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EDICIÓN | Mayo 2011

La Dama Blanca

Buque Escuela Esmeralda
La Dama Blanca

En este mes del mar, quisimos rescatar el Recorriendo que realizamos para Tell Antofagasta durante el año pasado, cuando la Esmeralda participaba de la Regata Bicentenario. Un evento magnífico que aunó a bergantines, goletas y fragatas de distintos países de América y Europa. Hoy, en las costas de nuestra región, ya se está preparando para una nueva travesía, donde por primera vez en cincuenta y seis años cuenta con grumetes mujeres.

Por Claudia Zazzali C. / Fotografías Andrés Gutiérrez V.

El Buque Escuela Esmeralda, que desde septiembre del año pasado estuvo en el puerto de Talcahuano, hoy se encuentra de paso en la región de Valparaíso para deleitar a grandes y pequeños durante el mes del mar. Especial ocasión para conocer a la bella Dama Blanca quien -como casi salida de una película- con su albo velamen rompe el profundo azul del mar. Impresionante en el anochecer con sus luces encendidas en un calmado mar, da la sensación que está por fin en su hogar, su querido Chile.

No obstante, pronto se despedirá de nuestras costas para partir a nuevos destinos como Perú, Ecuador, EE.UU., Canadá, entre otros, llevando en esta oportunidad un contingente muy particular. Tras cincuenta y seis años de historia en formación de grumetes, por primera vez cuenta con una dotación femenina, compuesta por cuarenta y siete tripulantes.

PASADO Y PRESENTE

Cada viaje puede durar un promedio de seis a ocho meses, periodo en el que más de trescientas personas estudian, trabajan y comparten en esta verdadera “ciudad a bordo”. Hay lavandería, cocina, peluquería, salas multifuncionales que sirven como gimnasios, cines y hasta improvisadas capillas. Miguel Torres, el guardiamarina que guió nuestro recorrido por La Esmeralda, nos cuenta que su grupo pertenece al quinto año de la Escuela Naval, por lo que, a bordo, reciben instrucción y, por supuesto, deben rendir exámenes. No hay mareos que valgan.
“La mayoría de quienes ingresamos a la Armada sentimos gran respeto por el uniforme. Muchas veces, el trabajo que realizamos está muy lejos de la imagen un poco romántica de los marinos de las películas, pero, a cambio, se abre un amplio abanico de oportunidades de carreras profesionales, ingenierías o aviación naval”, nos cuenta Miguel Respecto a la expectación que hubo en la región, ante la llegada de la Regata Bicentenario, Miguel coincide con la comunidad, pues “este es un espectáculo único.

Ver once veleros de estas características navegando por las costas de América es algo muy difícil de repetir en el corto plazo”. Cada rincón de La Esmeralda brilla como si fuera nuevo. Y esto no es casual. A quienes navegan en ella, les han inculcado el valor de la historia y, por lo tanto, preservan los detalles como en una cápsula del tiempo, no sólo en lo que se refiere a infraestructura, sino también a tradiciones. “Antiguamente, los marinos navegaban guiándose por las estrellas y por el sol.

La idea es mantener esa mística y aunque hoy existe tecnología suficiente como para cruzar muchos océanos, seguimos aprendiendo las técnicas de antaño”. “Nosotros, por ejemplo, podríamos tener televisión a bordo, y no lo hacemos por opción. Queremos potenciar la convivencia y si hubiera tele eso sería más difícil. Se permite el computador, por un tema de estudios, pero es evidente que te aísla del resto. Nosotros tratamos de dejar esas cosas de lado y formar amistad, tratar de compartir más.

Nos esforzamos por ser una familia con trescientos veinte integrantes”, nos cuenta Miguel. Llegamos a la cocina y es casi increíble que, en un espacio tan reducido, se preparen los alimentos de toda la tripulación. Pienso en la mía y trato de tomar notas sobre optimización de metros cuadrados. En un pequeño inventario visual, encontramos horno eléctrico, una freidora de dos cámaras y unas tremendas ollas o marmitas que funcionan una con electricidad y dos con vapor. Literalmente, aquí todo el día se cocina, desde el desayuno a la noche. Tienen un menú mensual que va variando para no aburrir a los comensales, aunque no existen los regodeos ni caprichos culinarios.

Lo único inamovible es la empanada de los jueves, herencia de Arturo Prat, pues relata la historia que el heroico 21 de mayo —que era jueves—, esa fue la minuta: empanadas, cazuela y mote con huesillo de postre. Tradiciones por doquier. Si se presenta mal tiempo, todo sigue funcionando igual y si es necesario se eliminan las sopas y las cosas líquidas, pero el resto es normal. Todo está diseñado para alimentar a los embarcados y, como en toda la institución, quienes están a cargo dicen con orgullo: “estamos preparados para tomar la mejor decisión en los peores momentos y poder salir adelante a pesar de todas las cosas que puedan pasar”.

CÁMARAS CON HISTORIA

Llegamos a la Cámara de Guardiamarina, donde los más jóvenes pasan la mayor parte del tiempo cuando están en alta mar. Nuevamente, los ritos se convierten en protagonistas. Un retrato del oficial Riquelme tiene un lugar de privilegio. “Él era el joven que tocaba el violín en el Combate Naval de Iquique, por eso se le rinde homenaje en todas las cámaras de guardiamarina en todas las naves de la Armada”. Otra de las costumbres que se evidencian en este lugar, es la campana instalada en medio de los sillones. “El que la toca en alguna reunión invita una ronda de lo que sea para todos.

Generalmente, es cuando se debe celebrar alguna buena noticia”. La Cámara del Comandante es un verdadero lujo, parece un museo. La única modificación que ha tenido desde su construcción es el sistema de aire acondicionado, lo demás se ha mantenido igual. Acá se toman las decisiones sobre el buque y el personal. La esencia de esta cámara es estar solo… “la soledad del mando” nos hace imaginar a Prat pensando en su familia y su gente, justo antes de decidir el abordaje. Podría quedarme horas mirando los libros, los recuerdos de otras Armadas de países tan lejanos que parece increíble que esta nave haya llegado a sus costas.

Los muebles hechos de maderas exquisitas y relucientes. Todo como sacado de un libro. Sobre la mesa del comedor, que es donde el comandante recibe a sus visitas más ilustres, destaca un mosaico maravilloso con el escudo nacional. Justo al mediodía, esta obra se refleja en un albo mantel, creando un efecto visual que deja encantados a los pocos que tienen la distinción de presenciar este bello espectáculo.

VIDA A BORDO

Aunque dice la canción que en el mar la vida es más sabrosa, lo cierto es que no deja de llamar la atención cómo funciona la rutina de todos quienes optaron por levar anclas. Nos enteramos que a bordo también van un sacerdote, un dentista y un médico. Son profesionales que postulan a la Armada, estudian en la Escuela Naval lo básico de la navegación y luego obtienen un grado.

Si existe alguna emergencia médica se le informa al comandante y dependiendo de su gravedad, incluso pueden realizarse intervenciones de baja complejidad en medio del océano. Por otro lado, aunque arman improvisados gimnasios, también hay deportes muy particulares, como competencias internas de resistencia y velocidad. A estas alturas del recorrido se me acaban los sinónimos para describir las emociones al estar a bordo de esta institución nacional. Como que un patriotismo especialmente poderoso se adueña de uno. Después de todo, no siempre se puede estar en La Esmeralda, con sus recovecos llenos de medallas, simbolismos e historia.

Por algo en todos los puertos es la preferida. Llega la hora de despedirse y dan ganas de sacar un pañuelo blanco. El adiós fue breve. “Marino, sin vacilar, navega con un cantar, lejos te esperan mil dichas que no podrás olvidar”.

 

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