Es uno de los paseos cordilleranos más atractivos de la región del Maule, sobre todo en verano, cuando sus pozones con agua cristalina y turquesa son un agrado para combatir el intenso calor. Sus senderos y caminatas que se internan en el frondoso bosque nativo, junto al acogedor sonido del río logran que el visitante se cautive dentro de este paraje de ensueño. Un paisaje placentero a la vista que invita a conectarse por completo con la naturaleza.
Por María Paz Macaya O. / Fotografía Javier Gutiérrez A.
Siempre había oído hablar de las Siete Tazas, más aún después del terremoto, cuando se comentaba que los pozones estaban sin agua. Cuando me hablaban del lugar me imaginaba un pasaje cordillerano, sin vegetación, solo piedras, rocas y los pozones. Así que mis expectativas no eran muchas, pero al llegar cambié radicalmente de parecer. Este es definitivamente un paseo perfecto para la familia y que puede hacerse por el día. Ideal para esta temporada en la que todavía no hace mucho frío y el calor es agradable. Además, es un destino muy visitado en verano, y lo bueno es que en esta época uno no se topa con nadie. Partimos a las once de la mañana, calculando que llegaríamos alrededor del mediodía. Desde Talca son aproximadamente cien kilómetros, tomando la ruta 5 hacia el norte y desviándose por el camino a Molina. Después hacia la cordillera, está todo indicado.
Lo más lento del recorrido son los últimos diez kilómetros, que empiezan cuando uno pasa el pueblo de Radal. Hasta ahí el camino es de tierra, un poco de calamina como de costumbre, pero bastante aceptable. En el sector de Radal, el borde del río tiene explanadas, sin descensos, que permiten acercarse a la orilla, bañarse o practicar la pesca.
Después de algunas curvas, saltos y rodeados de vegetación cordillerana, se abre paso un mirador, en el borde de una quebrada. Un letrero de la CONAF anuncia: "El velo de la novia". Esta fue nuestra primera parada y es una detención obligada para todos los que llegan hasta aquí. A lo lejos, se aprecia una gran cascada, de unos cincuenta metros, que cae abruptamente por una quebrada para seguir el lecho del río. El guardabosque nos cuenta que su nombre se debe a la continua neblina -formada por la humedad- que, como un manto de novia, envuelve al torrente en la caída.
El río, en este lugar, está enclavado entre abruptas quebradas, que se ensanchan formando una especie de laguna turquesa, rodeada de majestuosa vegetación. Nos llama la atención ver incluso nalcas, un tipo de planta que se da mucho más al sur. Un mirador con un paisaje idílico que dejamos para seguir con nuestro viaje, ansiosos de llegar, comer y sacar fotos a los esperados pozones.
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<strong>PARQUE INGLÉS</strong>
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El Parque Radal Siete Tazas tiene una superficie que alcanza las cinco mil cien hectáreas. En 1981 este lugar recibió el nombre de "Área de Protección Ambiental". Y en 2008 fue declarado Parque Nacional.
En el camino vemos algunas cabañas, donde se ofrecen servicios turísticos como cabalgatas y excursiones guiadas. Pero nuestro siguiente propósito era instalarnos a comer algo, así que continuamos hasta el final, donde termina el camino para autos y a pie se llega al Parque Inglés. Aquí hay un lugar habilitado para picnic y camping, con mesas, lugares para sentarse, basureros y baños. Sin embargo, el lugar está algo desforestado, renovales arrasados y árboles nativos que se han talado para dar espacio a estas instalaciones turísticas. Por otro lado, el mismo camping ha erosionado la tierra, con la afluencia de visitantes, sobre todo en este sector, donde además se encuentra la administración de la Reserva Nacional.
Después caminamos y bajamos al río, entre rocas y piedras se puede acceder al agua, donde se forman agradables pozones y cascaditas para bañarse. Pero la corriente es fuerte y el lugar bastante escarpado, una zona de riesgo a la hora de llevar niños. Aunque también sirve de entretención para escalar y recorrer; fantástico como excursión familiar.
Subimos por el borde del río y llegamos a la entrada de la CONAF, única forma de acceder a los miradores de las Siete Tazas. Pero antes de llegar, un ancho portón, con un puente que cruza el río, nos llama la atención. Hay huellas de auto así que entramos, penetrando en un frondoso bosque nativo. Muchos senderos con diferentes destinos, confunden un poco en medio de tanta vegetación, ramas y hojas. Entremedio aparecen pequeños letreros de madera que indican qué dirección seguir. Se escucha el río y nos empezamos a acercar, hasta que llegamos a una alta terraza, desde donde se aprecian las siete caídas de agua y sus respectivas tazas.
Estamos en un lugar muy alto, desde la ladera sur del río podemos disfrutar del paisaje en su magnitud. Arriba, al frente, un espeso bosque; abajo, los pozones de color turquesa. Una alta baranda dice: "No apoyarse", porque estamos en un mirador que sobrepasa bastante la ladera del cerro, pero me asomo un poco hacia adelante para mirar desde la primera cascada que se ve, hasta el otro extremo, donde se ve la última taza. Bajo la vista, con un poco de vértigo, y veo un tremendo pozón de agua cristalina, definitivamente lo mejor del bosque, después de tanta caminata, todo valió más que la pena.
Volvemos al auto y salimos del espeso bosque al camino principal, donde doblamos a la izquierda, y bajamos unos pocos metros más allá. Ahí está la entrada a los senderos y el acceso al mirador de la CONAF. El guardaparques nos explica que el lugar donde estábamos más arriba es de propiedad particular y que ahora veremos las siete cascadas, pero desde abajo, porque la caminata demarcada empieza a descender, hasta llegar al mirador. Bajamos tanto que lo único que pensaba era si después iba poder subir. En todo caso, el sendero está reforzado con maderas y escalones de cemento, lo que hace más seguro el descenso. Llegamos cansados, pero la vista era impresionante, las siete tazas, ahora desde la ladera norte y más cerca del agua.
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<strong>CICATRICES DEL TERREMOTO</strong>
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Empezamos a subir, y nos desviamos por un sendero que lleva al último pozón, llamado el Salto de la Leona. En medio de la espesura de árboles, el sonido del río se aleja, y un poco más allá, dejamos de oírlo. Esta es la última cascada, pero nos damos cuenta que efectivamente no cae agua. Impresionante es ver el último pozón y la continuación del lecho del río seco, vacío, sólo piedras, ni una gota de agua. Este famoso salto, que tiene hasta mirador propio, se secó producto de una fisura en la roca, provocada por el terremoto. Esto hizo que el agua se sumergiera y se filtre a napas subterráneas. Pero lo más extraño de todo es ver cómo, río abajo, reaparece el agua, que brota entre las rocas.
Un recorrido maravilloso, entretenido, con mucha flora nativa. Robles, coigües, cipreses, raulíes y quillayes, entre otros, adornan este paisaje y son refugio para muchos animales. Unos loros tricahue pasan volando y nos despiden. Comenzamos el viaje de regreso, el paseo nos encantó. Más que recomendable para los asiduos a la pesca, al <em>trekking</em>, a las cabalgatas, o de paseo familiar. Y también para los fanáticos del <em>kayak</em> que quieran bajar por los rápidos del Río Claro.
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<strong>DESTACADO</strong>
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<strong><em>"El Parque Radal Siete Tazas tiene una superficie que alcanza las cinco mil cien hectáreas. En 1981 este lugar recibió el nombre de "Área de Protección Ambiental". Y en 2008 fue declarado Parque Nacional".</em></strong>
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<a href="http://www.conaf.cl" target="_blank"><span style="text-decoration: underline;"><a>Nuestro dato: Parque Nacional Radal Siete Tazas (conaf.cl.)</a> </span></a>
Administración CONAF: Sector Parque Inglés (información actividades turísticas).
Tarifa ingreso senderos y mirador
Valor adulto: $1.500.
Valor niño: $500.
Valor tercera edad: gratis