No me refiero a un chiste, aunque podría serlo; me refiero a esas pequeñas letras que han llegado a ser tan determinantes en la vida de una persona: las famosas tallas s-m-l, y ni hablar de las compuestas xl, que puede llegar a ser catastrófica.
Cuando se pertenece al mundo de la moda y confecciones, sabemos que esto es relativo, la talla s (ese) puede ser tan amplia que puede ser incluso una m (eme) o l (ele), las escribo así, para hacerlas bien claras, porque normalmente a cualquiera de nosotras esas letritas tan pequeñas nos pueden alegrar el día o convertirlo en un soneto fúnebre.
Estamos tan manipulados por los centímetros, que no nos damos cuenta de que la ropa que gira por el planeta clasifica a las millones de mujeres en el mundo entero, en una letra; sin tomar en cuenta que somos tan diferentes en las formas. Por ejemplo, nuestras vecinas argentinas o brasileñas tienen menos busto, pero tienen más caderas. Por eso, por más que queramos, no coincidimos en las tallas, pero basta ver la letra y esta aparece como la gran amenaza a nuestra estima e, incluso, algunas féminas son capaces de andar como arrollado huaso, para ser obedientes a las tallas.
Estoy segura de que la mejor relación que se tiene con una prenda es escogerla en el tamaño que nos corresponde, nosotras somos las que la llevamos, no la prenda a nosotras. La adecuada es la que nos da la seguridad, la caída y el w; no seamos ingenuas, porque en el mercado circulan ropas de talajes que nada tienen que ver con nuestra estructura ósea y que llegan a ser castigadores de imagen.
Investiguemos, busquemos y aprendamos a reconocernos, no caigamos en tipificaciones absurdas y aquí viene lo más importante: es una forma de ser más felices cuando nos asumimos en lo que somos, yo quiero a mi amiga, a mi hija, a mi madre por lo que es, linda, pero no por una letra en la talla.
¡Hasta la próxima!