creció rodeada de expresión artística. Su padre forjaba el fierro; la pintura y la escultura también se hacían un espacio en la familia, pero ella escogió el telar, pues la conecta con la tierra, con lo natural, lo simple, un espacio sagrado. “Siempre he estado dedicada a las lanas. Son para mí el hilado entre lo espiritual y lo material, es la conexión que tengo con la tierra. Toda mi vida he tejido, bordado, me fascinan sus colores, sus formas, esa capacidad tan amplia que tiene la lana para mezclarse con otros materiales nobles”, cuenta.

Desde que incursionó en el telar, hace ya muchos años, su propuesta ha sido simple. Trenza la lana con materiales tales como piedras, cobre, plumas y géneros con teñidos naturales. Hoy trabaja, por ejemplo, en un telar con reja. “En el telar se puede incluir de todo, hay completa libertad. Hoy camino mirando el suelo y viendo qué puedo descubrir, pues los palos, las piedras, las semillas, todo sirve. Ahí no hay nada que sobre, absolutamente nada”.

¿Cómo se ve reflejada esa libertad que mencionas en el telar?
Esa libertad tiene que ver con el movimiento, con ese aire que puede correr entre una lana y otra. Es el movimiento que le voy dando al ir armando el telar. El peine en el telar es como el pincel para el pintor. Con el peine lo muevo todo, lo cambio en dos minutos; con el peine lo despeino y ese movimiento produce gran libertad.

¿Cómo nace un telar?
Siempre parto con una idea y nunca termino igual. La idea preconcebida para mí no existe, tampoco los colores. Hay veces que he metido tijera y no tengo asco en hacerlo. Ando por la vida con los ojos bien abiertos y voy descubriendo, soy muy autodidacta, estoy conectada segundo a segundo con todo lo que pasa y eso, de una u otra forma, se refleja en mis telares.

Su inmenso amor por la tierra, por la Pachamama, la lleva a encantarse con la vida de nuestra folclorista Violeta Parra, “me siento completamente identificada con ella, con su versatilidad, con ese no tenerle miedo a nada. Ella fue una mujer fuerte, dura, tremendamente jugada. Una mujer que al final de sus días pudo mirar para atrás y decir hice todo lo que quise. Yo puedo decir lo mismo, he hecho todo lo que he querido en mi vida”.

UN VIAJE AL INTERIOR

Hace cuatro años, Magdalena se aventuró en un viaje que cambió su vida para siempre. Se fue con mochila al hombro, durante cuatro meses, a recorrer Sudamérica y sintió que esa travesía marcó un antes y un después también en el tema de los telares.

“Un 25 de diciembre comencé el recorrido, tomé un avión hasta Arica, de ahí en adelante el trayecto lo hice por tierra, gran parte a pie. Fui a Bolivia, Ecuador, Brasil y Argentina. Descubrí que todos esos lugares que caminé tenían mucho que ver con lo que yo era. Existe una suerte de unidad cultural a lo largo de la Cordillera de los Andes y eso me pareció fascinante. En Bolivia me maravillé con el hilado con las manos y me encantó ver cómo teñían sus lanas mezclando raíces. Pese a la tremenda pobreza del lugar, se les veía felices armando telares. Frente a la falta de recursos utilizan todo lo que la tierra les da y logran cosas preciosas, saqué una gran enseñanza”.

De regreso contactó a un amigo que poseía diversos talleres en Chicureo y le comentó que tenía interés en abrir el suyo (www. magdalenaalfonso.cl), no solo para dar rienda suelta a su faceta de telarista, sino también para guiar a aquellas personas que tuvieran interés en aprender el arte del telar. Desde ese día no ha parado de dar clases y, paradójicamente, son siempre las mismas alumnas que la acompañan año tras año en su taller y en aquellos que imparte en La Hacienda y Las Brisas de Chicureo.

¿Por qué te decides a dar clases?
Siento que las clases son fundamentales en mi vida. A través del telar sale todo, todo lo que va pasando con el ser humano, es completamente terapéutico y eso se ve reflejado en el trabajo. Me fijo en los colores que eligen mis alumnas, les tomo las manos para ver cómo aprietan las lanas, siento si las tienen o no húmedas, y en esos dos primeros meses me doy cuenta inmediatamente cómo son y se los digo, porque lo que yo estoy viendo tiene que ver con lo que ellas son.

¿Y cómo vas guiando su trabajo?
Yo mucha técnica no tengo, me he tenido que instruir ahora que doy las clases, pero siento que la gente que va a mis talleres no va solo por los telares, sino por todo lo que uno entrega, hay mucha magia en todo esto. Yo les digo a mis alumnas que hagan lo que se les ocurra y ellas patalean. Obviamente les doy las herramientas, pero quieren ver resultados rápido, y a veces me piden ver fotos de mis telares y les digo que no, porque si se las muestro las predispongo.

Es gracias a esa libertad y seguridad que Magdalena les transmite a sus alumnas que de los talleres ha surgido arte puro. “Ellas no pueden creer lo que son capaces de hacer; al principio no sabían ni agarrar la lana y la combinación de colores era un desastre, y al poco andar hacen telares increíbles”, comenta.

Maestra y alumnas se reunieron en diciembre pasado para montar su primera exposición de telares y esperan este año, a fines de noviembre, repetir la experiencia en la Hacienda de Chicureo.

¿Cuáles son tus planes?
En principio, hasta fin de año voy a impartir los talleres. Tengo muchas ganas de irme a vivir fuera de Santiago, podría ser la Patagonia o la Carretera Austral. Las clases me alucinan, pero también me sacan un poco del eje y cada cierto tiempo necesito mirar hacia adentro, anclarme de nuevo. Estoy en un proceso de moverme, no sé qué hacer, no estoy muy clara todavía, por lo pronto estoy soltando lo material, lo físico, desapegándome para permitirme, con ello, descubrir cosas nuevas. No tengo idea lo que se viene y, por qué no decirlo, tampoco me importa mucho.

 

“Toda mi vida he estado dedicada a las lanas. Son para mí el hilado entre lo espiritual y lo material, es la conexión que tengo con la tierra, es primordial”.

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