Miro mi ciudad, sus edificios, sus calles. Miro a las personas pasar y me pregunto si este “Había una vez…” que ha dado inicio a tantos cuentos e historias urbanas, no se ha transformado aquí en un “Hubo una vez…”.
Había una vez… Cuántas veces oímos estas palabras cuando niños. Palabras mágicas que con su poder abrían puertas invisibles que nos conducían a otros lugares y que nos predisponían a escuchar un cuento o una historia casi siempre fantástica. Cada relato aparecía, entonces, ante nuestros ojos y podíamos tocar, vivir y sentir el aroma de la aventura que se nos extendía como una invitación muy tentadora, casi siempre irresistible. Tanto así que nuestros recuerdos de la infancia y sus lugares están impregnados de esta sublime dimensión.
Me pregunto hoy, al mirar y recorrer esta ciudad del sur del mundo en la cual vivo, tan cercana y tan distante de todo, ¿qué historias nos cuenta? ¿Acaso esta memoria de la que hablamos anteriormente, ha entrado en un estado de adormecimiento, silenciada por tanto murmullo mediático que más bien constituye un ruido molesto que distrae de lo verdaderamente importante? Había una vez… es una proposición que tiene la especial particularidad de referirse a un pasado, pero también a un futuro; ello indetermina al cuento y lo sitúa en cualquier lugar, espacio y tiempo. Sus personajes pueden ser cualquiera de nosotros, y ese es uno de sus aspectos más encantadores. Todos hemos sido parte de estas historias alguna vez y cada uno atesora las suyas.
La magia, entonces, que fundamenta lo esencial, y la realidad aparente que existe en lo tangible, no deberían disociarse, aunque, llegada cierta edad, todo parece indicarnos que así debe ser. De hecho, esta disociación es la que actualmente afecta a nuestras ciudades, a nosotros y gran parte de lo que hacemos. La arquitectura, el espacio público, el encuentro entre las personas, el sentido de una cultura y su sociedad pueden llegar a sofocarse por la falta de este aire fresco que representa la capacidad creativa del relato, de una visión integradora que constituye la identidad que nos reúne, que nos vincula y nos arraiga. El talento, la creatividad, el emprendimiento y la educación requieren de ambas, de lo contrario se reducen, tienden a desaparecer o migran a otro lugar.
Miro mi ciudad, sus edificios, sus calles. Miro a las personas pasar y me pregunto si este “Había una vez…” que ha dado inicio a tantos cuentos e historias urbanas, no se ha transformado aquí en un “Hubo una vez…”, lo que me preocupa, porque constituye una sentencia que solo hace referencia al pasado, cerrándose a la posibilidad futura. Hubo una vez una ciudad de extremo, una ciudad hermosa, una ciudad que se movilizó completa tras un maremoto, una ciudad donde sucedieron grandes cosas en la historia de nuestro país y de pronto, ¿qué nos pasó?, ¿a dónde se fue el sueño que nos debía ayudar a proyectar y construir ese futuro esplendor?
En la columna anterior cerré diciendo: “La resistencia al statu quo que nos detiene está instalada”. De eso se trata, de invitarnos a que miremos lo que viene con sueños grandes. Recuperemos el relato que da consistencia al sentido de comunidad y recuperémonos de la apatía que nos está consumiendo y que nos distancia.
La ciudad es de todos por derecho y vocación…
El arquitecto chileno Alberto Cruz, en Improvisación (1959), escribió: “¿Cómo se conoce la vida? Nosotros pensamos que como la vemos a través del espacio, saliendo a la ciudad a recorrerla. No se la conoce dentro de las aulas”.
La historia, nuestra historia, tenemos que vivirla conscientes para que los que vengan puedan leerla en lo que hicimos…