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EDICIÓN | Junio 2014

Valle y Desierto

Quillagua
Valle y Desierto

En base a sus potenciales culturales y naturales, esta comuna se proyecta hacia el turismo de intereses especiales, con sitios arqueológicos, históricos y propios de su Identidad, hacia nuevos y promisorios horizontes.

texto y fotogafía Juan Vásquez Trigo

“Luna que asombra” (del quechua Killa = luna y Wa = exclamación de sorpresa), es una de las interpretaciones del nombre de Quillagua, punto de encuentro de los primeros habitantes del norte chileno. Caminantes, viajeros y caravaneros se reunían entrecruzando lenguas y dialectos, etnias y pueblos al punto que para definir su topónimo se encuentran respuestas en al menos tres idiomas, aunque los lugareños se identifican con una voz aymará que se interpretaría como “Luna en el Agua”, sumándose también la voz atacameña, kunza, que haría alusión a sus tierras blancas.

Son muchos los caminos que surcan sus cerros y laderas y que dan cuenta de este “crucero” estratégico en las rutas prehispanas, donde los antiguos caminantes pasaban con sus llamas cargadas de papa, quínoa, pulolos, fibra y charqui y volvían con pescado, mariscos y productos del valle, donde se realizaban “ferias” de trueque, como las describía el investigador tocopillano Luis Vergara Flores a comienzos del siglo XX. Unas décadas más tarde, Ricardo Latcham señalaba que “Era un pueblo de agricultores, que también se dedicaban a la caza y a la pesca secundariamente. Tenían tropa de llamas y eran probablemente comerciantes ambulantes entre la costa y el interior”.

QUILLAGUA HOY

Quillagua ha vivido momentos difíciles y sí que lo han sido. El cierre de las oficinas salitreras en los años treinta y cincuenta, la construcción de grandes embalses, como el de Conchi, que limitó el caudal del río, o cuando el ferrocarril dejó de circular y su estación, puentes y vías quedaron condenados al óxido y el abandono.

El desvío, inútil, de la Carretera Panamericana (Ruta 5 Norte), es letal, y sigue sumando porque la gambusia, un pez que controlaría mosquitos, diezma camarones y pejerreyes. Qué más podía venir.... Lo más fuerte y terrible faltaba: los aluviones que transportaron materiales químicos de relaves mineros del cobre, contaminando aguas y suelos.

Los quillagüeños saben que no se pueden quedar en esas fases oscuras y hoy luchan por un mejor futuro. La luz de Quillagua que es aquella que proyecta San Miguel, el Patrono del Pueblo y el sol imperante, son demasiado intensas e instan a continuar avanzando, a rehacer la visión del oasis, rodeado de tantos atractivos histórico – culturales y naturales, que les suponen en el turismo una de las vías que pueden cambiar ese sino.

Los proyectos se han incrementado: la construcción de un embalse que les permitirá disponer de agua para los cultivos, un centro hidropónico de avanzada tecnología, la pronta instalación de señalética turística de primer nivel, todo esto apoyado por SQM con y para la comunidad, mientras profesionales rescatan el patrimonio arqueológico y antropológico generando las condiciones para que el panorama pueda cambiar.

Los quillagüeños quieren reencontrarse con sus legados ancestrales e históricos, en sus escenarios de valle y desierto, de usos y tradiciones.

RECORRIENDO

Recorramos primero el poblado, al cual se accede por su calle principal, Comercio, donde hacia 1959-60 se construyó por emprendimiento del seminarista, Bernardo Tolosa y la comunidad, la Gruta de Lourdes.

La avenida flanqueada por gigantescos algarrobos dispone de casonas de comienzos de siglo XX, donde estaban los hoteles y restaurantes, de nombres tan anecdóticos como el “Muere Callado”, el “Liberty” o el Hotel - Restaurante “Condorito”, siguiendo con el “Oasis”, sitio dilecto para guitarrear y bailar, o la taberna de don Juan Loayza, donde se conversaban los fines de jornada o se descansaba del danzar a San Miguel y la Virgen del Rosario. El lugar mantiene su mobiliario en que destaca el mármol y elegancia de su mesa de billar, junto a tantos objetos de época.

Tanto el kiosco de la plaza como el cuartel de la Compañía de Bomberos, provienen de una hermosa e importante ex oficina salitrera, de “Rica Aventura”, constituyéndose en un lujo de Quillagua, con sus maderas de pino oregón y sus particulares diseños. En muchas de sus esquinas se quedó a conversar el tiempo, por sus pasajes y casas de calamina, en la Calle del Ferrocarril, por donde pasaba el Longino y su convoy de sueños y cargas desde y hacia el norte.

La Iglesia, de línea modernista, guarda las imágenes de San Miguel y la Virgen del Rosario, transformándose en el eje de las festividades de cada 29 y 30 de septiembre, que se celebran con alegría y fervor, con todas las generaciones de quillagüeños venidos desde casi todo el país.

Siguiendo, al final de la calle Comercio, está el Museo Antropológico, que clama por su remodelación y cuyas llaves son guardadas por doña Felisa Albornoz. Finalmente, “a la vuelta de la plaza”, la casa transformada en museo de don Juan Iglesias, que con cariño sin igual ha recolectado artefactos y piezas del valle y del Cantón del Toco.

En el pueblo, hoy existe un centro de información turística y patrimonial, actualizado y reestructurado con el apoyo de Fundación Atacama y un grupo de comprometidos colaboradores. Allí podemos aprender de la historia y patrimonio del lugar, en especial las momias con sus ajuares y artefactos, por el respeto que se debe tener a estos antiguos pobladores del valle, los “Gentiles”, muchos de los cuales han hallado la paz en la Bóveda Ancestral, donde desde el 2011 se honran y preservan sus restos, al mismo tiempo que se inauguraba la sede de la Comunidad Aymara de Quillagua.

En el valle se encuentran algunas antiguas enfardadoras. La que fue de Emilio Dassori es la mejor conservada, aunque también están la de don Florentino Ayavire, de los Palape, Hoyos, Olcay, Gómez y Muñoz, que nos recuerdan que este lugar fue un importante centro productivo en que se lograban hasta siete cortes de alfalfa al año, que se comercializaban por todo el norte e incluso se despachaban a otras regiones.

Del pueblo al este, sobre un aterrazamiento, está el cementerio, que guarda el descanso de muchos quillagüeños y que se transforma en sitio histórico por su particular estilo que mezcla elementos del valle y la pampa. El camino que se prolonga hacia el oriente lleva hasta el Valle de los Meteoritos, espectaculares colinas formadas por la permeabilidad y hundimiento de bloques de caliza, lo que atrae a visitantes de todo el mundo.

Siguiendo en dirección sur, por el valle, se llega a la Estación, donde cada llegada del Longino era una fiesta. Los vecinos vendían humitas, pastel de choclo, botellitas de té, camarones preparados y para llevar. También se recibían los “encargos” de remedios, revistas o lo que se necesitase, efectuado a los agentes viajeros, como “Moyita” y López, entre los más recordados. Otros cientos de metros más y se llega al puente La Máquina, de acero con vigas remachadas sobre el río, un lujo para los fanáticos de la historia y arqueología ferroviaria.

En el sector denominado La Parte se encuentran sitios relevantes desde tiempos prehispanos. Fue allí donde las etnias atacameños y tarapaqueñas, luego de enfrentamientos y desencuentros, decidieron fijar el linde de sus cotas de recolección en un algarrobo, quizá el mismo que luego, en tiempos de la Colonia será establecido como límite entre los corregimientos de Arica (luego de Tarapacá), y el Corregimiento de Atacama. En una historia que se continúa en los albores de las repúblicas, cuando allí se fija la frontera peruano – boliviana en el “Árbol de la Raya”.

CÓDIGOS MILENARIOS

Siempre en dirección sur y a nueve kilómetros de distancia por la carretera, se llega al Parque Arqueológico de Calartoco e inmediatamente en las laderas de los cerros al oeste, los Geoglifos de La Encañada. Unos y otros contienen figuras antropomorfas, zoomorfas y geométricas, donde se mezclan los estilos tarapaqueños y atacameños y que datan de entre el 600 al 1450 d.C. Unos kilómetros más y se llega a los Geoglifos de La Encañada Sur, de similares características aunque más concentrados y fáciles de apreciar en un lomaje señalizado. Más lejanos, cerca de Calama se encuentra un tercer sector, que perfectamente puede ser parte de los circuitos a San Pedro de Atacama: los Geoglifos de Chug Chug, con más de trescientas cincuenta espectaculares figuras que lo transforman en uno de los principales sitios de geoglifos del país y del mundo.

Y eso no es todo, ya que faltará todavía en este itinerario, recorrer el Cantón del Toco, con sus decenas de salitreras, con sus tranques, como el “Sloman” y el “Santa Fe”, con sus ferrocarriles, en lo que será otro capítulo de este turismo y viaje que asombrará y sorprenderá los sentidos, redescubriendo el valle quillagüeño y su entorno.

 

Los proyectos se han incrementado: un centro hidropónico de avanzada tecnología, la construcción de un embalse que les permitirá disponer de agua para los cultivos, y la pronta instalación de señalética turística de primer nivel.

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