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EDICIÓN | Junio 2014

Cumbre en el Aconcagua

Jorge Gajardo, Thomas Schmidt y Ricardo Alarcón
Cumbre en el Aconcagua

Tres docentes de la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción decidieron ascender a la cumbre de la montaña más alta del continente americano para rendir un homenaje a los noventa años de la institución. Se trata de una historia de esfuerzo y perseverancia, pero principalmente de trabajo en  equipo.

por Cristóbal Montecinos C. / fotografías Sonja San Martín D.

Situado en Argentina, el Aconcagua es uno de los cerros más visitados del mundo. Sus 6.962 metros de altura y sus condiciones de alta montaña hacen de su ascenso una experiencia única. Es, sin duda, un gran desafío para cualquier andinista y adquirió un especial significado para los médicos Jorge Gajardo Navarrete, Thomas Schmidt Putz y Ricardo Alarcón Grandón, quienes emprendieron, a comienzos de este año, una aventura que difícilmente olvidarán al hacer cumbre en el macizo de la cordillera andina.

Los tres forman parte del cuerpo docente de la Facultad de Medicina de la Universidad de Concepción, que este año cumple noventa años desde su creación, el 26 de abril de 1924, como la segunda Escuela de Medicina de Chile.

ANDINISTAS

Cardiólogo intervencionista y con amplia experiencia como corredor, especialmente en largas distancias, Jorge Gajardo practica montañismo hace seis años. “Practicar alta montaña ha sido una nueva experiencia, totalmente diferente a la actividad deportiva que había hecho previamente. Son sensaciones distintas, tanto desde el punto de vista físico como el espiritual. Físicamente, es una actividad muy dura, pero otorga recompensas a cada uno como persona. A menudo, la montaña invita a una reflexión personal profunda que puede durar horas e incluso días. Además, permite compartir con el grupo de personas que te acompañan. Estoy convencido de que, espiritualmente, uno nunca baja igual de la montaña de cómo subió. Siempre se vuelve “mejor”, afirma este médico que ha corrido diversas maratones, como la de Nueva York.

Ricardo Alarcón es otorrinolaringólogo y, al igual que Gajardo, comenzó en 2006 en el montañismo. “Las personas que hacen alta montaña comparten rasgos de personalidad como el querer siempre superar desafíos, y no solo enmarcado en el tema deportivo, sino que en el ámbito de lo cotidiano. Este rasgo nos formó como grupo y nos hizo emprender esta marcha”.

A su juicio, transmitir lo que significa practicar esta disciplina es difícil y se tiene que vivir para sentirlo. “Se trata de una experiencia intransmisible. Es imposible describir la belleza que se siente al subir solo sintiendo el viento y la respiración de uno, así como la belleza de escuchar las botas chocando contra la nieve, por ejemplo”.

También otorrinolaringólogo, Thomas Schmidt es el más experimentado del grupo y el responsable de que Gajardo y Alarcón se sumaran a esta actividad. “Comencé a subir cerros con mi padre en España. El primero que subí fue en los Pirineos, cuando tenía doce años. Me gustó de inmediato y continué practicando esta disciplina. Ya en la universidad, en Chile, hice montañas más altas, con campamentos en altura y fui aprendiendo cada vez más”, recuerda.

En 2005, se propuso escalar un cerro de seis mil metros de altura al año. “Fui ese año al Ojos del Salado y al año siguiente invité a mis colegas a repetir ese ascenso, lo que constituyó el comienzo de esta aventura”.

Para él, la práctica de alta montaña ha sido una tremenda enseñanza de vida. “Muchas veces no sé si la medicina me ha enseñado a subir cerros o si los cerros me han servido para ejercer mejor la medicina. Se trata de planificar, nunca subestimar e ir paso a paso”, reflexiona.

TRAYECTORIA ANDINA

Luego de la primera escalada que hicieron como grupo al Ojos del Salado, el volcán más alto del mundo, el grupo de médicos ha realizado diversos ascensos. “Hemos hecho cumbre en varias montañas de seis mil metros, como el Parinacota y Llullaillaco, y otras más bajas, como El Plomo, Lonquimay, Callaqui y Chillán. Sin embargo, subir al Aconcagua significaba un tremendo desafío, porque el porcentaje de éxito de alcanzar la cumbre es solo de un veinte por ciento”, describe Schmidt.

Este tremendo reto comenzó en el Parque Provincial Aconcagua, en Mendoza. “La organización que prepara y planifica los ascensos es perfecta. Se compra el permiso de ingreso para el ascenso, hay dos controles médicos obligatorios y helicópteros y equipos de rescate preparados para cualquier emergencia. Fuimos acompañados por un guía profesional, especie de sherpa, pero argentino, cuya asesoría es fundamental en cualquier travesía”, relatan los doctores.

A SUBIR

El 20 de enero fue el día de la partida y tardaron doce días en hacer cumbre. Cada uno con una mochila de veinte kilos, caminaron treinta y seis kilómetros en total. “Lo usual son veinte días, pero el buen clima de ese entonces permitió acortar tiempos”, dice Schmidt.

En medio del periodo de aclimatación, el grupo fue avanzando a través de campamentos, como Confluencia, Canadá, Plaza de Mulas, Nido de Cóndores y Berlín, antes de hacer cumbre. En Confluencia, a tres mil doscientos metros de altura, instalaron su primer campamento de servicios. “En los campamentos, pudimos compartir con gente de muchas partes del mundo, incluido un sherpa con cuatro ascensos al Everest. Logramos obtener experiencias muy valiosas. Todos están en la misma línea y con el mismo objetivo: vencer a la montaña. Esto representa fielmente el trabajo en equipo, en cuanto a planificación y también perseverancia”, indica Alarcón.

Esta labor en grupo se vio reflejada en el complicado momento en que, precisamente, Alarcón decide abandonar la expedición. “En un momento del ascenso me sentí mal, pero supuse que era normal por el cansancio, pero cuando comenzó a fallar mi coordinación, me di cuenta de que no era posible seguir y que podía empeorar. La decisión de retornar no era fácil, ya que significaba regresar un largo trecho de casi dos días caminando solo. Sin embargo, pensé que si seguía adelante no solo podría complicar mi salud, sino que estropear todo el trabajo grupal. Además, el cerro siempre está ahí y se puede volver cuando uno quiera y la foto más importante es la que se toma al regreso y en esa debíamos estar todos. Comuniqué la decisión al grupo y me devolví. Llegué hasta el campamento Berlín y esperé a que mis compañeros volvieran de la cumbre”, recuerda.

El doctor Alarcón agrega que los ascensos son procesos que parten mucho antes de empezar a caminar. “La planificación y acondicionamiento físico son fundamentales, como también la preparación emocional. Se trata de mucho tiempo incomunicado y separado de tu familia. Sin embargo, es un esfuerzo que vale la pena”.

EXPERIENCIA INOLVIDABLE

El día que hicieron cumbre, Gajardo y Schmidt partieron a las cinco de la madrugada y lograron su objetivo poco antes de las trece horas. “El video que grabamos mostrando los últimos cincuenta metros de ascenso, parece estar en cámara lenta, pero ya casi no nos quedaba energía y realmente se trataba de un esfuerzo gigante”, dice Schmidt.

Cuando llegaron a la cima, grabaron otro video con un mensaje a la comunidad académica de la Facultad de Medicina. “Fue un mensaje de compromiso y de trabajo colaborativo. Señalamos que nuestro deseo es que la facultad esté siempre lo más alto posible. Queríamos instalar algo que representara a la facultad en la cumbre, en el techo de América. Llevamos un pendón de tres metros de largo y un metro de alto y lo pusimos arriba”, explica Gajardo.

Al momento de describir la experiencia que significó este ascenso, Thomas Schmidt no duda en responder que se trata de una situación inolvidable. “Cada cerro es una aventura única e inolvidable, pero el Aconcagua fue particular. Desde enero a la fecha he revivido mentalmente las paradas en cada campamento y he repasado las conversaciones con mis amigos. Realmente, se trató de experiencia de vida y deja huellas que son para siempre. Creemos que este ascenso es un tremendo ejemplo de motivación que podemos entregar a nuestros alumnos”.

Para Jorge Gajardo fue tremendamente significativo hacer este esfuerzo y dedicárselo a la Facultad de Medicina por sus noventa años. “Somos tres académicos que estamos comprometidos con la facultad y hemos hecho, prácticamente, toda nuestra carrera acá. De esta manera, quisimos enviar un mensaje a los estudiantes en el sentido de que una experiencia de este tipo, permite reforzar el trabajo en equipo y resalta la importancia de la perseverancia y el tesón en cada cosa que hacemos, así como la confianza en el otro”.

 

“Comencé a subir cerro con mi padre en España. El primero que subí fue en los Pirineos, cuando tenía doce años. Me gustó de inmediato y continué practicando esta disciplina. Ya en la universidad, en Chile, hice montañas más altas, con campamentos en altura y fui aprendiendo cada vez más”, Thomas Schmidt.

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