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EDICIÓN | Junio 2014

Las luces del Crillón

por Montserrat Salvat, coordinadora Escuela Pedagogía de Educación Media en Historia y Geografía, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián
Las luces del Crillón
Lugar de “buen tono” para la entretención de la élite, el Hotel Crillón fue escenario de vanidades, lujos y amores pasionales. Allí se entretejía el pelambre acompañado del vermouth y de los ritmos de moda. Si bien sus instalaciones se mantienen en pie, hoy son ocupadas por fotos publicitarias, ropa de temporada y juguetes tecnológicos que publicita una multitienda.
Para nosotros vive en el recuerdo de nuestros adultos setentones y a través de la novela de Joaquín Edwards Bello (1887–1968), La chica del Crillón, que fue publicada en 1935 y luego adaptada al cine en 1941. “Anoche fui al Crillón a las ocho. Entremedio de nosotras, las viejas (aquí les decimos viejas desde los veinticinco) y algunas viudas que han puesto knock out a varios maridos, y cuyos corazones son plantas admirables que florecen todas las semanas”. Palabras textuales de Teresa Iturrigorriaga, modelada con un dejo de desaprobación, aunque con cariño por el escritor.
 
La heroína de la novela proviene de una familia con apellido vinoso, lo único de aristocrático que le queda, porque ha caído en vergonzante condición de pobreza. Vive en la periferia del Santiago elegante, su vecina es cartonera; pide fiado, hace diligencias, recicla vestidos, empeña fina vajilla; así se las arregla para sobrevivir con un padre enfermo y su criada. Ese mundo de malabares y penurias domésticas cesa cada atardecer, cuando entra en el refugio del buen gusto y la elegancia; entre las luces, pelambres y alegría etílica del Crillón.
 
“Ojos terriblemente grandes y brillantes nos miran guardando lejanos rencores o deudas misteriosas, que nos harán pagar cruelmente; políticos que han desertado de sus partidos: gordos, ricos y cínicos; las lindas hijas de un funcionario chino…. yanquis felices de poder tomar toda clase de tragos… nuevos ricos de turbia mirada… las damas encopetadas los llaman para pedirles datos seguros de Bolsa, y luego bailan con ellos, apoyando sus mejillas en sus hombros de cargadores”.
 
El Crillón existe en la realidad. Es un edificio que se ubica en la esquina de Agustinas con Ahumada, construido en la segunda década del siglo pasado. Era la residencia de una familia santiaguina, pero después se acondicionó para las habitaciones y salones del hotel.
 
La relación entre la literatura y el recinto se vio nutrida con dos escandalosos episodios de amores tortuosos, con amargo final. En 1941, María Luisa Bombal apuntó un arma de fuego contra Eulogio Sánchez, con quien se había comprometido ocho años antes, un matrimonio que finalmente no se concretó. Sánchez fue herido en el brazo y pese a la agresión, retiró los cargos en contra de la autora de La amortajada.
 
También escritora, María Carolina Geel, seudónimo de Georgina Silva Jiménez, en abril de 1955 disparó a su joven amante, provocándole la muerte. Recibió una pena de cárcel de tres años, de los que cumplió la mitad, gracias a la intervención de su notabilísima amiga, Gabriela Mistral, quien solicitó personalmente el indulto ante el Presidente Carlos Ibáñez del Campo. De esa experiencia, salió la obra Cárcel de mujeres.
 
Dos luces siderales de la época de oro en Hollywood se hospedaron allí en su paso por Chile: Gary Cooper y Clark Gable. El guapísimo Rhett Butler de Lo que el viento se llevó alojó, en 1935, cuando vino a inaugurar las obras del Teatro Metro. Las chiquillas enfervorecidas, ayer igual que hoy, no lo dejaron en paz.
 
De sus amplios y modernos salones, comida internacional y atento servicio queda solo el esqueleto. En efecto, luego de décadas menos brillantes, la fachada fue rescatada por una multitienda y algo se puede apreciar entre sus pasillos y escaleras mecánicas. Signo de los tiempos: el centro comercial reina en el ejercicio social de ver y dejarse ver, tal como en algún minuto lo hicieron salones de té, cafés y restaurantes.
 

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