Es británica, pero lleva más de veinte años viviendo en Chile. Define su vida como un constante cuestionamiento, dice que nació pensando en un mundo distinto y que, por lo mismo, desde muy joven se acercó a ayudar a enfermos y personas que, a primera vista, podían necesitar ayuda. “Pero me di cuenta de que era mucho más difícil trabajar con los sanos, porque vivimos en un contexto en que creemos que hay que enfermarse y pasarlo mal para buscar ayuda y que alguien nos saque de lo que estamos viviendo. Y soy una convencida de que el formato es otro”.
Convencida de que no es posible que esté establecido que siempre haya gente que lo pase mal, ganadores y perdedores, comenzó desde muy joven a desarrollar un sistema que lograra imponer todos aquellos casos de gente que, condenada a un tipo de vida,logró darle vuelta al destino, todo sobre la base del “entrenamiento mental”. Después de varios años de trabajo decidió estudiar psicología para entregarle base teórica a todo lo aprendido en terreno. Lentamente fue dándole vida a su método de trabajo: el Método Langford.
“La piscología nació en la posguerra, cuando se empezó a gestar esta idea de quién servía y quién no. Partimos seleccionando hombres para ir a la guerra y después seguimos seleccionando niños para el colegio, personas para el trabajo y así… luego la discusión fue si las personas nacían o se hacían y la idea de que los esfuerzos no valían la pena porque no se calificaba desde la cuna. Me di cuenta de que si uno repite habilidades y las entrenas ves resultados sorprendentes. Es cosa de apreciar lo que pasa con los deportistas de alto rendimiento en países que no necesariamente tienen mucho dinero, donde los resultados pasaban por el poder mental, por la sugestión de poder levantar doscientos kilos solo porque crees que estás levantando ochenta; y si eso lo aplicas a una psicología que plantea que estamos llenos de límites, te sugestionas y ves una sociedad repleta de trabas”.
Cuando nacieron mis propios hijos, me pregunté qué tipo de seres humanos quiero formar. Es independiente de lo que ellos vayan a hacer en el futuro, sino que pasa por el sello que tú quieras dejar como padre.
Es que esa es la esencia, lo que yo quiero formar: un mamón o un emprendedor. Una madre sobre protectora crea un hijo mamón (que no es lo mismo que un regalón), ese al que le hacen todo y que termina siendo un adulto que se queja porque todo es malo y que no es capaz de adaptarse a la sociedad. En cambio, un padre guía le da a su hijo un sello emprendedor muy claro: trabajo, esfuerzo y disciplina. Y esas son las personas que andan contentas por la vida.
¿Y eso lo planteaste desde la pura intuición?
Absolutamente. Investigué mucho y me di cuenta de que la esencia del hombre es ser feliz y que necesitamos descubrir que lo que necesitan los niños para ser felices es herramientas, que comprendan que depende de ellos lograr lo que quieren. Si esto se aplica desde que son muy chicos, las eternas discusiones de “haz las tareas” o “lávate los dientes” son innecesarias. Si ellos tienen las riendas de su vida saben lo que tienen que hacer por sí mismos y los padres están pero no están… los niños saben que tienen que lavarse los dientes, el problema es que los adultos no confían en ellos. Y ojo que no estoy hablando de hijos perfectos, sino que de chicos que pueden mirarte a los ojos y decirte lo que les pasa.
¿Cómo se aplica esto en el mundo de los neurólogos, los problemas de aprendizaje y el déficit atencional?
El déficit atencional es uno de mis mayores cuestionamientos… cuándo se trata de un problema neurológico y cuando es “entrenable”… ¿será que el niño no puede o no quiere concentrarse? No me interesa poner en jaque la neurología infantil, pero lo cierto es que nadie me ha podido dar un buen fundamento para creer que estoy equivocada, a lo que se suma las últimas declaraciones que dio Leon Eisenberg, el psiquiatra que describió este síndrome, quien antes de morir reconoció que se trataba de una “enfermedad ficticia”.
¿Por qué entonces tanto diagnóstico?
¡Y qué hacemos en este mundo sin déficit atencional!, si le hemos echado la culpa durante años. Fíjate, por ejemplo, cuando los niños viajan en avión. Yo los he observado muchas veces en el aeropuerto: tres horas antes se portan estupendo, se ponen el cinturón, ven una película fome por varias horas, duermen… jamás he visto un niño saltar por la escotilla, ¿y sabes por qué?, porque allí adentro las reglas son claras, adultos a los cuales no se les puede discutir.
EL MÉTODO
Hace un par de años, Sylvia cerró su consulta. Sintió que los resultados de su trabajo eran positivos y aplicables a grandes números de personas y decidió ponerse a trabajar conjuntamente con organizaciones públicas, colegios, hogares de menores y todos aquellos establecimientos donde pudiera ser un aporte.
¿Cómo llegaste a desarrollar tu método?
Mi trabajo partió desde la idea de eliminar al adulto de la ecuación y me di cuenta de que el trabajo con los niños funcionaba estupendamente bien, mientras estábamos aplicando el método, pero el resto del tiempo volvíamos a lo mismo. Me di cuenta de que los adultos eran básicos y comencé a desarrollar un método para ellos. Para los más chicos desarrollé material audiovisual, para los adultos escribí el libro Vivir en armonía, y su equivalente para los adolescentes: Jóvenes vivir en armonía.
O sea, el foco ya no está en los niños, sino que en sus padres…
No solo en los padres. Los problemas que tiene un niño son consecuencia del adulto que está al frente, papás o profesores. No hay que olvidarse de que los niños están casi ocho horas en el colegio, por eso es tan importante que exista coherencia entre el tipo de persona que queremos formar y el establecimiento que elegimos y debiera haber consecuencia entre los padres y el colegio.
“Existen tres tipos de padres. Los sobreprotectores o asistencialistas, que no confían en sus hijos y les hacen todo: les compran zapatillas con velcro, los visten, les arman la mochila y llevan la agenda de sus pruebas y tareas. Eso, que pareciera un buen padre, crea niños víctimas, sin herramientas para crecer. El otro caso es el adulto amigo o permisivo, el que siempre está negociando. El problema es que cuando son chicos les dan premios, pero cuando ya no se puede dar más empiezan a quitar y a castigar. En la adolescencia ya no les importa que los castiguen y se genera un chico violento. Un niño con pataletas es aquel que tiene un papá amigo. Y el tercer tipo de padre es el tirano o autoritario, que genera hijos sumisos y con miedo… hoy no existen casas y colegios en que los adultos no griten.
¿Existe un ideal?
Mi propuesta es un adulto tranquilo, paciente y claro, que pueda transformarse en una guía… los papás les decimos una cantidad impresionante de tonteras a los niños: que se porten bien, sin explicarles qué significa eso, les pedimos autonomía cuando los niños de hoy no saben preparar una ensalada ni hacer su cama.
¿Cómo funciona el Método Langford?
Lo que hacemos es invitar a los adultos a reflexionar. Con los libros que tenemos planteamos un trabajo de ochenta días. Lo ideal es que los papás vengan a una charla, que es bastante fuerte, y después que trabajen en el libro, que se divide en cuatro partes. La vida requiere método y eso es lo que queremos entregar, una sistematización que cruce todos los sistemas de educación, porque hoy trabajamos con el
SENAME y el colegio de La Dehesa sin ninguna diferencia.
¿Hay edades para esto?
No, para nada. Hemos trabajado con niños desde los dos años y los jóvenes de trece o catorce años son súper fáciles de movilizar, porque están justo en la edad en que descubren que los padres les han mentido, y que en la vida nada es tan fácil. La mejor terapia es tomar conciencia de qué es lo que a cada uno le pasa y, por lo mismo, sirve para todo tipo de familia, porque es para los padres no para los niños: la invitación es a confiar en ellos y entregarles su espacio.