Forma parte de la primera generación de titulados en pedagogía en danza de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile. De los profesores de antaño, heredó esa rigurosidad y disciplina que la caracterizan y distinguen en la formación y entrega absoluta hacia sus alumnas. Sus treinta y tres años de trayectoria pesan y, cómo no, si ha traspasado sus conocimientos a miles de niñas y jóvenes, que llegan a su escuela para recibir las instrucciones, la técnica y el afecto de una maestra.
por Verónica Ramos B. / fotografía Patricio Salfate T.
Tiene la estampa, postura y femineidad de quien, a través del cuerpo, ha creado un templo para trasmitir el arte, la expresión y los movimientos. Su edad es un misterio, pero tal como se apresura en recalcar “es un dato irrelevante”, pues lo que para ella verdaderamente importa es la jovialidad de su espíritu y eso… se nota a simple vista.
El dinamismo de Marcela es una característica que la acompaña desde la infancia. En ese entonces, no solo demostraba sus ingeniosas aptitudes en el dibujo, sino además, se situaba en el pódium, alzando copas y medallas de los primeros lugares en atletismo. Afirma que fue este deporte lo que le permitió acondicionar su cuerpo para enfrentar lo que, sin proponerse, llegaría más tarde.
Con tan solo catorce años, decidió retirarse del colegio y continuar sus estudios en horario vespertino. Todo un sacrificio, pero que tenía un claro objetivo: ingresar a la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile. Cuatro años después, recibía su primer título: licenciatura en artes plásticas con especialidad en óleo y dibujo.
Su innegable amor por el arte la llevó a dar un siguiente paso. Nuevamente postuló a la Facultad de Artes, pero esta vez a la carrera de pedagogía en danza. “En el año 1971 se abría por primera vez esta carrera, lo que generó un boom entre los estudiantes. Postulamos cuatrocientos jóvenes y de estos, treinta y cinco ingresamos a la facultad. De todos ellos, solo cinco nos titulamos”, recalca.
Fueron siete largos años de estudio y preparación. Para Marcela, catorce semestres de un profuso legado formativo. “Entre las asignaturas aprendí teatro, impostación de la voz, técnica de suelo, historia del arte, cine, fotografía, español, piano, canto, sorfeo, flauta, guitarra, más todos los ramos pedagógicos, entre ellos, sicología, kinesiología, metodología de la investigación, orientación… era realmente muy completo”.
¿Por qué elegiste la danza y no una especialización en artes plásticas?
Me pareció interesante, porque sentía que la danza era una forma de transmitir el arte, que es mi pasión, pero a través del cuerpo. Estudiar danza, en esos años, era un tremendo aporte y un gran complemento a mi aprendizaje.
¿Era muy difícil mantenerse en la facultad?
Los profesores eran muy exigentes y había que tener bastantes condiciones físicas, buena postura, personalidad, capacidad de improvisación, creatividad, habilidad coreográfica… fue un proceso de mucho esfuerzo. Además, la deserción de la carrera era porque mis compañeros siempre aspiraban a bailar y yo les decía que estudiábamos para enseñar.
¿Siempre tuviste claridad en que tu camino era la pedagogía?
Así es, y eso es lo que me permitió continuar, porque bailar es muy distinto a enseñar danza. Pese a esto, junto a la profesora Vinka Vodanovic, tuvimos la posibilidad de realizar coreografías y formar parte del staff de bailarines en el programa Sábados Gigantes. Bailamos tres años en Canal 13 y después en Televisión Nacional, en el programa Taconazo. Tengo muy buenos recuerdos de esa época.
¿Hiciste otras cosas mientras estudiabas?
Después de mi participación en los canales de televisión, entré al conjunto folclórico de la reconocida profesora Carmen Cuevas. Ella lo que hacía era fusionar la técnica clásica con el folclor, era baile de salón. Nos presentábamos en varios eventos y para ser estudiantes, nos pagaban muy bien.
¿Y cuándo comienzas a dar clases?
En cuarto año de universidad. Cómo éramos la primera generación de esta carrera, nuestra labor era muy cotizada. Hice clases en tres colegios particulares de Santiago, ahí estuve cerca de cuatro años y con esto pude costear mis estudios.
¿Cómo fue esta primera experiencia de enseñar?
Cuando llegué la primera vez a uno de los colegios, tenía inscrita a sesenta niñitas. Estaba muy nerviosa, porque a lo lejos veía una larga fila y todas me esperaban a mí. Opté por separarlas en grupos y las dividí por edades, eso no me lo habían enseñado en la universidad, fue solo intuición.
¿También te destacaste en atletismo?
Las condiciones de mi cuerpo fueron gracias a este deporte. Fui récor nacional prejuvenil en cien metros planos, con trece segundos; salto largo con cuatro metros ochenta y; salto alto, con un metro cuarenta. En ese entonces, nadie superaba mis marcas…
¿Por qué no continuaste?
Tenía mucha actividad y comencé a cansarme. Estudiaba en el Bellas Artes, luego me iba al INSUCH y en la noche entrenaba en el Atlético de Santiago. Además, no vi futuro en el deporte, a pesar de que era muy joven, pensaba que con esto no podía ganarme la vida.
DANZA DE LA EXPRESIÓN
Un traslado laboral de su exmarido la trajo a esta ciudad en el año ochenta y uno. La secretaria municipal de entonces supo de su profesión y la invitó a participar de un nuevo proyecto. Por más de cinco años, Marcela se hizo cargo de las clases de danza en el ex Teatro Nacional de La Serena. Con la demolición de este espacio, debió trasladarse a la Casa del Vecino Serenense y, más tarde, formó su escuela de danza en el Coliseo Monumental.
Durante treinta y tres años de trayectoria, Marcela ha formado a más de veinticinco monitoras en danza y ha impartido sus conocimientos a más de dos mil niñas, jóvenes y adultas de esta zona.
¿En que consisten tus clases?
Me especialicé en enseñar danza infantil, danza clásica, neoclásica y danza show. Ahora, lo que yo utilizo es la técnica clásica, como base para todo tipo de expresión artística y la fusiono con movimientos libres. No soy partidaria de la danza tan estructurada, no me gusta la rigidez. Lo que me apasiona es la danza neoclásica.
¿Eres muy estricta?
Esa misma disciplina que me inculcaron mis maestros en la facultad, la aplico con mis alumnas. Transmito lo mismo que me enseñaron, tanto en las materias, como en el comportamiento durante las clases, la presentación personal y puntualidad.
¿Cómo formas a tus monitoras?
Las niñas que postulan y son elegidas para ser monitoras, me ayudan durante las clases con las chicas de distintos niveles y, además, estudian la teoría. La relación monitoraalumna es muy importante y eso también se los enseño. Esto va muy mezclado con lo lúdico, para dar paso a la creatividad, fantasía e improvisación.
¿Y al histrionismo?
La danza clásica se conoce, también, como danza de la expresión, si no hay histrionismo o sentimientos… no hay danza, no tendría alma… ahí está la clave.
OJITOS BRILLOSOS
Junto a su hija menor, Ángela Castro —estudiante de kinesiología e instructora de pole dance— unieron su pasión por la danza y formaron su propia escuela. “Mi hija estudió jazz en Ciudad de México, luego flamenco en Madrid, estuvo un año en el ballet de la Cámara de Santiago y ha realizado varios cursos de danza contemporánea”, comenta con orgullo Marcela.
¿Innegable herencia de la madre?
¡Sumado y multiplicado!, pero mi hija es bailarina… esa es su pasión, la mía es enseñar.
¿Sigues dando clases en colegios?
Estuve diez años impartiendo clases de danza en el Colegio de Artes Claudio Arrau, en Coquimbo. Renuncié para dedicarme a mi escuela de danza, a mi casa y a mi nieta. Hoy disfruto de todo esto…
¿También disfrutas de las presentaciones y galas de tus alumnas?
Realizamos dos o tres presentaciones en el año, porque no es mi estilo mostrar por competir, lo que me interesa es la demostración con carácter formativo. Nos preparamos intensamente para el cierre de gala, que es la muestra de fin de año. Trabajamos desde julio en adelante y lo que hacemos es presentar una obra.
¿En lo personal, qué te ha entregado la danza?
Me siento muy conforme con todo lo que he hecho. Con mi trayectoria, con lo que he entregado a la comunidad, a mis alumnas y monitoras. Formar a tantas niñas y jóvenes y que se dediquen a esto, ¡es maravilloso! Cuando descubrí el mundo artístico, hace ya tantos años, sentí que debía hacerlo de manera profesional y creo que no me equivoqué.
¿Te sientes retribuida con toda esta entrega?
Absolutamente, es que este es un espacio mágico… las niñitas llegan acá con los ojitos brillosos, a llenarse de música, a aprender y eso se siente en la atmósfera. Mis clases son los viernes y sábados, esos días entro a mi mundo… ¡no puedo, ni quiero dejarlo!
“No soy partidaria de la danza tan estructurada, no me gusta la rigidez. Lo que me apasiona es la danza neoclásica”.