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EDICIÓN | Julio 2014
La Vide de Adèle
Al año se filman novecientos films, solo en Nueva York. Tanto el cine independiente, el extranjero y el comercial son una máquina continua de producir historias: cientos de miles al año. Entonces, hay mucho que agradecer a festivales de cine como Cannes o Sundance, donde los programadores ven miles de películas y seleccionan “las mejores”, y solo esas son premiadas por el jurado. Es como un gran filtro, que nos provee de una guía al querer ver algo que no involucre a un reptil gigante destruyendo San Francisco. Este año el jurado de Cannes no nos defraudó y nos condujo hacia La vida de Adèle.
 
La vida de Adèle es una clásica historia de amor turbulenta, con elementos de un triángulo amoroso que hemos visto en miles de películas. Tiene el pequeño detalle que las protagonistas son una pareja de lesbianas, pero ya estamos suficientemente maduros como espectadores para no asombrarnos ni darle una segunda mirada a eso. Entonces, ¿qué hace que este film sea tan especial en este mar de películas? El trato, la actuación, el tiempo y la narrativa que entrega esta historia es magistral. El secreto está en el “cómo” lleva a un “qué” que podría ser cotidiano, a un nivel ciertamente envolvente y emocionante. Abdellatif Kechiche, el director, logra hacer de esta película una pieza digna de todos los honores que ha recibido. Las actrices Léa Seydoux y Adèle Exarchopoulos entregan también un desempeño digno de un Oscar, (curiosamente la película no era válida para recibir el Oscar a mejor película debido a su fecha de estreno en Francia. Cannes y la FIFA no son los únicos con normas particularmente extrañas).
 
El film es hipnotizante, el enfoque en los detalles va desde la comida hasta las manos; la entrega de cada línea se desliza alrededor del cuello del espectador, por esto y solo por esta vez: gracias Cannes.

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