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EDICIÓN | Noviembre 2011

El tíbet de Sudamérica

Recorriendo el Altiplano

A tan sólo 250 kilómetros de Iquique hacia la cordillera de los Andes, se ubica uno de los destinos turísticos más solicitados por aquellos viajeros que buscan el máximo contacto con la cultura local autóctona y la naturaleza que la rodea. Un lugar donde cerros y volcanes se contemplan frente a frente y el aire es tan puro que a algunos marea y a otros, los revitaliza. Es el Altiplano chileno, llamado por miles de turistas que ya recorrieron el mundo, el Tíbet de Sudamérica.

Por: Marcela Piddo M. / Fotos: Rodrigo Ponce V.

El Altiplano de la región de Tarapacá es parte de lo que se ha considerado el desierto vertical: único punto en el mundo que puede ser visitado en un solo día y donde se puede ser testigo de tres tipos de climas y más de seis tipos de geografía, según la altura que se vaya alcanzando. <br /> <br /> De hecho, en el verano, es posible comenzar con sol en Iquique y terminar con lluvia o nieve a los cuatro mil metros de altura de Colchane, último pueblo antes de cruzar al Salar de Uyuni en Bolivia y que marca el siguiente rumbo. Hacia el norte está Putre y sus Parques Nacionales; en el sur, está San Pedro, por la ruta Transaltiplánica de Integración.<br /> <br /> Nosotros optamos esta vez por el camino que nos llevará al Parque Nacional Volcán Isluga, que alberga, dentro de otros, al pueblito votivo de Isluga, lugar con cientos de casitas de adobe y techo de paja que cobra vida para la festividad religiosa que se realiza en febrero. El resto del año, vacío. <br /> <br /> Luego de admirar la hermosa iglesia precolombina, continuamos por Enquelga hacia el Salar de Surire. En Enquelga, si bien encontramos sólo una treintena de casas, es posible conocer a familias aymaras que aún mantienen una tradición ancestral: del ganado de alpacas y llamas, obtienen su carne y su lana. Con esta última, tejen sacos para meter ahí las papas que luego consumen o venden en Iquique y alrededores. <br /> <br /> Aquí es común ver a las mujeres, sólo con ojotas, sentadas en el suelo con los telares hechos por sus maridos, quienes también trabajan hilando la lana. Una tradición milenaria que luego se convierte en lana vendida por kilo o en chales, ponchos y otras prendas, todas hechas a mano y de una belleza particular y única.<br /> <br /> Seguimos y ahora vamos bordeando el bofedal de Aravilla y sus casitas abandonadas hasta llegar al Salar de Surire, donde alojamos en el Refugio de CONAF, habilitado con dos camarotes para cuatro personas, baño con agua caliente, cocina equipada y chimenea, que se agradecen mucho luego de doscientos kilómetros de paisajes maravillosos, pero camino duro. La ruta exige buena amortiguación del transporte. Así y todo, hay turistas -sobre todo europeos- que lo recorren en bicicleta.<br /> <br /> Aquí el agua hierve a menos grados y la forma de cocinar varía un poco. El lugar está sobre una planicie que permite tener una vista fantástica de este antiguo lago, hoy seco, pero convertido en el hogar de cientos de flamencos que hacen lo posible por subsistir, a pesar de la polvareda que levantan los camiones de las faenas mineras inmediatas.<br /> <br /> A pocos minutos, una parada imperdible para los que no quieren perder la ocasión de bañarse en las termas de Polloquere para luego dormir como bebé con un Tapsin noche para asegurar que el descenso del oxígeno no afecte el descanso reparador. <br /> <br /> A las seis de la mañana ya estamos en pie para continuar hacia el lago Chungará, ubicado en el Parque Nacional Lauca. El camino mejora considerablemente y los pueblos aparecen más seguido, pero igual de abandonados. Guallatire, con su volcán activo del mismo nombre, nos invita a detenernos para conocer otra hermosa iglesia altiplánica, de piedra y paja, con una torre que hace alusión a la masculinidad y la iglesia a la femineidad, conceptos distintos a los que tenemos en la ciudad, que amplían nuestra mirada hacia la filosofía de pueblos ancestrales.<br /> <br /> Tenemos un día espléndido al llegar al lago, con su imponente volcán Parinacota. Este es uno de los destinos preferidos de los viajeros que gustan de conocer las aves locales, puesto que aquí se concentra un tercio de las especies autóctonas chilenas.  <br /> <br /> Comenzamos a descender a Arica, no sin antes entrar al pueblito de Parinacota, para conocer la mesa ubicada dentro de la iglesia del mismo nombre. Dicen que en la noche cobra vida y que antiguamente indicaba quién sería el próximo del pueblo en morir, ubicándose fuera de su casa. Por eso ahora los lugareños la mantienen amarrada. Aunque parezcan historias de viejas, debo decir que constaté, con mis propios ojos, cómo tiene evidentes marcas, en una de sus patas, de que trató de zafarse...<br /> <br /> Luego de dormir en Putre para descansar, bajamos a Arica, conociendo los cactus candelabro, que pueden llegar a medir más de seis metros de altura. Imperdible es disfrutar de un rico pastel de choclo en el Restorán 38 ½, que indica los kilómetros que faltan antes de llegar a la ciudad.<br /> <br /> Con el cuerpo cansado, pero el espíritu pleno, volvemos a la rutina de la ciudad, aunque aquí en el norte, las cosas marchan a otro ritmo. El ritmo mágico de un entorno que hipnotiza.

 

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