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EDICIÓN | Abril 2011

La Aldea

Comunidad Los Pioneros
La Aldea

Una comunidad hippie crece en el corazón de Reñaca. La llaman “La Aldea” y la cuidan, la plantan y la construyen desde su propia mística. Cada familia, como una especie de cruzada ecológica tácita, cultiva huertos y herbarios, recicla, hace compostaje y participa en talleres orgánicos. Algunos llegaron hace años, otros recién están en esto. Yoga, batucadas, trueques. La vida parece concentrarse en un pequeño sector de Los Pinos.

Por Macarena Ríos R./Fotografía Vernon Villanueva B.

Bajo el sol estival, un pedazo de Italia crece silencioso en la huerta de Chalo. Son tomates rosados provenientes de Ravello, que alguna vez le regalaron en forma de semillas y que hoy perfuman la tierra arcillosa. A los costados, diversas hierbas, frutas y hortalizas dan vida a lo que se conoce como la "revolución del rastrojo", sabia frase que apela a la cero labranza y el cultivo natural. La tierra, en una simbiosis perfecta, se extiende hacia el norte.

En palabras de "Coloro", Chalo es un alumno avanzado, "que superó al maestro". Chalo es músico, pero aprendió a cultivar y se le da bien lo de plantar huertas sustentables. Igual como se le da bien vivir alejado del ruido, sin cercas, ni portones, ni bocinas. "Coloro" (Anselmo Magaña) es publicista y también prefirió la vida sin prisas. Tiene el pelo largo y es pecoso, como todos los colorines. Junto a otras cincuenta personas conforman una especie de aldea, de villa, de comunidad. La entrada de tierra deja ver un letrero rústico suspendido de un poste. El letrero dice "Los Pioneros" y es la antesala de un verdadero oasis compartido por artistas, arquitectos, pintores y médicos. Un oasis que llaman Blowing in the Wind.

Una de las primeras casas que se ven es precisamente la de Chalo. Pequeña y simple, que juega a mimetizarse con el entorno. A medida que avanzo descubro más construcciones. Algunas en obra, otras ya terminadas. De cemento, de piedra, de barro, de madera. Algunas con pequeños paneles solares. Otras con techos verdes. El camino polvoriento se extiende por cientos de metros. Sube, baja, se pierde en medio de recovecos cortos y vuelve a aparecer para bifurcarse nuevamente. Aquí se respira campo, ocio y tranquilidad. Acá la risa es más pura, el agua es de vertiente y la comida orgánica, la mayoría de las veces.

PUPA

Pupa vive en una pieza de pino con suelo de barro sellado con cera de abejas. Pupa tiene cuatro años y juega a la fiesta del té arrodillada sobre su piso impermeable color café. En el segundo piso duermen Coloro y Alejandra, sus padres. Pronto terminarán un pequeño invernadero que los protegerá del frío y refrescará en verano. El enquinchado lo hicieron con listones de madera nativa conseguidos como retazos en una barraca.

Afuera el viento susurra entre los árboles. También se escucha el trinar de los pájaros y la risa de Pupa, que se llama Estela y que ahora está concentrada en darle besos a Lila, su hermana recién nacida. Junto a su familia llegó hace más de cuatro años a este lugar.

En todo ese tiempo, levantaron una huerta orgánica, un espiral de hierbas y una compostera. Un humedal para las aguas grises (a cargo de la ingeniera Jimena Zúñiga), un taller para el tofu y actualmente una casa con quincha de madera, barro y paja. "Estamos experimentando con techos vivos para aislación térmica, y también con diseño permacultural para templar las habitaciones aprovechando las energías libres, como el sol y el viento", dice Alejandra Méndez.

También dicen que son autodidactas, que han aplicado harto la autoconstrucción, que han reutilizado neumáticos viejos recogidos del bosque o recuperados en las vulcanizaciones, que usan los ecoladrillos (botellas de plástico rellenas de basura inorgánica que sirven como aislantes térmicos), paletas de tuna para impermeabilizar paredes o las hojas de los pinos para reforzar y enriquecer el revoque de los muros de tierra.

HUERTAS DE REÑACA

Un camino breve bordea la huerta de los Magaña Méndez. Y aunque el terreno es de arena, milagrosamente brotan y crecen lechugas, achicorias, habas, coliflores, cebollines, rúcula, papas chilotas, zanahorias y un sinfín de semillas. Más de cien para ser exactos. Acá se ven jardines comestibles como nunca: las flores de las alcachofas son alucinantes, las maravillas son enormes. "Hoy más que nunca necesitamos que se multipliquen los guardianes de semillas, los cuidadores de la tierra, los defensores de la maravilla viviente que es la naturaleza", dice Alejandra.

Alejandra es pintora. Llegó a Valparaíso escapando de Santiago, igual como lo hacen muchos artistas que buscan inspiración, originalidad y cercanía humana frente al puerto. Y estando en el puerto encontró el amor, orgánico e incombustible, que le enseñó a preparar tofu, a crear huertas sustentables, a abrazar la ecología en todas sus formas.

La naturaleza comenzó a tomar protagonismo en la vida de Alejandra y decidió, junto a su pareja, mudarse a un sector de Los Pinos donde las calles no existen, el alumbrado eléctrico circula bajo tierra y se respira una suerte de aire bucólico.

Hoy viven en La Aldea, rodeados de árboles frutales y nativos (peumos, maitenes, palquis, molles), con olor a pino y eucaliptus. Cultivan mucho y enseñan mucho también. A sus vecinos, a los amigos y a los amigos de sus amigos. Cada mes realizan talleres de huertas ecológicas, con clases prácticas de permacultura (sistema que busca crear asentamientos humanos que sean ecológicamente sanos y económicamente viables), donde realizan in situ los llamados mulchs y guilds. Compostan debajo de los árboles para enriquecer la tierra y luego plantan. Tal como lo hace Chalo. "Hay mucho que hacer y mucho que aprender. Mantener una huerta orgánica en casa es una forma concreta de hacer un aporte, para aliviar a la Tierra, para proteger a los niños, para cuidarnos a nosotros mismos", dicen.

En La Aldea hay mucha vida social y se comparte mucho más que en la ciudad. En La Aldea hay menos límites entre los vecinos. Los niños como Pupa circulan libres entre las casas. Y juegan mucho. Alejandra dice que son ellos los que más ganan con esta forma de vida.

"Aquí todavía existe tiempo para conversar y compartir, y también para disfrutar de la naturaleza. A los dos nos hace más sentido una forma de vida más sencilla, más apegada a la tierra, porque ahí está la verdadera alegría de vivir. Este ambiente ayuda a olvidar un poco el estrés propio de la vida actual. Muchos de nosotros pasamos más de la mitad del día al aire libre, trabajando en la huerta, en el jardín, viendo a los niños, haciendo mil cosas... acá no existe el aburrimiento".

ECOPRODUCTOS

Cada miércoles, Coloro sale temprano a repartir diversos ecoproductos que promocionan a través de las redes sociales. Termos solares que hierven agua al ponerlos al sol (especiales para llevarlos a la playa, de campamento o simplemente para ahorrar energía en la casa), ecobolas OKO BALL, que como si fuera magia lavan la ropa sin detergente. El secreto está en el magneto de sus polos, que cambia la estructura molecular del agua, lo mismo que hace el detergente. Cada ecobola sirve para mil lavados de cinco kilos cada uno. Saque la cuenta.

Contacto:

Alejandra 7 4760244

Coloro 9 5391895

huertasderenaca@gmail.com

"Hay mucho que hacer y mucho que aprender. Mantener una huerta orgánica en casa es una forma concreta de hacer un aporte, para aliviar a la Tierra, para proteger a los niños, para cuidarnos a nosotros mismos".

 

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