Terminada su pega en Santiago, junto a su novio, quien sigue trabajando de forma free lance para la universidad, se vinieron a vivir juntos a Machalí. Aquí conoció al “Jota”, como le dicen al fotógrafo José Luis Orellana y juntos empezaron a “cranear” nuevas ideas que mezclaran la fotografía con la poesía, y con este material producir pequeños libros.
El “Jota” ha sido el ejecutor de varias ideas, todas son regionales, queremos rescatar lo nuestro. Hicimos un primer proyecto que se llamó “Baquedano”, que es la zona que está después del paso nivel, cerca de la estación de trenes. Es un área súper antigua, en ese tiempo estaba El Pequeño Cotolengo, y muchas cosas de las que solo quedan pocos registros, entre ellos los nuestros, porque ya no existen.
Teníamos la idea de mostrar una zona de la ciudad que está olvidaba, y que tiene mucho potencial histórico. Entonces sentimos la necesidad de hacer algo, así que postulamos al FONDART del año 2009, y lo ganamos. Fue un trabajo de rescate patrimonial.
¿Te gustó este trabajo?
Sí, mucho. Primero porque fue mi primer trabajo poético remunerado, lo que ya es un gran logro. Pero cuando se terminó, tuve una sensación de vacío, de que todo había quedado ahí y después de eso no pasó nada…
¿Entonces nació el segundo proyecto?
Pensamos en qué podíamos hacer para entregar más, para aportar más y que fuese también en relación con la región. Entonces se nos ocurrió en nuestra oficina, la Plaza de los Héroes (se ríe), hacer algo con el tema de los cementerios, pero esta vez junto a mi pareja agregar no sólo fotografías, sino también videos.
LO QUE TUVIMOS
“Jamás podría vivir el medio día, ni cruzar el pretencioso umbral del sol que acostumbra a callar al cielo con las disconformes nubes. La amalgama de una soledad descompuesta unida a la esclavitud bondadosa”. Este es un extracto de uno de los poemas del libro Historias que no duermen, segundo FONDART (2011) que ganó Lucía junto a su equipo de amigos, y que relata la historia de personajes que fueron importantes en la región y que descansan en el cementerio número uno y dos de Rancagua.
¿Cómo nace Historias que no duermen?
Como una necesidad de agradecer a esos personajes que hicieron historia y que están en el imaginario popular. Decidimos centrarnos en personas que fueron muy importantes para esta zona, y que yacen en este cementerio. En este lugar hay cuentos que son casi mitos para el pueblo rancagüino.
¿A quiénes rescataste para esta tarea?
Al poeta Óscar Castro, Tito Lastarria, que fue un político y que se supone hizo un pacto con el diablo; Betsabé Carrasco, una niña que cursaba quinto año de la básica y que mientras bailaba en la fiesta de la primavera, su traje de hawaiana se quemó, supuestamente, con fuegos artificiales. Y también nos centramos en el cementerio número dos, en donde están los mártires de la catástrofe del humo en Sewell. Esto me impactó muchísimo y quisimos traerlo a la memoria de la gente. Además es algo que me toca de cerca, porque mi abuelo tenía turno ese día en la mina y lo cambió por otro compañero que murió.
En el video se ven bailes y música folklórica
Quisimos de algún modo agradecer la existencia de aquellos que tuvimos, pero de una manera alegre. Trabajamos con el grupo Azahares, que son puros niños menores de edad y que bailan este tipo de música. Me encantaron y fue una experiencia increíble.
¿En qué etapa estás ahora?
Estoy enfocada en los niños, en traspasarle lo lúdico de la vida, que jueguen, que lo pasen bien y, por lo mismo, estoy haciendo talleres en algunos colegios, y escribiendo cuentos para ellos. Y junto con José Luis estamos desarrollando una empresa, Válquez, en donde creamos páginas web y servicios de redes sociales. Quiero dedicarme a emprender en este proyecto, porque no me gusta depender de nadie.