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EDICIÓN | Mayo 2014

Valparaíso sin número

Por Carolina Arias Salgado www.bazarlapasion.cl info@bazarlapasion.cl Ilustración: María de los Ángeles Pradenas M.
Valparaíso sin número
Valparaíso es pobre, eso no es un secreto, pero señores a cargo de la autoridad, no nos ofendan, aquí no hay ningún pobre de cabeza. Me parece que los pobres de cabeza, de ética, de espíritu, son otros. Aquí tenían la oportunidad para actuar y hacer rápido, pero una vez más nos pensaron como porteños acostumbrados, las quebradas se queman, las matrices se revientan, las cañerías de gas explotan.
Tantas historias se han contado, tantos discursos hemos escuchado, de tantos nuevos estudios y análisis nos hemos enterado, tantos bonos se han entregado. Dudo poder escribir algo que ya no sepamos sobre este lugar, las aristas son muchas. Espero equivocarme, pero la experiencia me dice que los apuros pasan y los habitantes quedan, aquí en unos días más no va a pasar nada, los damnificados seguirán en el mismo lugar, levantándose como lo habían hecho hasta ahora, sin ningún plan.
 
Este es el peor desastre en el lugar más apto para que sucediera, una ironía, parecía como si lo hubieran estado llamando. No lo queríamos, pero teníamos muy claro que vendría, y obviamente nos pusimos los parches ante la herida, porque lo gritamos mil veces. Los incendios en los cerros de Valparaíso (donde vivimos el noventa por ciento de la población) son tan antiguos como él mismo, sabemos cómo se comporta el viento sur, sabemos cuál es el rol de las quebradas, por ellas corre el agua cuando llueve o cuando se rompe una matriz arrastrando todo lo que alcance, por ellas se cuela el viento y se desliza el fuego. Estas mismas quebradas son las que silenciosamente acumularon el combustible necesario para transformar a Valparaíso en el infierno. Días antes las sirenas sonaban para evacuar a los porteños ante un posible tsunami. No creo haber escuchado alguna vez que el agua salada era capaz de subir los cerros, pero ver bajar y arrasar el fuego, eso lo he visto muchas veces.
 
Tal vez el vivir en una ciudad que nunca fue fundada nos pasó la cuenta; al principio era solo un puerto pero creció rápido, los cerros —en su mayoría zonas rurales— pasaron a ser urbanos, se aceptaron construcciones irregulares improvisadas como regulares pues, al parecer, es más fácil legalizar lo ilegal que abordar y solucionar el problema. Por eso Valparaíso no tiene un plan.
 
Algunos dicen que esta catástrofe era inevitable. Pero la manera de atacarlos no puede ser inevitable, ¿dónde están las copas de agua, dónde están los corta fuegos, dónde están las cañerías, dónde están las calles que permiten que un carro de bomberos suba con rapidez, dónde están los grifos llenos de agua, dónde está el organismo de emergencia? No estaba, entonces puede ser verdad, esta catástrofe era inevitable.
 
Acá no solo se quemaron las quebradas se quemaron barrios, sectores fundacionales de la ciudad, colegios, consultorio, jardines infantiles. No se quemaron solo pinos y eucaliptus que pronto crecerán como toda plaga con más fuerza y que ojalá que crezcan pronto porque nada sostiene el terreno quemado de los cerros ahora; el próximo desastre serán las lluvias y por las quebradas veremos pasar las casas que ahora son escombros amontonados.
 
Acá se intentó dirigir y organizar desde un centro de acopio oficial en el plan de Valparaíso y no subiendo a los cerros a escuchar y ver lo que realmente suplica la gente, tal vez por miedo a decir frases tan desafortunadas como la del señor Castro “¿te mandé yo a vivir aquí?”. Ante esos bochornos es mejor mirar desde lejos y hacer como que se intenta formar un plan de emergencia, un plan de contingencia. Pasan los días y las soluciones no solo no llegan sino que se hacen más indignantes. En consecuencia, la autoridad deja de serlo y los voluntarios se arman de palas para enfrentar a los armados que bloquean el paso evitando que suban. Pero no los amedrentan, las palas esta vez ganan. Y probablemente los uniformados que impedían el paso, muy en el fondo, estaban felices de ser vencidos.
 
Esta ciudad, patrimonio de todos los humanos, ciudad turística, ciudad universitaria, ciudad de poetas, artistas, creadores, ciudad rica en su esencia, ya no resiste, está toda chascona, pues no han dejado de abusarla. Y así seguirá recibiendo el abuso hasta que se queme por completo. A no ser que nosotros, los ciudadanos, nos levantemos, nos sacudamos el polvo y hagamos la ciudad nuestra.
 

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