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EDICIÓN | Julio 2014

Sangre gitana

Gabriela Moreno, bailaora de flamenco
Sangre gitana

Aunque biológicamente no la tiene, por sus venas igual corre sangre española, esa que la ha hecho dedicarse al rubro de la danza del viejo mundo, pero no de cualquiera, sino que del flamenco, conocida por ser una de las más difíciles de aprender y entender del mundo.

por María José Pescador D. / fotografía Danny Bolívar U.

Su padre es de Graneros, su madre de La Serena, ninguno de los dos tiene lazos con España y tampoco con el baile flamenco. Pero Gabriela (33) estudió en el colegio Español Alonso de Ercilla de Rancagua, y es allí donde empieza la historia de esta mujer, hija única, soltera y sin hijos, por el momento…

El colegio tenía entre sus actividades extra programáticas clases de baile español (los bailes folklóricos del país): la sevillana, el paso doble, la jota, etc. A Gabriela le llamó mucho la atención esta práctica, los movimientos de la profesora, la pasión con la que bailaba, el traje, los zapatos, la música, la fuerza y el sonido del zapateo. “Me acuerdo que todo en el colegio era baile español, uno miraba por la ventana y en el patio estaban siempre ensayando, entonces me enamoré del tema”. A los nueve años empezó a asistir a este taller en donde le hacía clases Elizabeth Dinamarca, quien había estudiado con el reconocido Jesús López.

Gabriela cuenta que había una alumna súper destacada en la danza española, Teresa Flores, que era más grande y que al salir del colegio siguió esta carrera con Miguel Jorda, un catalán destacadísimo internacionalmente como coreógrafo, bailarín y cantautor de flamenco. Entonces Teresa fue también profesora del colegio y le hizo clases particulares a Gabriela, de manera especial, en su casa.

¿El colegio fue entonces tu motor?
De todas maneras. Nunca olvidaré cuando nuestra maestra Elizabeth arrendó un bus y nos llevó a todas a ver un espectáculo de flamenco clásico al Teatro Municipal de Santiago. Fue impresionante. Porque quedé con la boca abierta; en ese tiempo no se hacían grandes funciones, no como hoy que hay millones…

¿Por qué crees te gustaba tanto este baile?
No sé, creo que fui muy influenciada por mi abuela con la que veíamos siempre todas las películas de Sara Montiel. Pero me voy a quedar con unas palabras que me dijo un gran cantador de flamenco cuando le hice la misma pregunta: “Todo se detiene en grandes respuestas, que la técnica, que esto, que lo otro… simplemente me gusta, porque me gusta”. Me encanta sentir lo que siento con el baile flamenco; no es lo mismo que con otra danza.

¿Qué sientes?
Liberación. Es mi espacio y me saca de todo. Es mi guarida, me reconforta, encuentro mi paz, mi descanso, mi tranquilidad…

LA CARRERA

Lo más normal es que sean los padres los que les pidan a sus hijos que estudien una carrera tradicional. Pero en este caso fue al revés. Los padres de Gabriela querían que estudiara danza, pero ella quería un cartón, por lo que se fue a estudiar humanidades a Santiago. Dejó de bailar por casi un año, hasta que no pudo más.

¿Necesitaste el flamenco?
Mucho. Entonces busqué a Teresa, y la encontré con su academia formada y súper conocida, contemporánea de Pedro Fernández. En ese tiempo eran ellos dos los que enseñaban, no había nadie más. Teresa, además, se había casado con su profesor, Miguel Jorda. Le dije que quería bailar, y de inmediato Miguel me dijo que tenía que estar el lunes a las ocho de la mañana en la casa de ambos para hacer una audición.

¿Cómo te fue?
Empezó a tocar la percusión él mismo, y me dijo que bailara. Por lo visto le gusté porque me dijo que él me iba a ayudar a perfeccionarme y que para eso tenía que irme a vivir con ellos y así poder seguir un régimen intenso de clases.

¿Por qué quiso formarte?
No lo sé, solo puedo decir que Miguel ha formado a tres mujeres en su vida: a Pamela que vive en Canadá, cuyo apellido no recuerdo, a su alumna y luego mujer Teresa, y a mí. Es un orgullo.

¿Y cuál era la metodología?
Él no tenía una metodología, yo tenía que estar ahí y de repente llegaba y me decía: “Ya, ahora vamos a practicar”. Las prácticas podían ser de media hora o de dos horas, y las clases, a las tres de la tarde como a las siete. Él tenía una tienda donde hacía los zapatos de flamenco y traía productos o accesorios, entonces yo tenía que estar disponible según sus horarios.

¿Una anécdota?
Un día fue a buscarme a la pieza a las tres de la mañana, encendió la luz y me dijo: “Ya, ahora tengo tiempo, vamos a ensayar”.

¿Qué aprendiste con Miguel?
Muchas cosas. Pero primero hay que entender que el flamenco no es fácil, tiene setenta y seis “palos”, quiere decir ritmos, formas de cantar, de tocar la guitarra, de bailar… Un “palo”, por ejemplo, es la “Bulería”, que es muy distinta a “La Alegría”, “La Soledad”, “Los Tangos”, “Las Colombianas”, “Las Guajiras”, en fin… y cada una de estas ramas se divide en otras más pequeñas. Del flamenco se han hecho estudios, existen “flamencólogos” que se dedican a estas investigaciones y saben toda la teoría y sus raíces, metodologías e historias. Es un universo de cosas, un mundo, una forma de vida.

¿Cuál es el estilo con que te identificas?
Aprendí lo más básico como la rumba flamenca que tiene tres tiempos, el tango que tiene un compás de cuatro tiempos, la rumba, la sevillana. Pero el primer “palo” más complicado que aprendí y con el que más me identifico, es con “La Alegría”, que tiene una cuenta de doce tiempos. Mi estilo, en definitiva, es el gitano andaluz.

EN EUROPA

¿Terminaste bachillerato?
Sí, terminé humanidades mientras vivía con Teresa y Miguel y a la vez él me enseñaba las técnicas del baile. Esto fue por un año, y de repente decidí dejarlo todo para irme a vivir a Suiza, con mi novio que estaba esperándome allá… Así es el amor.

¿Qué hiciste allá?
Me fui a probar suerte, con mi novio. Y estuve por dos años. Vivíamos en la zona alemana, en una ciudad llamada Basel. No entendía nada, el idioma, la gente muy cerrada, en fin… Mi primer trabajo me lo consiguió él, como modelo de poses flamencas para los estudiantes de pintura. Después me invitaron a un evento que hacen los latinoamericanos allá. Había un concurso de baile y yo tenía que representar la cueca, gané... Me bajé del escenario y una mujer me ofreció que hiciera clases en el Centro Nosotras, para mujeres latinas maltratadas.

¿Ese evento te abrió las puertas en Europa?
Sí, esa noche también conocí a una chilena, Marcela Montt, y a su esposo que era flamencólogo, y ellos me “adoptaron”, hicimos muy buenas migas, me ayudaron mucho.

¿Estuviste solo en Basel?
No, fui por un mes a ver a una amiga a Ginebra. Ahí conocí a unos amigos de ella que eran cantadores y músicos de flamenco; con ellos bailaba en la calle y ganábamos ciento cincuenta mil pesos en una hora. Fue una excelente experiencia. Por otro lado, buscando una escuela para perfeccionarme, llegué a la de Antonio Perujo. No sabía que era tan reconocido a nivel internacional. Me dijo que fuera a dos clases. Fui, pero antes le dije que no tenía el dinero suficiente para pagar el curso. Entonces cuando me vio bailar, me dio una beca por tres meses.

¿Tan bien bailas?
No lo sé, pero me encanta…

¿Otro perfeccionamiento?
Claro, fui a España, estuve en seminarios en Alicante, que hacía una escuela dependiente de “Amor de Dios”, la escuela más grande de flamenco de ese país.

¿A qué otro personaje del flamenco conociste?
Fui a un espectáculo que hicieron los primos de Joaquín Cortés y “El Tomatito”, gran guitarrista. Después se quedaron en el lugar y uno de ellos se sentó a mi lado, terminamos bailando juntos. Y conocí gente importante, porque fue un espectáculo muy privado. Gracias a esto logré llegar a hacer clases en el centro cultural más grande de Suiza: el Centro Cultural Unión Basel.

¡Y OLÉ!

Gabriela se separó de su novio y se fue a vivir con su amiga Marcela por dos meses. Luego a un departamento con cuatro amigos chilenos. Seguía haciendo clases, pero la soledad pudo más que ella, y compró pasajes para volver a Chile. Se fue directo a casa de sus padres a Graneros, y empezó a crear espectáculos con la ayuda de su amiga y ex profesora Teresa.

¿Cuándo puede uno decir que es profesional del flamenco?
Cuando te lo dicen los grandes como Miguel, y cuando ya te puedes subir a un escenario y bailar con músicos en vivo. Uno ensaya la mayor parte del tiempo con música envasada, pero estar arriba de las tablas con un par de cantadores, la percusión y la guitarra es otra cosa… Hay que entender el lenguaje, saber improvisar, entre muchas otras cosas.

¿Qué espectáculos presentaste en Chile?
Varios, en distintas ciudades de la región. El 2009 falleció mi papá y decidí que era hora de poner mi propia escuela, se llama “La Negra” (en Facebook: “La Negra Escuela de Baile Flamenco”). Y la puse aquí en Rancagua por la cercanía con mi mamá.

¿El mejor escenario que has pisado?
El Movistar Arena. Bailando sola con los cantadores y músicos. ¡Espectacular! Y mis alumnas estuvieron en el Teatro Regional de Rancagua representando al flamenco y a la escuela, para el Día Internacional de la Danza, en abril pasado.

¿El sueño?
Pisar el Teatro Municipal de Santiago.

 

“Mi más recordado espectáculo fue en el Movistar Arena. Bailando sola con los cantadores y músicos. ¡Espectacular! Y mis alumnas estuvieron en el Teatro Regional de Rancagua representando al flamenco y a la escuela, para el Día Internacional de la Danza, en abril pasado”.

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