Han pasado treinta y dos años y este parque continúa sorprendiendo a chicos y grandes, que no se cansan de subir una y otra vez a sus atracciones. Con instalaciones impecables, seguras y juegos que se renuevan cada temporada, es una invitación a sentir la adrenalina a mil.
Por Maureen Berger H. y Nora Álvarez P. / Fotografías: Vernon Villanueva B.
¡Aaaaaaaaaaahhhhhhhh! gritábamos todos —hasta quedar sin voz— cada vez que osamos subirnos a uno de los juegos extremos de Fantasilandia. Pero retrocedamos en el tiempo… la idea de este Recorriendo fue de Nora, periodista de Tell, quien nos entusiasmó con este genial panorama. Pronto contactamos a la empresa idónea que nos podía llevar al parque capitalino: Transporte y Turismo Meneses y Díaz. Claudio Brauchi, gerente, y Paola Jamett, ejecutiva, aceptaron de inmediato y pusieron a todo su profesional equipo a nuestra disposición.
Con Vernon, el fotógrafo, sentimos que a este tour “debían ir” nuestros respectivos hijos, pues —además— se necesitaban modelos para el reportaje. Así, Valentina Muñoz Berger, Rayen y Vernito Villanueva Hernández se subieron también a la cómoda y amplia van que nos llevó a Fantasilandia.
Alex fue nuestro chofer, quien puntual, a las diez de la mañana, nos pasó a buscar y trasladó en una van impecable, con aire acondicionado, muchas butacas con cinturones de seguridad y grata música ambiental. Para grupos mayores, la empresa cuenta con buses Mercedes Benz (veintitrés y cuarenta y cuatro personas), con butacas sofá, aire acondicionado, LDC, DVD y baño; minibuses (ocho o nueve pasajeros), full equipo, marca Hyundai y Mercedes Benz.
Una vez en el Parque O’Higgins —donde se ubica Fantasilandia—, a las doce en punto (hora de apertura), nos esperaba Olivia Nasser, relacionadora pública, quien facilitó todo para que la jornada fuese perfecta. “Hoy es el único parque de diversiones de su tipo en América Latina. Cuenta con más de treinta atracciones y recibe anualmente más de un millón de visitas. Se encuentra en medio de un entorno natural enclavado en el centro de Santiago, con un bosque centenario de ocho hectáreas y algunos árboles con señalética informativa sobre sus características”, destacó.
ZONA KIDS
Dividimos los grupos, los más chicos y los grandes. La Zona Kids resultó perfecta para Valentina (5) y Rayen (7), quienes se subieron una y otra vez a sus atracciones favoritas. “Este parque es súper bacán”, repetía una y otra vez Valentina, mientras hacía la cola para alguno de los catorce juegos.
Están —entre otros— Super Truck, con autitos que van dando vuelta a muy poca velocidad; Mini Splash, unos troncos de árbol que van por el agua y suben pequeñas elevaciones para que los chiquitos “sientan” que se mojan. Está el Tren CP, para subirse en sus distintos vagones; el Carrusel, todo un clásico con sus elegantes caballos; los Patitos, tiernos y emblemáticos y Toing Boing, una versión infantil de Extreme Fall, o caída libre controlada.
Un imperdible en todo parque de diversiones son los juegos que entregan premios. Acá sorteamos nuestra suerte en el Derby, que es una carrera de caballos, donde cada participante debe tomar su pelota y apuntar a los orificios de colores, que harán avanzar a los equinos. Mejor nos fue en el Tiro al Payaso, donde había que dirigir un chorro de agua a la boca del payaso, inflar un globo y el que se reventaba primero… se llevaba el premio. Nos ganamos un peluche y una pelota. ¡Bien! La Pesca Milagrosa, que con sus cañitas y peces plásticos permitía llevarse algo especial. Y finalmente, el Tiro al Queque, que con pelotas y envases para voltear daba chance de ganar.
A estas alturas del paseo nos dio hambre. Quedamos en juntarnos todos en el Palacio de Cristal. Entre las opciones había pizzas, pollo con papas fritas, hamburguesas, hot dogs, empanaditas de queso y ensaladas. De postre, ricos helados en copa o envasados.
“Fantasilandia tiene una variada oferta de alimentación distribuida en cuatro restoranes y seis puntos de venta de bebidas y helados”, nos explicó Roberto Medel, gerente de alimentos y bebidas. También agregó que el parque tiene dos accesos principales, baños públicos en distintos puntos, enfermería, cajero automático y oficina de informaciones (con mapas ideales para no perderse ninguna atracción).
Mientras almorzábamos, Paola, de Transporte y Turismo Meneses y Díaz, nos entusiasmó con otros tour que hace la empresa todo el año. “Está la Ruta Cultural de los Poetas (Litoral Central), la Ruta del Cariño Botado, el City Tour Santiago, la Ruta del Vino, Casablanca, La Ligua, Isla Negra/Pomaire, Sewell, Cajón del Maipo y La Serena/Valle de Elqui”.
SENSACIONES FAMILIARES
La tarde recién empezaba y quedaba mucho por recorrer. Esta vez, quisimos conocer las atracciones familiares. Es el caso de Botes Chocadores, nos subimos de a dos y los fuimos dirigiendo por una pequeña laguna, muertos de la risa, pues en cada impacto, el agua provocaba que más de alguno se mojara bastante. Otro juego de agua es Tsunami, una suerte de montaña rusa que desciende de manera muy inclinada sobre el agua, “empapando” literalmente a los espectadores que miran desde tierra.
Para quienes gustan de las tuercas hay tres opciones. Nos subimos a los autos Ford T, que si bien van lentamente, rememoran aquellos años que vivieron nuestros abuelos. También a los Autos Chocadores, otro clásico que saca risas en los impactos y el Fun Karting, que nos hizo sentirnos en plena Fórmula Uno.
Jack Sparrow nos esperaba en los Piratas del Caribe, que se recorre en bote y seres horribles en la Casa Fantasma, permitida para menores en compañía de adultos. Las Sillas Voladoras y Wild Mouse, son familiares, pero no son aptos para los que sufren de vértigo.
Vernon y sus hijos, Rayén y Vernito, optaron por el Rapid River. Es una balsa para cuatro o seis personas, que hace un recorrido amazónico, donde se escuchan simulaciones de pájaros y otros animales. “Llegamos hasta un tobogán donde nuestro bote se resbalaba por el agua. Todos nos tomamos firmemente de las correas y descendimos a una pequeña velocidad. Los niños estaban felices”, dijo Vernon.
ADRENALINA PURA
Los juegos más llamativos para los jóvenes y adultos, sin duda son los adrenalínicos. Mientras hacíamos la fila para el Raptor, estábamos llenos de expectación observando una y otra vez a los que estaban arriba. Este juego es una montaña rusa muy particular porque la gente va sentada con los pies colgando. De todas maneras, es sólo la imagen la que aterra, porque uno va bien asegurado. Tiene dos carros que van alternando su recorrido y cada uno con capacidad para veinte personas. Nora, Paola y los amigos de Meneses y Díaz se subieron; Vernon y los demás, los vimos desde abajo. El carro comenzó a avanzar. Ascendieron lentamente, aún sin decir ni pío. La vista desde lo alto parecía asombrosa, pero el vértigo hacía doler el estómago. En cosa de segundos vimos cómo viajaban a noventa kilómetros por hora. Oímos los gritos desgarradores, de qué manera subían, bajaban, se daban vuelta, en menos de un minuto.
“Otro de los juegos más llamativos es el Extreme Fall, donde en cinco segundos se sale el alma del cuerpo. El vértigo es total. Estás sentado a treinta y cinco metros de altura, para luego ser lanzado. Es tanta la velocidad, que apenas alcancé a gritar y ya estaba abajo recuperando el aire. ¡Espectacular!”, afirmaba Nora, la periodista.
Para quienes tenían mucho calor fue perfecto el Top Spin. Es un juego para cuarenta personas, que hace movimientos circulares como un rodillo. Luego de girar, se detiene de frente al suelo, para recibir un chorro de agua directo en cada cabeza de las personas. Además, están Evolution, Galaxy y Tagada, para sentir cómo se revolucionan los sentidos. Y para vivir el terror, Monga, un clásico que siempre da susto y el Castillo Encantado, que deja soñando pesadillas…
Cuando estábamos a punto de irnos, Paola Jamett nos miró y recomendó a ojos cerrados que nos subiéramos al Boomerang, el mejor desestresante. Corrimos con Nora y Vernon, todos muy ansiosos. El Boomerang es una montaña rusa para veintiocho personas y sube hasta cuarenta y seis metros. Durante dos minutos, nos dimos muchas vueltas —gritamos como animales— y el aire nos chocaba en la cara por la velocidad. Se pierde la noción de cómo está el cuerpo, si de lado, derecho o boca arriba. Cuando creíamos que terminaba… el boomerang, faltaba hacer el recorrido hacia el otro sentido. ¡Uf! Terminamos sin voz de tanto gritar y un poquitín mareados.
Dentro de Fantasilandia —que es la marca más recordada por los chilenos entre los dieciocho y veinticuatro años y entre los adultos de cuarenta y cinco años y más— existen varias tiendas de merchandising, donde se pueden comprar poleras, chaquetas, peluches, tazones, tacitas, gorros, pelotas, juguetes y muchas cosas más. Con estos suvenires, a las siete de la tarde nos fuimos a casa, durmiendo tranquilos en la cómoda van y con las ganas vivas de volver muy pronto.
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