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EDICIÓN | Julio 2014

El arte de la conservación

Sara Chiostergi, restauradora italiana
El arte de la conservación

Con acento italiano inconfundible, esta joven licenciada en química para la restauración ha sido la encargada de darle nuevo brillo al imponente monumento del capitán Larraguibel en Viña del Mar. Sus manos expertas han pasado por la Basílica de San Marcos en Venecia y por reliquias del siglo I del Imperio Romano; tenerla en Chile es un lujo.

por Elisa Collins V. / fotografía Andrea Barceló A.; Vernon Villanueva B. y gentileza de Duoc UC Valparaíso

Entrar al patio interior del Centro Nacional de Conservación y Restauración (CNCR) en plena comuna de Recoleta — lugar de trabajo de Sara Chiostergi (35), italiana de tomo y lomo—, es adentrarse en un entorno que se remonta al pasado; árboles añosos, amplios corredores y puertas de doble hoja con viejos postigos son el marco que ven pasar las horas de investigación de esta latina. Una mujer de pequeña figura que lleva dos años y medio en nuestro país y que es licenciada en química para la restauración, especialidad que en Chile no existe.

Sara ha trabajado en la conservación de la Basílica de San Marcos en Venecia, el Arco de Trajano en Ancona (siglo I D.C.) y la colección privada del afamado arquitecto Carlo Scarpa.

TRABAJANDO FRENTE AL MAR

Además de su trabajo como investigadora y analista de obras de arte en el CNCR, y en forma absolutamente independiente a esta institución, Sara tomó contacto con el Duoc UC de Valparaíso, donde la contactaron estos últimos meses para la restauración del imponente monumento “Capitán de Ejército Alberto Larraguibel” (bronce), el que presentaba algunos signos de deterioro. “La obra no tenía problemas de corrosión ni oxidación, sino que de depósitos de heces de aves, de polvo. El problema fundamental es que como hay una carretera justo en frente del monumento —Av. Jorge Montt—, hay mucha polución y eso genera una suciedad superficial importante. El trabajo consistió en hacer un diagnóstico, luego una limpieza a fondo de la superficie en seco, sin utilizar líquidos, y finalmente se le aplicaron tres capas protectoras”, comenta.

Sara no trabajó sola en la obra, sino con los alumnos de la carrera de restauración del Duoc UC. “La restauración duró un mes en total. Yo iba dos veces por semana, daba indicaciones, chequeaba los avances y trabajaba con ellos. Resultaron ser excelentes alumnos”.

Al cierre de esta edición se abrirá nuevamente el monumento al público y, según fuentes de la universidad, se procederá a restaurar otras obras de la comuna, la siguiente sería La defensa de Rodin.

SIEMPRE SUPO QUE SERÍA RESTAURADORA

Sara cuenta que cuando era solo una niña, a los siete años, decidió ser restauradora, una tarde que salió de paseo con su padre al centro de su ciudad natal, Senigallia: “recuerdo que había una pileta que aún existe (Fontana del Duca), con unos leones que tiraban agua por sus bocas. Los niños jugábamos ahí, nos subíamos al lomo de los leones y tomábamos el agua que ellos expulsaban de la boca. Un día la pila estaba cerrada, y yo le pregunté a mi papa por qué y él me explicó que por restauración. En ese momento le dije: ‘papá, yo cuando grande seré una restauradora en piedra’ y nunca más cambié de idea”, recuerda.

¿Y ese amor por las obras de arte o por la conservación de las cosas la heredaste de tu familia o es algo con lo que se crece al ser italiana?
Toda mi familia, de alguna manera, es amante del arte, de la arquitectura, pero yo creo que quizá influyó el hecho de que mis padres se preocupaban de no botar las cosas, de recuperar un viejo banco, de no deshacerse de lo viejo, sino de reparar un antiguo mueble.

¿Cómo es la cotidianeidad de una restauradora?
Cuando restauras, primero investigas la obra, la época, los materiales con los que fue elaborada, para qué fue hecha. Haces también una observación visual y análisis bibliográfico. Luego ves si es necesaria o no una intervención y vas haciendo pruebas con los diferentes productos y documentando tu trabajo hasta que llegas a un resultado final.

¿Es un trabajo muy solitario?
Puede ser que solo tú pongas las manos, pero siempre estás consultando a colegas, buscando bibliografía, asesorías a historiadores o arquitectos.

¿Cuál es la obra más antigua que te ha tocado restaurar?
Creo que la Basílica de San Marcos en Venecia. Se empezó a construir en el siglo XII. Yo ahí estaba especializada en piedra.

¿Y qué se siente estar en el mismo lugar que ocuparon otros maestros con tu mismo oficio hace siglos atrás?
Me hiciste recordar una cosa (se emociona), en realidad lo más antiguo que trabajé es un arco romano del siglo I: el Arco de Trajano en Ancona, Italia, por el que debían atravesar los barcos para entrar a la ciudad. Ahí estaba súper emocionada al pensar que hace dos mil años había personas vestidas de forma tan diferente a mí, subidas en un andamio, trabajando la misma piedra que yo estaba manipulando. Eso fue el 2001 y me llevó nueve meses terminarlo, hice mucha investigación histórica. Pude acercarme y vivir lo que es una construcción romana, ver cómo construían las cosas sin mortero, eran grandísimos bloques de piedra que llegaban de Grecia, ¡increíble!

CHILE VERSUS EL VIEJO CONTINENTE

¿Qué te han parecido los jóvenes chilenos, cómo ha sido tu experiencia trabajando con ellos?
Noto mucha inhibición en los chilenos, mucha dificultad en las relaciones. Es como si las personas tuvieran miedo de ser lo que son, de decir lo que piensan, de proponer cosas. Por ejemplo, los alumnos, si no entienden algo, muchas veces no se atreven a preguntar. En Europa no es así, ellos saben que están pagando por un servicio y hacen valer sus derechos, preguntan, participan, proponen.

¿Y cómo fue para ti enfrentarte a esta realidad?
Al principio debo haberles parecido medio agresiva y tuve que cambiar mi forma de ser, fue una experiencia personal y humana muy intensa, que para mí significó una crisis existencial muy importante, una crisis cultural. En un comienzo sufrí mucho, me sentí muy sola.

Sara llegó a Chile viajando, recorriendo y buscando oportunidades de trabajo frente a la enorme crisis económica que se vivía en Europa hace algunos años. Apenas llegó, se dio cuenta de que aquí las oportunidades de trabajo eran grandes en su área y decidió quedarse, pagando un alto costo personal. “Cuando tú piensas en Latinoamérica, dices ‘guau’, voy a llegar a un país con gente amable y simpática, pero me encontré, al menos en Santiago, con mucho individualismo; cada uno vive su vida. Si se te pincha una rueda de la bicicleta en la calle nadie para a ayudarte, si te roban en el metro nadie se acerca, pareciera que las personas no se ven, tampoco acá se vive mucho la sociabilidad”.

¿Y cómo es en Europa?
Se vive mucho la sociabilidad. Al final del día la gente no vuelve a sus casas, sino que se reúne con un vino, con una chelita o con un café en algún lugar, se reúnen junto a un aperitivo. Acá en Chile no es algo cultural. Una parte de la sociedad puede que lo haga a veces, pero no es parte de la cultura; como lo es en España, en Francia o en Italia, donde atraviesa todas las clases sociales.

ESCASO PATRIMONIO INDÍGENA

Además de tener en Chile trabajo seguro, Sara encontró en estas latitudes la posibilidad de desarrollar dos de sus grandes pasiones además de la restauración: la danza y la artesanía. “Me gusta mucho la artesanía, el poder acceder a cursos y comprar objetos. En Europa está prácticamente desaparecida y, por lo mismo, es demasiado cara, solo al alcance de las elites.

¿Qué obras de Chile te gustan?
El Museo de Bellas Artes es un lindo edificio, pero todo es muy moderno, del siglo XIX en adelante. Lo que sí me llama la atención es que hay poco patrimonio indígena y a las obras les dan importancia porque las hizo un europeo. Para hablar de patrimonio chileno propiamente tal, tienes que ir a San Pedro o a Punta Arenas. Recién se está valorizando el hecho de rescatar la propia historia indígena; de hecho, acá en el CNCR veo circular muchas piezas para conservar y exponer.

¿Qué objetos indígenas podríamos considerar parte del patrimonio chileno? Porque se dice que es muy pobre
En realidad, el patrimonio viviente es lo textil y los petroglifos que existen de norte a sur, los que se están revalorando mucho.

 

“Noto mucha inhibición en los chilenos, mucha dificultad en las relaciones. Es como si las personas tuvieran miedo de ser lo que son, de decir lo que piensan, de proponer cosas”.

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