La actividad física, si se convierte en un hábito regular, puede provocar efectos muy positivos a nuestra salud: mejor estado muscular y cardiorrespiratorio; mejor salud ósea y funcional; reducción del riesgo de hipertensión, cardiopatía coronaria, accidente cerebrovascular, diabetes, cáncer de mama, colon y depresión; disminución del riesgo de caídas y de fracturas vertebrales o de cadera. Además, es fundamental para el equilibrio energético y el control de peso.
Se fueron las vacaciones y con ellas el ímpetu por la actividad física orientada a lucir una figura esbelta durante el periodo estival. Los espacios públicos y privados merman la ocupación que floreció durante el verano y la llegada del frío comienza a paralizar cualquier frenesí que nos lleve a poner nuestros cuerpos en movimiento.
La radiografía nacional de la actividad física es tajante e indica que, al 2012, solo el 17,3% de la población mayor de dieciocho años realiza actividad física. Comparado con años anteriores, este resultado muestra un avance, pues revela un alza de un 4,5% desde el 2006. Pero a nivel internacional estamos muy por debajo del promedio, incluso, de Latinoamérica. El perfil de los más sedentarios en Chile está representado por el grupo de menores ingresos (D y E), mujeres y los adultos mayores, quienes aducen, principalmente, falta de tiempo para esta conducta.
Conceptualmente, la "actividad física" suele confundirse con el "ejercicio". Este último consiste en una variedad de actividad física que se caracteriza por ser planificada, estructurada, repetitiva y realizada para mejorar o mantener uno o más componentes de la aptitud física. La actividad física abarca el ejercicio, pero también otros movimientos corporales que se ejecutan como parte del trabajo, del desplazamiento, de las tareas del hogar y de la recreación.
Junto a la prevención de enfermedades, la Organización Mundial de la Salud, OMS, destaca que la práctica de actividad física mejora el ánimo, estimula la agilidad mental, alivia la depresión y facilita el tratamiento del estrés. Asimismo, a largo plazo, eleva el nivel de autoestima y aumenta la interacción social, es decir, incluso nos hace más felices. Ante este ramillete de bondades, ¿cuál es la excusa para no movernos?
La clave es realizar actividad física de intensidad moderada, caminata rápida, labores de jardinería, andar en bicicleta o practicar deportes, al menos cinco veces por semana y con una duración mínima de treinta minutos. La intensidad moderada se puede identificar, pues requiere un esfuerzo que acelera en forma perceptible nuestro ritmo cardiaco.
Realizar algún tipo de actividad física siempre es mejor que no realizar ninguna. La idea es volvernos activos a lo largo del día de formas simples, por ejemplo, prefiriendo las escaleras a los ascensores, bajando antes de la locomoción colectiva o dejando algunos días el auto en la casa. Estos pequeños cambios nos acercarán progresivamente a los niveles recomendables para nuestra salud.
La OMS relaciona la falta de motivación por la actividad física, a nivel mundial, a factores del entorno como la urbanización, el alto tráfico, la contaminación y la falta de lugares apropiados. En ese contexto, tenemos el privilegio de vivir en una región que ofrece espacios abiertos y atractivos que invitan al movimiento. La clave es la motivación interna, esa llama que se prende cuando algo nos importa profundamente y nos despierta de la inercia diaria.
Mejorar o fortalecer nuestra salud por sobre lucir una figura atractiva, son motivos potentes para llevar a una persona a hacer actividad física. Nunca es tarde para empezar, hoy puede ser el día.