Tell Magazine

Entrevistas

EDICIÓN | Junio 2014

“Veo la poesía en los lugares más insólitos”

Antonio Skármeta, escritor
“Veo la poesía en los lugares más insólitos”

El escritor es un hijo ilustre de Antofagasta, quien cada vez que visita su ciudad de origen es recibido en gloria y majestad. En cada esquina recibe el reconocimiento y cariño de la gente que habita esas calles donde vivió su infancia y parte de su adolescencia. Lugares que pese a los abismantes cambios permanecen emocionalmente intactos en su mente, por lo que no descarta cumplir el sueño de volver a vivir aquí.

por Soledad Meléndez R. / fotografía Andrés Guitiérrez V.

En la esquina de calle Esmeralda con Avenida Argentina, aún existe parte de la casa de sus abuelos, donde se crió. El hogar donde creció Antonio Skármeta queda a pasos de su colegio San Luis, al cual bajaba a pie para escribir la historia de aquel niño que escuchaba radioteatros y discos con declamaciones de poemas, pasatiempos que marcaron su destino como escritor y narrador, que se caracteriza por un sello particular de relato envolvente y poético.

¿Cómo describe este encuentro con su ciudad natal, en el marco de su presentación en la Feria Internacional del Libro Zicosur Antofagasta?
Me sentí muy cómodo, la recepción fue muy familiar, muy cariñosa, había muchísima gente de la que luego recibí palabras muy cordiales. Me sorprendió el creciente interés y cómo el público se compenetraba con la conversación. Fue una experiencia maravillosa, que uno agradece aún más cuando está en su ciudad natal, porque existen recuerdos comunes, los cines de Antofagasta, las playas, la música que oíamos en las distintas generaciones.

¿Cómo ve hoy a su ciudad de origen?
Es extraño, porque cuando uno vive la infancia en una ciudad, ese lugar no desaparece con los cambios físicos y demográficos que ella va teniendo. Esa ciudad se mantiene emocionalmente intacta. En cada esquina, en cada perspectiva del mar hacia los cerros voy identificando recuerdos, emociones y eso me da una sensación enorme de plenitud. Entonces esta gran metrópoli que hay ahora, con los inconvenientes propios que las caracterizan, para mí es un tema secundario. Estoy tan imbuido en re acariciar mis raíces que lo otro no me llama la atención de una manera tan fuerte. Ahora, hay que decir que he estado apenas unos días en Antofagasta, probablemente si viviera acá, como deseo hacerlo, cambie mi percepción y pueda decir algo más sólido.

¿Le gustaría volver a Antofagasta?
Sí, es un sueño un poco utópico, porque la relación que tengo con el paisaje y con la gente es muy fuerte. Hay cosas de mi infancia y mi primera juventud que necesito arrancar literariamente, quizá la presencia física me ayude. Pero es un plan que no tiene fecha.

RECUERDOS

Desde la mirada de Skármeta, la Antofagasta de su época ya era un pueblo “más grande, más fuerte y más potente que aquella a la cual llegaron mis abuelos que venían desde Croacia”. El testimonio que ellos daban es que habían hecho una travesía enorme para terminar en lo que parecía ser un “peladero completo”, enmarcado por la presencia fuerte del desierto y el mar, “no había ni siquiera un lorito verde o un pajarito arriba de un poste para darle un colorido a la ciudad”.

El escritor recuerda: “Fue esa la ciudad donde crecí, entre el desierto y el mar. La única avenida que tenía algo verde, unas palmeritas, era la Avenida Brasil y la Plaza Colón, que la regaban un poco de aire campestre y me gustaba mucho visitar para el ver el pavo real que había, que era muy divertido, me acuerdo que los chiquillos pesados trataban de robarle una pluma”.

¿Qué imágenes guarda en su mente?
Recuerdo oír la música en el kiosco de la plaza, el paseo dominical, que es una época que representa el tránsito de la niñez a la adolescencia. Son momentos que quedan marcados con tanta fuerza, porque es cuando uno crece al arte, a la literatura, ansía el amor, busca su propia identidad, se separa del núcleo familiar y todo eso me pasó aquí en Antofagasta, fue un periodo crucial.

“En mi casa había una vitrola, donde se ponía el disco con una púa, y una colección impresionante de discos y también muchos textos de poesía. Era una época en que había recitadores, una de ellas se llamaba Berta Singerman, quien daba vueltas por América Latina y así como los astros rock llenan el Movistar, ella recitaba poemas en teatros y existían muchos discos de ella. La palabra poética la oí hablada y eso me marcó mucho, para mí la literatura tuvo un carácter oral de ritmo y rimas”.

¿También lo marcó escuchar los recordados radioteatros?
La radio era el otro vehículo cultural. Mi abuelita era adicta a oírlos y a veces, cuando ella tejía, me sentaba a su lado, le sostenía la lana y escuchábamos las historias; había algunas que eran patéticas, muy dramáticas. Me acostumbré también a escuchar historias fantásticas con ella, pero a veces los relatos de mi abuela eran más fantásticos que los de la radio.

LENGUAJE

El autor de obras como Un padre de película y Los días del arcoiris, es un acérrimo defensor de la riqueza del lenguaje, que a su juicio, hasta en su expresión más cotidiana, puede tener elementos poéticos de forma espontánea, los que cargan una equilibrada cuota de humor.

¿Cree que la riqueza de la palabra está más cerca de lo que uno piensa?
Es parte de la idiosincrasia de todos los pueblos, la creación espontánea de poesía al comparar con ingenio cosas que tienen distintos significados, que es la metáfora; es propia del lenguaje coloquial, hay mucha imaginación y muchas expresiones. Por ejemplo, la expresión para referirse a una persona tacaña “tiene pirañas en el bolsillo”, es una muestra de ingenio, de cómo se puede trabajar con imágenes para hacer la comunicación más expresiva, más seductora y más risueña.

¿Esta es una característica de los chilenos?
En todos los lenguajes populares de todos los pueblos existe, lo que pasa es que en los chilenos ha derivado de una forma más popular con una forma de lenguaje florido e ingenioso, que es la técnica de lo que se llama “echar la talla”. Muchas veces, algunos piropos que dirigen a mujeres, especialmente en La Vega en Santiago, revelan una utilización pragmática de algunos elementos poéticos que se mezclan con el humor.

¿Y qué rol juega el humor dentro de la expresión y la literatura?
El humor siempre está presente en la literatura chilena en una proporción muy equilibrada, muy justa, muy dramatúrgicamente apropiada con la tristeza o el drama. Esto lo formuló muy bien, por ejemplo, Violeta Parra cuando dice que su canto está hecho de “dicha y quebranto”. Fue una formulación muy buena y una canción muy emblemática como Gracias a la vida, que da cuenta de eso, que es una celebración casi agónica a la belleza de alguien que está profundamente herida y hace esa obra magistral. También está en la poesía de Nicanor Parra y de Pablo Neruda. No es el humor por el humor, sino que es la cara más comunicativa de sentimientos más complejos.

ATMÓSFERA

Su prolífera bibliografía está compuesta por novelas y libros de cuentos que han sido publicados en más de treinta idiomas. Además parte de su obra ha sido llevada exitosamente al cine y la ópera, como Ardiente paciencia (El cartero de Neruda). Como si esto fuera poco, hoy incursiona en la música a través de la composición de temas que han sido interpretados por músicos brasileños como Toquinho y Roberto Menescal.

¿Cómo trabaja la creación de las atmósferas en su narración?
La creación de una atmósfera, para que fluya el relato interesando al lector, es acaso el logro más alto de la literatura. La atmósfera es indefinible, una suma de factores no racionales que hacen sentir al lector la densidad y aroma de una historia antes que comience a “entenderla”. Para eso hay que tramar hábilmente imágenes.

En sus últimas novelas Un padre de película y Los días del arcoíris, pese a que los temas son diferentes, ambas abordan fuertemente la temática de la paternidad y hay personajes que son profesores. ¿Qué lo inspiró a construir estas historias?
Los profesores y los padres son los grandes interlocutores de nuestras vidas. Nos entregan amor y hasta sacrificio y, a pesar de eso, muchas veces deseamos dramáticamente librarnos de su influencia. “Ah, pobre padre mío”, dice René Guy Caddou, “¿sabrás cuánto amor has puesto en mí y cómo a través de ti amo todas las cosas de la tierra?”. En Los días del arcoiris es muy fuerte la alianza emocional entre los maestros y maestras y sus discípulos y alumnas, pues todos fueron duramente reprimidos por la dictadura.

En Un padre de película, muestra episodios comunes de la vida, como un joven que va a perder su castidad a un burdel, pero en medio de un diálogo que muestra la complejidad humana. ¿Cómo logra profundizar en los personajes?
Se da por intención visible del autor de romper con los lugares comunes que hay en el retrato de toda la gente, lo que hace el escritor es apartarse del lugar común en que toda la gente está encajonada y encasillada. Es decir, una prostituta de provincia también fue a la escuela primaria y alguna vez vio un globo terráqueo y soñó con viajar a otros países, no por su trabajo no tiene intimidad, deseos, sueños o vocabulario. Para el escritor vulgar, patético, una prostituta es solo una prostituta y no le da voz, se compadece de ella o la trata como una lacra social, esa no es una actitud del escritor. Yo veo la poesía en mucha gente y en los lugares más insólitos.

 

“Los profesores y los padres son los grandes interlocutores de nuestras vidas. Nos entregan amor y hasta sacrificio y, a pesar de eso, muchas veces deseamos dramáticamente librarnos de su influencia ”.

Otras Entrevistas

» Ver todas las entrevistas