Para la actriz y sicopedagoga, Grace Isaacson, nada es imposible. Todo lo que se ha propuesto lo ha logrado, gracias a su empuje, perseverancia y a la fuerza imparable que pone en todas sus iniciativas.
por Soledad Posada M. / fotografías Sonja San Martín D.
Cuando los proyectos se realizan con ganas y convicción, sin perder la pasión, siempre es posible llegar al destino. Para esta hija del rigor, la vida es muy fácil comparada con lo que significa montar obras de teatro. Ni siquiera su labor de madre de su hija Dominga, de ocho años, le resultó complicada.
Grace Isaacson no estudió con el conocido profesor de teatro, Gustavo Meza, para ser el centro de atracción ni la protagonista de ninguna teleserie. A ella, la motiva todo lo que está detrás del escenario y lo que significa realizar un proyecto de teatro, desde mandar las invitaciones hasta acomodar la última pieza de utilería, pasando por cargar el material en los camiones para llevar el espectáculo a otras tierras.
Nunca le ha hecho el quite al trabajo duro, por eso, después de trabajar como actriz y profesora, volvió a estudiar educación diferencial en la Universidad de Concepción, para ayudar a los más pequeños a aprender. Y no duda en usar todas las herramientas que le da el teatro para lograr su objetivo sicopedagógico.
¿Cuándo te diste cuenta de que lo tuyo era el teatro?
En el colegio me entretenía cuando hacíamos alguna obra de teatro. Lo pasaba muy bien. Ensayar, ponerse disfraces, cambiar la voz. Pararme sobre el escenario y hacer de animal. Un tigre fue el primer papel que recuerdo. En el colegio Saint John’s le daban importancia al tema de articular objetivos académicos con objetivos sociales, de convivencia y, sin querer, de talentos. Después todo se fue dando. Las profesoras captaron mi interés, disfrute y entrega, y desde primero a octavo básico fui siempre el personaje principal, lo que generó la envidia de algunas compañeras. Todavía recuerdo algunas. ¡Que lata la envidia! En esta pega te rodea. Pero, por lo menos, no es una envidia por tus “lucas”, sino por tu desarrollo personal y profesional. Bravo por eso.
“De obra en obra el teatro se apoderó de mí. Ya no eran solamente las presentaciones de fin de año, sino que me inscribí en el grupo de teatro del colegio. Lo dirigía Alberto Baruylle, un excelente profesor. Apasionado, culto, versátil, temperamental. Me encantaban sus clases. Y bueno. Pasó lo que tenía que pasar. El teatro se hizo parte de mí. Pero antes de Baruylle hubo otros profes del colegio que también impulsaron mi deseo de ser actriz de teatro. Recuerdo a Miss Flor Asenjo”.
¿Cómo fue la recepción de tus padres?
Fatal. Mi papá estuvo una semana en cama cuando me fui a estudiar a Santiago. ¡Pucha que hice sufrir a mis papás! Pero esa incongruencia de la crianza se la debieron tragar. Desde pequeña me educaron en la convicción de que todo era posible, de que todos somos iguales, de que hay que perseguir los sueños y lograrlos y de trabajar para comer. Pero a la hora de los “quiubos”, se murieron. Hubo peleas, gritos, portazos, amenazas, castigos, todo mal. Estaban aterrados de que me fuera a Santiago. Sola, y más encima a estudiar teatro. Pensaban que mi vida iba al fracaso. Mis papás estaban convencidos de que el teatro era la locura misma, sexo, drogas y alcohol… Y fue así. Pero no me aparté del camino. Los valores y la crianza me mantuvieron estoica ante la tentación.
SOBRE LAS TABLAS
¿Qué significa para ti el teatro?
Ser yo misma, ser feliz. Rabia, conocimiento, entrega, esperanza, amor, entretención, vivir, conocer, experimentar… Tanto, tanto. La estadía en la escuela de Meza fue intensa, una locura… Años de sacrificio, de aprendizaje. Era difícil. Estricto. Duro. Teoría, práctica, ensayo, reflexiones y una ciudad que casi hablaba. Pero fue una época maravillosa. Estudié como loca, ensayé duramente y el café se hizo mi aliado. Vi harto teatro, conocí a mucha gente del ambiente. Y exprimí cada experiencia. Fue difícil pero hermoso. Cuando ya me convertí en actriz de teatro, este se convirtió en mi forma de vida.
Vivía de él. Por lo que respiré teatro y solamente teatro, muchos años.
Durante ese tiempo, Grace actuó “de la mano de gente fabulosa”, dirigió grupos de teatro, hizo clases de teatro, dio charlas, dictó talleres, viajó por muchos lugares llevando teatro en cualquiera de sus formas. “Formamos una escuela de teatro profesional con unos amigos, Arnoldo Weber y Pato Ruiz. Luego el proyecto mutó. Nos aliamos con un instituto penquista y pasamos a ser docentes de la carrera de teatro en una casa de estudios universitaria. Luego me llamaron para que co-dirigiera, junto a Cristián Campos y Vasco Moulián, la escuela de teatro de la UDD. Ahí paré de actuar y me involucré de lleno con la educación, administración y gestión teatral. Y nuevamente el teatro me sorprendía. Me mostraba como siempre un mundo exquisito. Fueron cinco años donde aprendí, sufrí, reí, colaboré y viví en plenitud”.
En esa época, ya había estudiado educación diferencial (1995–2000 UDEC), y especializado en psicopedagogía. “Mis mundos se empezaron a fusionar y el teatro apareció como terapia. Hice capacitaciones a empresas, talleres a niños, a profesores vinculados al medio de la educación diferencial, y entré a la docencia universitaria”.
Actualmente, dicto un taller de plástica teatral en el colegio francés y, en forma independiente, uno para adultos apasionados por el teatro. Y, por supuesto, como psicopedagoga atiendo a niños utilizando el teatro como herramienta psicopedagógica. Por ejemplo, en aquellos chiquititos Asperger, con déficit atencional o problemas psicomotrices.
LA MATERNIDAD
¿Cómo logras integrar a tu hija para que participe de tus actividades?
Ella desde la guata estuvo integrada. Supe que estaba embarazada cuando ensayaba Murieta, montaje de Pato Ruiz y textos de Luis Barrales. Faltaba poco para terminar la obra y tuve que abandonar. El médico dijo hasta aquí no más llegan los ensayos de Murieta. Tu edad, tanta acrobacia, tanto ensayo… pueden dificultar el embarazo. Y hasta ahí llegué. Fue triste. Nunca había abandonado nada.
¿Cómo es tu hija Dominga?
Hoy en día, Dominga Moebis Isaacson es mi admiradora, mi asistente y mi compañera de tablas. Desde los cuatro años que me acompaña y hace de asistente en mis talleres, o va a mis clases en la universidad. Es una espectadora crítica de mis montajes universitarios. Va a los ensayos. Ayuda, coopera, se fascina. Solamente me ha visto actuar en el último montaje en el que estuve (2010). Se impresionó y no olvidó. Le encanta ese ambiente. Ando siempre con una nariz de payaso en la cartera. Ella a los tres años decía que su mamá era un payaso y eso evolucionó a actriz.
¿Qué esperas del futuro para ella?
Simplemente que sea feliz. Que elija el camino a la felicidad que ella sueña.
¿Cuál es tu objetivo como sicopedagoga?
Definitivamente, que los niños se reencanten con los estudios y su colegio. ¡Es atroz ver cómo sufren en el colegio! Y bueno, siempre les digo a los papás, cuando atiendo a los niños, que mi labor es que sus hijos sean felices. Ayudarles para que aprendan, comprendan y disfruten, aspectos que los colegios no han podido entregarles. Los niños con necesidades educativas especiales sufren, se estresan, se frustran, se entristecen.
Veo mucha familia estresada con el tema del colegio, sus exigencias y también las oriento. Ayudo a buscar colegio en caso de cambios, gestiono el cambio y acompaño.
“LA GRACE”
¿En qué te ha ayudado el teatro?
Me ha permitido tener licencia para ser “la Grace” e ignorar a todos aquellos que me han tratado de loca, de rara, de diferente. Me ayudó en el colegio a soportar la envidia, a definirme como persona, mujer, hija, docente, amiga y mamá. Es complicado ser coherente. Yo lo he sido acompañada del teatro. Y al sumarlo a la psicopedagogía me dio un plus enorme. Sanar a través del teatro, a los niños, es maravilloso.
¿Hay algún momento que haya significado un antes y un después en tu vida?
Primero el terremoto y días después la muerte de mi papá. Mi visión de la vida cambió. Fueron dos eventos atroces que me hablaron de lo que siempre propagué. Que tenemos una sola vida y hay que vivirla al máximo. En pleno terremoto pensé que con Dominga y su papá nos moriríamos. Que no podríamos salvarla. Que lo vivido iba a ser todo. Y luego, días después, muere mi papá (Tomás Isaacson Varela, dentista y ex hockista profesional). Un hombre aún joven, sano y bueno. La cabeza me daba vueltas, quedé en pausa. Reflexionando. A mis cuarenta y tres años decido qué hacer, qué comer y con quién estoy. Nada de presiones y hacer cosas por compromisos superficiales. Vivo la vida que quiero. Esta vida se vive ahora. No hay otra. Hay que levantarse temprano y jugar con Dominga las veces que quiera. Después dormiré.
“Mi objetivo como sicopedagoga es que los niños se reencanten con los estudios y que sean felices. ¡Es atroz ver cómo sufren en el colegio! Los niños con necesidades educativas especiales se estresan, se frustran, se entristecen”.