La vida cambia después de conocer a los Ramones. Los Clash y los Sex Pistols sintieron que no estaban solos cuando vieron a la banda seminal del punk en vivo en Londres, el 4 de julio de 1976. Hacer rock con un par de acordes y temas de dos minutos era posible. A pesar de esa siembra, los Ramones no vendieron muchos discos. El primer álbum editado ese año clave del setenta y seis, alcanzó recién la categoría oro en Estados Unidos con quinientas mil copias, cantidad respetable pero mezquina considerando el tiempo transcurrido, y la enorme influencia del grupo. Sin embargo, se trataba de una banda triste, tironeada entre el tono dictatorial de Johnny Ramone, el guitarrista que solo sabía rasguear las cuerdas hacia abajo a toda velocidad, el carácter infantil y obsesivo-compulsivo del vocalista Joey Ramone, y el talento creativo agujereado por las drogas del bajista Dee Dee Ramone. Mientras grupos amigos como Blondie se convertían en figuras del pop, el cuarteto que nunca se quitó las chaquetas de cuero —otra de las leyes marciales de Johnny—, apenas sobrevivía con interminables giras en locales de mediana capacidad.
No fue hasta la llegada a Latinoamérica, en 1987, que se sintieron como verdaderas estrellas, también la primera vez que viajaron en primera clase. Tras llenar estadios, el regreso a EE.UU. al mismo circuito mediocre, minó al grupo. Tiempo después, Dee Dee se hizo rapero y se marchó. Aunque fue reemplazado, el final asomaba. En 1996, dieron su último concierto.
La vida cambia después de conocer a los Ramones. Cursaba primero medio, y en la casa de un pariente encontré un disco de estos tipos de mirada dura. Lo puse en el tornamesa y me tragué doce canciones en treintaiún minutos. Una encantadora sobredosis de la que nunca te recuperas.