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EDICIÓN | Julio 2014

El renacer de un ícono

Hotel Castillo Rojo
Si los muros del castillo hablaran, de cuántas historias nos enteraríamos. Emblema del barrio Bellavista, Santiago, hoy se levanta estoico para recibir a cientos de turistas en un hotel boutique que rescata la belleza de la época con sutiles toques de modernidad. La invitación está hecha.

por Carolina Vodanovic G. / fotografía Andrea Barceló A.

Noventa y un años de historia encierran las paredes del palacio Lehuedé, también conocido como Casa Roja o Castillo Rojo. Emplazado en pleno barrio Bellavista, en calle Constitución esquina Antonia López de Bello, encima de la plaza Camilo Mori, el inmueble fue recientemente restaurado para dar vida a un hotel boutique de diecinueve habitaciones que busca remembrar el Chile de los años veinte.
 
Fue en 1923 que don Pedro Lehuedé, comerciante chileno de origen francés, le encargó al arquitecto Federico Bieregel la edificación de su casa, hoy considerada patrimonio arquitectónico de la ciudad. El edificio constaba de tres pisos y más de un ático. Tras fallecer el propietario, su mujer decide vender la casa y publica un anuncio en el diario El Mercurio de aquellos años.
 
Fue un ruso radicado en Chile quien puso atención en el anuncio. “Mi marido vio el aviso en el diario e inmediatamente se interesó por la propiedad. Era una casa de familia, en una vecindad muy tranquila y decidió comprarla teniendo en mente habilitar departamentos en los dos últimos pisos y arrendarlos”, cuenta Victoria Barrera, la viuda de Boris Krivoss.
 
Krivoss llegó a Chile en 1946 y un año después adquirió la propiedad, la que estuvo en manos de la familia hasta venderla para el proyecto hotelero. Había escapado de Rusia en tiempos de la revolución bolchevique y tras pasar por Shanghái decidió que se asentaría en nuestro país. “Nos casamos en la casa roja, hicimos la fiesta en el primer salón del segundo piso. Tengo muy lindos recuerdos de mi casa, viví ahí por más de cuarenta años”.
 
ANÉCDOTAS DE BARRIO
 
Fueron cuatro décadas en las cuales la señora Victoria y su marido vieron pasar mucha gente. El barrio adquirió un aire bohemio y se quedaron en la vecindad artistas, fotógrafos, músicos, poetas. Recuerda haber compartido con la viuda de Camilo Mori y desde su ventana divisar “La Chascona”, la casa que por años habitó Pablo Neruda junto a Matilde Urrutia.
 
“Cada tarde preparábamos una zazuska, aperitivo ruso que consta de un vaso cortito de vodka y algo para acompañar. Nos sentábamos a conversar e invitábamos a nuestros arrendatarios y vecinos”.
 
Reconocidos artistas vivieron junto al matrimonio Krivoss Barrera: el desaparecido chef Carlos Monge, la publicista Mónica Riesemberg, ediseñador de interiores Javier Pinochet y el mueblista Pancho Ingunza. Este último vivió por casi treinta años en el castillo y recuerda que “era muy entretenido sentarse a conversar con don Boris pues contaba que de la revolución rusa salió con lo puesto y lo mismo en China, ya que tras juntar un pequeña fortuna, tuvo que dejar todo. Le habían hablado de Chile, de sus ríos y que había buena pesca, razón por la cual eligió este país para radicarse”.
 
Pancho Ingunza llegó, en 1978, a ver el departamento del cuarto piso del castillo: “el lugar tenía muchas potencialidades, el barrio era tranquilo, el departamento era espacioso, constaba de dos pisos y un encantador patiecito que miraba al cerro San Cristóbal, a la cordillera y al centro de la ciudad”. En esa época que trabajaba junto a Blanca Casali en restoranes, luego vino el tema de los muebles y su departamento pasó a ser tienda y taller por un período, “varias veces transformé el departamento y salió fotografiado en las mejores revistas de decoración”.
 
Javier Pinochet venía llegando a Chile cuando se topó con el castillo, después de vivir diez años en Europa. “Santiago me parecía una ciudad chata, con cero encanto, pero cuando conocí el castillo aluciné con esa presencia tan imponente. Desde mi departamento bajaba un canasto con un cordel y don Julio, del almacén de la esquina, me ponía el pan”.
 
Para Pinochet el encanto de la casa radicaba “en su solemnidad, decadencia, misterio y ese no sé qué pintoresco”. Habitó el último piso, con vista al cerro y desde el living, con ventanales de marcos chicos, apreciaba un gran ceibo con racimos de flores rojas. Su dormitorio estaba bajo el torreón y eso le daba una apariencia octogonal.
 
Recuerda que “el barrio no tenía nada que ver con lo que fue después. Han habido tres etapas, la mía, de barrio residencial, tranquilo, después vino el tiempo de las hordas, de las noches pasadas y un poco de lumpen. Ahora se levantó de nuevo con grandes aciertos de inversión, teatros, más seguridad y agrado”.
 
A principios de este siglo, la casa se transformó en un centro comercial y de las artes, también conocido como “La Casa Roja Lehuedé”. La habitaron talleres de arte, artesanía, orfebrería, y la señora Victoria, que incluso tras fallecido su marido y vuelta a casar, siguió viviendo en la propiedad.
 
“No fue hasta el 2010 y producto del terremoto que tuve que tomar la decisión de vender. El tercer piso de la casa sufrió graves daños y no conseguí los fondos para repararla. Fue entonces que, con el dolor de mi alma, supe que mi historia en la casa roja llegaba a su fin”, aclara.
 
EL CASTILLO HOY
 
Fueron los propietarios de la casa vecina, antiguos socios del restaurante Ozono que ahí funcionaba, que se acercaron a la viuda para ver la posibilidad de reparar el muro medianero que había sufrido daños tras el terremoto. En ese momento surgió la posibilidad de comprar la propiedad y Álvaro Jaime, junto a un grupo de socios chileno-norteamericanos, dieron el paso.
 
“Desde un comienzo la idea fue hacer allí un hotel boutique. Siempre tuvimos en mente recuperar la casa, nunca quisimos cambiarla pues nos parecía maravillosa, así que la reconstruimos estructuralmente y a nivel interior la reconfiguramos manteniendo la apariencia original”, señala Jaime.
 
El proyecto inicial consideraba quince meses pero con la autorización en mano del Consejo de Monumentos Nacionales tardaron finalmente dos años y medio. Si de cifras se trata, la inversión total ascendió a cinco millones de dólares.
 
A2 Arquitectos y la firma de interiorismo Grisanti + Cussen fueron los encargados de dar vida al proyecto. “Dado que la restauración tomó bastante tiempo, nos pudimos dedicar a buscar cada detalle con mucho cuidado, nada fue comprado al azar, trajimos muchos muebles y objetos de Buenos Aires, diseñamos los revestimientos, encontramos papeles murales antiguos. Fue un trabajo muy riguroso y basándonos en la estética de los años veinte, intercalamos elementos contemporáneos que le dieron un look sofisticado sin caer en algo muy clásico”, explica Hugo Grisanti.
 
El hotel ya ha recibido sus primeros visitantes, en su mayoría turistas americanos, ingleses y australianos. Hasta el 31 de agosto, y por un valor especial, nos invitan a disfrutar de una velada romántica, ya sea noche de viernes o sábado, con una botella de espumante y desayuno francés servido en la habitación, y así disfrutar de un entorno estiloso, cargado de historia en el mítico Barrio Bellavista.

 

 
"Fue un trabajo muy riguroso y basándonos en la estética de los años veinte, intercalamos elementos contemporáneos que le dieron un look sofisticado sin caer en algo muy clásico”, explica Hugo Grisanti, diseñador a cargo del proyecto.

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