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EDICIÓN | Junio 2014

Sobrecogedora calidez

Villaseca y Chapilca, Valle de Elqui
El Valle de Elqui no deja de sorprendernos. Internarse por sus caminos, desde la ruta 41, es una invitación a descubrir la magia de sus pequeños y antiguos pueblos. A conocer cómo, desde estas generosas tierras y gracias a la organización y emprendimiento de hombres y mujeres, surgen al calor y la tradición de manos campesinas que se niegan a perecer: la cocina en hornos solares de Villaseca y el arte majestuoso de las tejedoras de Chapilca.

por Carolina Farías O. / fotografía Patricio Salfate T.

A seis kilómetros de Vicuña, siguiendo por la ruta 41, antes de llegar al pueblo de Peralillo, se encuentra Villaseca. Esta localidad fue elegida por el INTA, hacia fines de los años ochenta, para desarrollar el proyecto de cocinas solares por mujeres de zonas rurales. Es que este sector, el más ancho del Valle, dispone de extensas horas de luminosidad y de un calor privilegiado.
 
Desde entonces, diversas familias de Villaseca aprendieron a incorporar en sus hogares el uso de esta tecnología. Asimismo, gracias a su organización y al apoyo de variados profesionales, dieron vida a la Asociación Gremial de Artesanas Solares de Villaseca, quienes, en octubre próximo, cumplirán catorce años de funcionamiento, y a su vez, se convirtieron en administradores del reconocido restaurante Delicias del Sol.
 
A escasas cuadras de Delicias del Sol, se encuentra Donde Martita, administrado por una de las familias que se independizaron de la asociación, y ambos gozan, junto a otras dos experiencias similares, de ser los cuatro restaurantes de comida preparada con cocción solar en el país. Los otros se encuentran en Andacollo y San Pedro de Atacama.
 
A FUEGO LENTO
 
Para quien viaje desde la ciudad hacia el pueblo de Villaseca, puede ser realmente sorprendente sentir la experiencia del calor que se concentra en torno a las cocinas y hornos solares. Más aún si se deja llevar por los sabores de esta especial gastronomía.
 
El efecto del sol es poderoso, tanto en las cocinas como en los hornos. Las primeras son estructuras con forma de parabólicas cubiertas con pequeños espejos que concentran la energía en un punto. Es allí donde, en cosa de segundos, se puede encender un papel o hacer que en pocos minutos hierva el agua de una tetera. Dependiendo de la estación del año y la cantidad de radiación solar, varía un poco la temperatura que puede alcanzar, obteniéndose una máxima de ciento ochenta grados celsius en verano.
 
Un efecto similar ocurre en los hornos, que conservan el calor en su interior, pese a la caída del sol. Lo importante, en ambos casos, es que estas estructuras sigan el recorrido del sol durante el día, es decir, quienes cocinen en ellas deben moverlas para que reciban la mayor cantidad de energía directa sobre lo que se está cocinando. Señalan, además, los entendidos, que al ser una cocción a fuego lento, los alimentos conservan gran parte de sus virtudes nutricionales.
 
Juan Ibacache, administrador del restaurante Delicias del Sol, explica que cada plato tiene una cocción especial y que, en algunos casos, es muy similar a la cocina tradicional a gas. “Esta tecnología vaporiza mucho más que las otras cocciones, es por eso que el pan que nosotros hacemos, al quedar más seco, tiene mayor duración en el tiempo. En cambio, la leche asada demora cerca de cinco horas. El cabrito, especialidad de la casa, tarda cerca de cuatro horas en estar listo”, señala Ibacache, y agrega que antes de las nueve de la mañana el cabrito debe entrar al horno, para ofrecerlo a sus clientes pasado el mediodía.
 
Para hablar con propiedad, disfrutamos del plato estrella “cabrito con arroz”, cocinado gentilmente por los rayos del sol. Definitivamente, ¡una delicia para el paladar! Más aún si es acompañado por el imperdible mote con huesillo y jugo natural de papayas. Tras una amena y agradable conversación, dejamos Villaseca y continuamos nuestro recorrido para encontrar otro atractivo, esta vez, el arte ancestral de las tejedoras de Chapilca.
 
HERENCIA FAMILIAR
 
Tomamos rumbo, nuevamente, hacia la ruta 41, en dirección al este. Bordeamos los pueblos de Peralillo y Diaguitas, y continuamos sin detención por el cruce a Paihuano y el pueblo de Varillar. Pasado el kilómetro 85, en el pueblo de Las Mercedes se observa cómo el valle se va enangostando y los cerros anaranjados hacen contraste con las parras y cañaverales que surgen al costado del río. A pocos kilómetros, luego de Totoralillo, llegamos a nuestro destino final. Un gran letrero nos anuncia que estamos en Chapilca.
 
Este nombre se ha hecho conocido por sus mujeres. Son ellas quienes a través de un arte familiar y transmitido de generación en generación, se han hecho acreedoras de un valioso aporte a la cultura de esta región. La lana, los telares y el tejido artesanal han sido, durante siglos, una práctica cotidiana, para abuelas, madres e hijas de Chapilca.
 
Actualmente, son treinta las mujeres que conforman la Agrupación Artesanas Tejedoras de Chapilca. Cuentan, hace algunos años, con un centro artesanal, para exponer sus productos elaborados con antiguos telares a pedal. Es que la tradición textil de este pueblo y de sus tejedoras, se estima en doscientos años y con una herencia de conocimientos que se atribuye a los pueblos indígenas que habitaron en la zona.
 
La técnica de tejido de estas artistas del telar posee características únicas en nuestra región, sin embargo, durante este verano no pudieron abrir su centro porque la producción fue escasa. Es el lamentable relato de la líder de esta agrupación, Francisca Castillo, quien, además, es la séptima generación de su familia que trabaja en los telares.
 
Reconoce que, hoy, no es un trabajo que les permita vivir, pues la dura labor, que requiere la fabricación artesanal, no ha sido valorada por los habitantes de la zona y afirma que gran parte de la producción es adquirida por Artesanías Chile o por particulares que valoran el arte handmade. Actualmente, muchas de ellas trabajan principalmente a pedido.
 
COLORES DEL MONTE
 
Francisca nos recibe en su casa y nos enseña a utilizar el huso con el que hila el vellón de lana de oveja. No es un trabajo fácil, ni rápido, tampoco puede extenderse por largo tiempo, ya que las manos se exponen a mucho roce. La dificultad no solo está en esta etapa del proceso, Francisca lava la lana, minuciosamente, en un pequeño canal de agua que cruza por los terrenos de su campo; luego, debe colgarla para secarla y, más tarde, dar paso al teñido natural.
 
Cada pieza elaborada por las tejedoras de Chapilca es única, porque entre cada teñido, nunca se obtienen los mismos tonos, aunque se realice con el mismo tipo de plantas, hojas o raíces. El color natural de sus tejidos, también, es un mundo por descubrir. A diferencia de las anilinas, aquí las tonalidades son más suaves y sutiles.
 
Francisca va mostrando, en sus telares, los distintos colores que se obtienen de las diversas plantas o montes que utiliza. “El mostaza se obtiene con la hoja amarilla de la cebolla; los tonos cafés con la cáscara verde de la nuez; los tonos rosados con la raíz del sauce; el amarillo se logra con el dasdá (planta que crece en los parrones y da una flor amarilla) y la corteza del árbol de membrillo y, los tonos morados con la raíz del pacul”.
 
Para interiorizarnos en esta técnica, acompañamos a Francisca a recorrer el campo para que nos muestre cuáles son los montes mágicos que utiliza para lograr el colorido de sus piezas. Lo primero que nos indica es la savia del algarrobo… parece derretirse por la corteza y aunque está solidificada, ella la extrae para conseguir un color café oscuro en la lana.
 
“Mire, esta es la “brea”, una plantita que se usa para disolver los cálculos a la vesícula y que, además, tiñe bien verde”, afirma Francisca, y acto seguido, nos enseña otra planta que contiene saponinas, lo que permite dar espuma y dejar la lana muy blanca.
 
Caminamos en dirección al cerro, donde encontramos romero de tierra, distinto al que se usa como condimento. Aromático y de sabor cítrico, este arbusto da unas pequeñas bolitas blancas parecidas al algodón. Con el romero, es que se consigue el color amarillo y el verde musgo…
 
Dejamos a Francisca y nos despedimos de su pequeño mundo, entre vellones, lanas, plantas, telares y colores. Ha sido, sin duda, un recorrido por las tradiciones con el valor patrimonial, que esperamos nunca deje de existir.
 
NUESTRO DATO
Restaurante solar Donde Martita, calle Magallanes 15, Villaseca, comuna de Vicuña. Restaurante solar Delicias del Sol, calle Chiloé 164, Villaseca, comuna de Vicuña. Teléfono (51) 1982184. Centro Artesanal de Chapilca. Ruta 41 a 18 kilómetros de Vicuña, por el camino al Paso Internacional Agua Negra. Francisca Castillo, tejedora de Chapilca (9-28 17 899)

 

 
La lana, los telares y el tejido artesanal han sido, durante siglos, una práctica cotidiana, para abuelas, madres e hijas de Chapilca.

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