Cree que su afición por el trabajo plástico es una herencia de su abuela paterna, María de la Cruz, nacida en la oficina salitrera Gloria y que falleció a los treinta y seis años en Iquique, presuntamente por tuberculosis. En su familia hacían figuras de yeso y restauraban los íconos religiosos de las iglesias de la primera región.
“A ella, por varios años, le acompañó el dolor de tener que dejar a su único hijo por una muerte anunciada. En su afán materno de dejarle momentos felices a mi padre, llenaba los días con creatividad”, relata Anita.
¿Cómo llegaste a radicarte en Alemania?
Vivo en Heidelberg, una ciudad dominada por su imponente castillo. Lllegué por razones laborales de mi marido, un ingeniero alemán, a quien conocí en Antofagasta y nuestra vida como matrimonio se proyectaba en el norte de Chile. Lo curioso es que algunos años antes de conocerlo a él yo ya había estado de visita en esta ciudad y recuerdo muy bien que parecía un cuento, pero los cuentos pueden transformarse en letargos grises si no se tienen proyectos. El desafío fue estudiar de nuevo: ingresar a la Universidad de Heidelberg, la más antigua de Alemania.
¿Cómo fue el proceso de adaptación?
Aún no concluye. En Alemania he tenido momentos de enorme felicidad, oportunidades que me he ganado con constancia y apego a mis sueños, sin embargo aquí la sociedad es distinta a la nuestra. Extraño mucho la risa, la calidez, el chiste chileno y la espontaneidad. Aquí las relaciones humanas son como una conquista. Eso me ha hecho valorar mucho el significado de tener personas alrededor, de acoger, de sonreír.
¿Y en qué momento decidiste darle un espacio a la escultura?
En mi caso no hubo una decisión de por medio. Apareció tímidamente como una forma instintiva de buscar la calidez durante las oscuras y frías horas de mi primer invierno en Alemania, plasmándose en mis mujeres redondas. Yo soy mucho de tocar y aventurar mis manos en el material y darle forma.
CREATIVA
En clases de artes plásticas en el Instituto Santa María tuvo que representar en greda la figura humana. “Tenía doce años y a esa edad quise impresionar a la profesora y a mis compañeras modelando una mujer muy voluptuosa en una pose lasciva. Al contrario, las monjas reaccionaron encantadas, se reían y me la celebraban. Eso marcó el inicio de mis mujeres redondas”, recuerda.
¿De qué forma fluyó tu línea creativa?
Nació con mis damitas voluptuosas y luego, la atmósfera de cuentos de Heidelberg me llevó a modelar princesas delgadas, algo adustas y misteriosas. Ahora me he volcado a la figura masculina, a la expresión del hombre en su dramatismo. Hay desdicha en mis retratos masculinos, no es el hombre omnipotente, sino que el hombre en su debilidad, en contraste con la fuerza atribuible a lo masculino. Alguien me preguntó: “¿a través de tus hombres tristes muestras tu lado oscuro?”. ¿Y quién no lo tiene?, digo yo.
CHILE LINDO
¿Cómo has logrado mantener los vínculos con Chile?
En mi trabajo figurativo, en primer término, a través del nombre que le doy a mis mujeres de barro “damitas”. El uso del diminutivo es un rasgo lingüístico muy nuestro, donde hay parte de mi identidad que traspaso a mis damitas y también a mis princesas. Todas ellas son mujeres alemanas con alma chilena. También trato de viajar anualmente a Antofagasta donde tengo la enorme felicidad de ver a mi familia, amigas del colegio, amigos de la universidad y exalumnos, que ya se han convertido en amigos entrañables.
¿Has logrado mostrar tu trabajo?
Sí, he realizado muestras individuales. He expuesto en la Universidad de Heidelberg, que fue un gran impulso para mis muestras posteriores en el casco viejo, y a fines del año pasado en el Museo de la Silla de Heidelberg. Fue muy emocionante cuando vi en el diario anunciada mi exposición con una foto en grande de una obra que es un autorretrato. En ese momento sentí que esa actividad, que había nacido sin pretensiones dentro de las paredes de mi casa, se mostraba a toda la ciudad. Me sentí como la protagonista de un cuento. Este cuento del que aún trato de escribir capítulos.
¿Proyectos a corto y largo plazo?
De momento, estoy desarrollando una nueva línea temática que son mis cabezas masculinas. Quiero avanzar más con eso para exponerlas más adelante, es un trabajo que se enmarca más en la escultura como disciplina propiamente tal. Para aprender más en ese sentido es que hago cursos de escultura en la Academia de Artes Europea de Trier. Cuando el tiempo me lo permite, me traslado algunos días a esa ciudad y tengo la oportunidad no solo de aprender, sino que de interactuar con otros artistas.
¿Cómo ves la realidad de los artistas en ambos continentes?
En Chile, que es la realidad que más conozco, se ven artistas de una calidad sorprendente. Para qué decir en México. En general, me gusta la meticulosidad y el detalle con que trabajan los latinoamericanos. Sin embargo, los espacios disponibles son escasos y solo se celebra a los grandes artistas. Aquí en Europa hay lugar para todos, no se inhibe al arte. El que siente que quiere ser artista lo puede ser, no es algo de elite.