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EDICIÓN | Junio 2014

La ciencia de la Valparaisología

Samuel León Cáceres
La ciencia de la Valparaisología
Valparaíso se quema, se discute, se añora, se ama, se odia y es objeto de culto e investigación. Un porteño autodidacta que no nació en el puerto acuña una disciplina única sobre la ciudad con más carácter de Chile. Samuel León Cáceres reconstruye su pasado sin sentimentalismos. No hay nostalgias edulcoradas en sus libros, sino el rigor del dato. Patrimonio, mentiras, verdades, un alcalde en contra y una vedette espectacular. El primer valparaisólogo del mundo, revela los detalles de su disciplina.
por Marcelo Contreras C. / fotografía Vernon Villanueva B.
Aceptémoslo. Muchas veces leer o escuchar sobre Valparaíso y sus encantos de postal, resulta una letanía cargada de frases hechas, poesía trasnochada y leyendas que no resisten análisis de archivo. Samuel León Cáceres (74), autoproclamado investigador urbano y autor de sendos textos sobre el pasado del puerto, siente pasión, cariño y la cuota obligatoria de desazón que provoca la ciudad más reconocida del país en el planeta. No acomoda la historia para que calce con el mito, ni tampoco pretende liberar a un literato de prosa rocambolesca.
 
En las investigaciones Valparaíso sobre rieles: el ferrocarril, los tranvías y los treinta ascensores (2009) y Los antiguos hoteles del puerto de Valparaíso (2008), piezas de la colección monográfica Valparaisología, León Cáceres ha revelado algunas de las grandezas, miserias y contrastes de la ciudad. En ambos casos, cubre los ciclos de mayor esplendor económico de la urbe sin soslayar cuando amerita, sobre todo en la bitácora de transporte público, que las paradojas y los absurdos siempre han integrado el relato porteño.
 
Curiosamente, Samuel no nació en el puerto y tampoco reside allí, sino en el cerro Recreo de Viña del Mar. Aunque su abuelo fue alcalde de Valparaíso dos veces, el asma sufrida por su padre le obligó a emigrar a Santiago, donde Samuel nació. Recién a los diez años visitó por primera a sus parientes de la costa, en 1949. El espectáculo de una ciudad que vivía el canto del cisne de su protagonismo industrial le impresionó. “La vista era muy fantasiosa para un niño. Había elementos mecánicos pasando la Universidad Santa María. Primero las cabinas celestes del ascensor del cerro Placeres, luego una tremenda malla metálica sobre la avenida España. Por sobre la pista pasaban unos carritos que venían desde el muelle del carbón, hasta la compañía de gas. Enseguida veías los ascensores Barón, Lecheros, Larraín, hasta llegar en esa oportunidad a la plaza O’Higgins, que todavía tenía espejos de agua, cisnes y palomeras”.
 
Años más tarde, otra visita a Valparaíso marcó a León Cáceres. Era cadete en la escuela de aviación y junto a dos compañeros se arrancó para el puerto, a fin de conocer la mítica “cuadra”, como se denominaba al tramo de calle Cochrane entre la aduana y plaza Echaurren, colmada de prostíbulos, boîtes y restaurantes. “Era extraordinaria. Justo estaba de visita un buque escuela francés y todo lucía embanderado. Se escuchaba cha cha chá y rocanrol”. Al tiempo, su padre falleció, y renunció a la FACH para hacerse cargo de su madre y de un hermano menor. Esta vez Valparaíso no sería lugar de diversiones, sino de trabajo. A los veinte años, Samuel encontró un puesto en ASIVA (actual asociación de empresas de la Región de Valparaíso).
 
¿Cuándo empieza a investigar sobre Valparaíso?
En el año sesenta y tres me metí a la Academia de Bellas Artes. Comencé a pololear con una compañera y esta chica era una conocedora de la ciudad. Cuando hacíamos croquis me empezó a mostrar pasajes, calles, ascensores, lugares para ir a pinchar, también para hacer pega. Y ahí vino una especie de enamoramiento muy asociado a ella y al lugar físico, todo muy romántico.
 
Samuel recuerda que por esos años abundaban las librerías de compra y venta, donde adquiría fotografías sueltas de la ciudad y tarjetas postales. Ese material, que décadas después sería parte de su primer libro, Historia de la tarjeta postal en Chile (2007), en sus comienzos solo se acumulaba, hasta que un académico amigo apuntó la necesidad de otorgar un valor extra a esas imágenes. “Me planté a investigar y buscar, cotejar datos, observar las fotos y leer. Muchas veces la información no coincidía. Apareció un periodista, uno notable, Roberto Hernández Cornejo, director del diario La Unión y de la biblioteca Severín. Armamos un equipo de investigación urbana. Salíamos a caminar por los cerros los días domingos, a conversar con la gente vieja para que hablaran del barrio”.
 
EL CERRO ALDEA
 
En esos recorridos, Samuel confirmó que la identificación del porteño se concentra entre Santiago Wanderers y su cerro, entendido como un barrio-aldea. “La gente hace cosas puntuales en el plan de la ciudad, pero su vida está arriba con la cancha, el ascensor, antiguamente los cines, la parroquia, el club deportivo, los almacenes”.
 
En el año 2000, decidió tomar cursos de historia y teoría en la escuela de arquitectura de la Universidad de Valparaíso, y formó otro grupo de investigación. “Queríamos ir por todas las juntas de vecinos de la ciudad para que tomaran conciencia de dónde vivían, y supieran que a pesar de la pobreza de sus barrios, tenían un valor y que, en el tiempo, esto podría dar un fruto distinto a través de la gestión patrimonial”.
 
EL DIPLOMA DEL PAPA
 
Sería fantástico continuar la historia diciendo que León Cáceres y sus compañeros de arquitectura se desplegaron por todo Valparaíso, con los vecinos recibiendo entusiastas el mensaje. Pero no fue así. “Apareció la mano del alcalde de turno, uno gordo, y mandó el recado de que a las juntas de vecinos no se las tocaba nadie. Fuimos a hablar con él. No hubo caso. Y empezó a salir gente a decirnos que la ciudad debía modernizarse. Bueno, una vez en Sevilla un veterano me dijo que lo moderno es saber vender bien el pasado. El patrimonio debe ser una herramienta de gestión y al mismo tiempo cultural. Y como tal, es de naturaleza histórica, y eso es lo que aquí la autoridad no entiende, ni los grupos que están en pugna”.
 
Tampoco ayuda mucho que los propios porteños no sean capaces de mirar más allá de sus cerros de pertenencia…
Hay una inacción. No se mueve nadie. No se metió el asunto educacional. Recuerdo cuando salió lo de patrimonio de la humanidad, y el alcalde arrendó por varios días el teatro Velarde para hacer fiestocas. Nadie sabía lo que era. Entrevisté para El Mercurio de Valparaíso a transeúntes en Condell con Bellavista, para saber qué entendían por esta nominación. La gran mayoría me dijo que se trataba de pintar las casas bonitas para que las vieran los turistas, pero que la pobreza seguiría igual. La mejor respuesta fue la de una señora de más de ochenta años. Me dijo: “qué bueno sería que Valparaíso tuviera ese diploma del Papa”. Eso me reflejó el desconocimiento del tema. 
 
VALPARAÍSO TRUCHO
 
Según cuenta Samuel León Cáceres, el término Valparaisología apareció tras una entrevista en la Revista del Domingo de El Mercurio, donde su trabajo fue comparado con la arqueología. Algo así como si existen los egiptólogos, cómo no considerarlo un equivalente en materia porteña. “Es una corriente en que hemos tratado de hacer una investigación profunda, seria. No llegar a la cosa latera, sino dedicada a bajar el mito y mostrar realidades por investigación urbana”.
 
Para el autor este conocimiento, por ejemplo, podría utilizarse para mejorar la condición de los guías de turismo. Sobre el punto, Samuel retiene una escena. “Un día entro al ascensor reina Victoria, que fue inaugurado en 1903. Y pasa una guía turista, bellísima, con un matrimonio. Parte el carro y esta lindura les dice ‘les contaba que este ascensor lo inauguró la reina’. ¡Y la vieja se murió en 1901! La tontera me divierte y me puede dar para una investigación que se llame Valparaíso trucho”.
 
¿Tiene otro libro en mente?
Tengo el borrador sobre la historia de la bohemia. En 2000, vino un cineasta francés, Alain Jaubert —el único autorizado a grabar al interior del museo del Louvre— como jurado a un festival en Santiago. Fuimos a Valparaíso. Él había visitado el puerto a fines de los cincuenta, como marinero. Nunca lo olvidó, al punto que escribió Val Paradis (2004), un libro sobre la ciudad. Él me dejó dando vuelta esos tiempos, y me largué a recorrer los lugares y a conversar con toda la gente posible. Entre varios personajes, di con Manon Duncan, que era una gran vedette. Me costó dos meses conseguir la entrevista. Yo la había visto con unos compañeros en el Bim Bam Bum cuando estaba de cadete de la FACH. Quedamos locos. Le conté a ella por teléfono esta historia, que la había visto en 1958 y que me debía varias noches de insomnio. Tiene unos ochenta años, fuimos al Anayak en Viña y la fui a dejar a Valparaíso. Estábamos por cruzar Pedro Montt, agarré unas bolsas que ella llevaba y nos tomamos de la mano para atravesar la calle. Tiempo después les dije a unos amigos: “¿les conté que salí con la Manon Duncan?” Por supuesto, no me creyeron.

 

 
“(Valparaisología) Es una corriente en que hemos tratado de hacer una investigación profunda, seria. No llegar a la cosa latera, sino dedicada a bajar el mito y mostrar realidades por investigación urbana”.

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