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EDICIÓN | Mayo 2014

Guardián en los tormentos

por Montserrat Salvat, coordinadora Escuela Pedagogía de Educación Media en Historia y Geografía, Facultad de Ciencias de la Educación, Universidad San Sebastián
Guardián en los tormentos
Desde su altar, la figura del Cristo de Mayo observa a su pueblo y es contemplada por feligreses y curiosos, con su corona de espinas al cuello, que se deslizó desde su frente, tras el terremoto de 1647. Desde entonces, año a año se celebra una procesión invocando su protección para la ciudad.
Cada cierto tiempo, el país sufre una tragedia de la naturaleza o un accidente que termina con vidas y sueños. Esta descripción es antigua y ya es parte de nuestra identidad y memoria. Luego del lamento colectivo, emerge el gesto desinteresado y la esperanza. Una bandera, un eslogan o, en este caso particular, una imagen tallada en madera de Cristo crucificado.
 
Un violento terremoto echó por tierra las edificaciones del Santiago de 1647 y acabó con la vida de centenares de personas. Peñascos rodando desde el cerro Santa Lucía y la oscuridad más atemorizante por la polvareda que se levantó esa noche de lunes 13 de mayo, pasadas las diez de la noche, hora del descanso para muchos. “El estruendo ensordecía y el movimiento impedía casi mantenerse de pie”, describe Miguel Luis Amunátegui. Hombres de Dios y de la patria consolaban a los “enfermos de cuerpo y de alma”, removiendo escombros para buscar a los sepultados vivos, que se evidenciaban por débiles quejidos y llamados de auxilio.
 
Frente a la naturaleza implacable, los habitantes recurren al calor reconfortante de la fe. Los días siguientes, como nunca antes, los religiosos administraron sacramentos, sobre todo de penitencia, y acompañaban los entierros.
 
Ante el horror de los capitalinos, un prodigio: en medio de la destrucción, el Señor de la Agonía se mantuvo en pie sobre su soporte, cuidado por dos velas que permanecieron encendidas. El obispo Gaspar de Villarroel pide transportarlo a la plaza de armas y desde allí se organiza una procesión, por el cuadrante aledaño, muy similar a la que se rememora hasta el día de hoy cada 13 de mayo al atardecer.
 
Desde ese minuto, se le conoce popularmente como el Cristo de Mayo o Señor de los Terremotos. La figura pertenece al agustino Pedro de Figueroa y es la primera escultura de Jesucristo elaborada en Chile, hacia 1605. Es de madera, con sus llagas marcadas, guarnecido con cabello humano. No adscribe estrictamente a alguna escuela o estilo artístico, y destaca la expresividad de su rostro: su mirada apunta hacia las alturas. Habita en los agustinos desde 1613, por lo que este mes cumple 401 años.
 
También se le atribuye una de las leyendas más mentadas. Que el remezón deslizó la corona de espinas desde su frente, donde se ubicaba originalmente, hacia el cuello, sin dejar ninguna marca en el rostro. Eso fue confirmado por el obispo Villarroel. Tratando de librar al Hijo de Dios de esa molestia, ni bien se intenta corregir la posición, se produjo una fuerte réplica. Cada vez que se ha intentado, el país es castigado con un temblor. Así que desde 1647, a falta de corona, tiene collar de espinas.
 
No está claro en qué minuto la poderosa terrateniente Catalina de los Ríos y Lisperguer, conocida popularmente como la Quintrala, entabla una relación con la imagen. Algunas versiones cuentan que ella misma la mandó a hacer de un tronco encontrado en una de sus propiedades; que se encomendó a él, cuando sufrió un proceso judicial y por su favor salió absuelta; incluso, que posterior al movimiento telúrico guareció la imagen en su casa, muy cercana al templo agustino. Benjamín Vicuña Mackenna cuenta que doña Catalina, habría expulsado el ícono de su hogar por la cara de molestia que puso, dicen algunas lenguas; y por el pronunciado escote que exhibía, dicen otras, al maltratar a uno de sus esclavos delante del símbolo divino. “Yo no quiero en mi casa hombres que me pongan mala cara. ¡Afuera!”, habría dicho la mujer. Lo que sí se ha conservado fue su testamento, en que deja parte de su hacienda para la orden de San Agustín y para la celebración de la fiesta de mayo.
 
Que no solo de glorias navales y veneración a las madres viva la memoria chilena este quinto mes del año.
 

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