Tiene que ver con los sueños, con la manera en cómo yo voy construyendo las imágenes. En los sueños se mezclan los recuerdos, la realidad, objetos reales e ilusorios, entonces siempre tuve la necesidad de construir esas imágenes.
Yo sentía que gran parte del discurso político había perdido consistencia y coherencia desde la caída del muro de Berlín. Ese fue un punto de inflexión donde prácticamente no hubo un modelo alternativo al capitalismo. Entonces ¿cómo pensar y expresar algo distinto?, ¿a partir de qué modelo?, ¿cuál sería el paradigma? Lo político empezó a perder profundidad y sentí que una forma de hablar y de hacer presentes las cosas era a través de las imágenes. Pero no fue un proceso demasiado consciente.
La fábrica es lo que aquí ya no está, porque todos estos lugares, en un principio, fueron fábricas. Actualmente cumplen otro objetivo, tienen usos no productivos y ya no hay gente trabajando adentro. Estas antiguas empresas quebraron, entre otras cosas, por la competencia externa.
Eso tiene que ver con la manera en cómo se reorganizó la economía, que definió un modelo de apertura de mercado, donde el comercio es lo que primó y la producción nacional se vino abajo, ese es justamente el crimen. Estas imágenes son la escena del crimen que se cometió unos años atrás.
Se trata entonces de una fuerte crítica a la situación actual…
La crítica fundamental apunta al cambio del modelo de la economía volcada hacia adentro y el momento en que se abrió hacia el mercado externo. Por eso hubo muchas áreas productivas que fueron liquidadas. En definitiva, la crítica tiene que ver con la división económica a nivel global, donde algunos países prácticamente son productores de mano de obra, otros son productores de materias primas y otros son consumidores. Eso hace que la manufactura quede distante de la ciudad.
En ese sentido, ¿consideras que hay una pérdida de identidad?
Por supuesto. Es distinto cuando uno va a un lugar donde los productos muestran la raíz cultural de esa ciudad. Con el actual modelo productivo hay una pérdida de identidad y esta exposición es una crítica a esa forma de ver la producción y esa manera de establecer la ciudad.
Entonces podría decirse que tu obra es también un rescate de ese pasado…
Creo que la exposición es un llamado de atención al estado actual de las cosas y en las condiciones de abandono en que está el patrimonio. A fin de cuentas, el descuido en que está la ciudad entera. En ese sentido, esto además pretende ser un rescate de ese patrimonio intangible que es la cultura, la ciudad y sus habitantes.
CON PRISMA POÉTICO
Para sorpresa de Manuel, su obra ha tenido buena acogida dentro del público, lo que le ha permitido adquirir cierto carácter itinerante, recorriendo ciudades como Santiago, Valdivia y recientemente Valparaíso. Ahora está a la espera de ser exhibida durante julio en Puerto Varas y también está la posibilidad de llevarla a La Serena y Concepción, algo impensado en un primer momento para este artista visual.
Los juegos espaciales, la incorporación de planos y la intervención cromática son solo algunos de los elementos que se mezclan en un entramado que posee claramente un sello de autor, cuya rúbrica trabaja imágenes que recrean una arquitectura en ruinas.
¿En qué consiste el proceso de postproducción de estas imágenes?
Tengo bases digitales de fotografía, dibujo gráfico y pinturas al pastel, que son a través de los cuales construyo las imágenes utilizando distintas técnicas como las transparencias, la superposición, las ventanas, las curvas de color, entre otras.
¿Cómo fueron las visitas a los antiguos talleres industriales?
Eso fue impactante porque una cosa son los lugares, pero lo que tú ves detrás de ellos son las personas. Es decir, lo que yo intento valorizar con estas imágenes de lugares abandonados es el trabajo que ahí hubo, la apuesta de país que se hizo en aquella época, donde se apreciaba la producción de bienes made in Chile.
¿Qué tan importante fue tu formación como arquitecto en el desarrollo de tu exposición?
Yo creo que fue fundamental, sobre todo la formación de la Escuela de Arquitectura de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso, en el sentido de recuperar una mirada poética del lugar. Es por eso que se mezclan tantas cosas. En muchos casos está presente el tema de la obsolescencia, de la muerte del lugar, de la condena a muerte de ciertos sectores de la ciudad. Eso es lo que está latente, lo que me da vuelta cuando veo un lugar como Valparaíso y desgraciadamente es una visión que, con el reciente mega incendio, constata una trágica realidad.
Y así, casi de golpe, salimos de la sala de exposiciones en busca de un café. La ciudad intenta retomar su ritmo. Acaso buscando olvidar la catástrofe. Pero así funciona. Es la fragilidad de la memoria.