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EDICIÓN | Mayo 2014

El vaquero del museo western

Juan Crass, artista
El vaquero del museo western
Pocos saben que en pleno Concón hay un antiguo pueblo del viejo oeste estadounidense. Se trata de un verdadero portal al pasado, construido por un artista autodidacta y amante del western. Un lugar ambientado en el siglo XIX y habitado por vaqueros de tamaño real, pero donde la verdadera reliquia es su propio dueño, que bien podría tratarse del Indiana Jones chileno.

por Tomás Moggia C. / fotografia Vernon Villanueva B.

Entramos directo a la cantina de Silver City. Así nomás, sin muchos rodeos. Quizá por una mala costumbre de am-bos, pero de un momento a otro, ya estábamos adentro. Allí, entre la barra y una mesa, El Bueno, El Malo y El Feo nos recibieron con caras de pocos amigos. Por suerte, los tres pistoleros del viejo oeste estadounidense son réplicas inanimadas de acrílico y fibra de vidrio, construidas por las propias manos de Juan Crass (59), creador y dueño del museo western ubicado en Concón.
 
En su natal Valdivia y ya desde muy pequeño, este descendiente de colonos alemanes siempre sintió una extraña y fascinante atracción por el mundo de los vaqueros. Y es que su infancia fue una época en que no hacía otra cosa que devorar novelas y películas del género, además de pasar gran parte del día arriba de un caballo.
 
Con el correr de los años, Juan fue explotando su veta artística y realizó un sinnúmero de ilustraciones del western, entusiasmado con la idea de poder publicarlas algún día. Fue con esa idea en mente que partió a Estados Unidos, acompañado nada más que de un portafolio con sus creaciones. Tal como esperaba, sus dibujos tuvieron buena acogida y al mismo tiempo le dieron la posibilidad de hacer encargos como freelance.
 
Posteriormente, viajó a España con la misma intención y logró un éxito similar, cumpliendo así su sueño de vivir a costa de sus producciones, que luego mandaba por correo a ambos países. “El hecho de hacer algo que a uno le gusta y poder vivir de eso es una realización súper grande”, asegura con orgullo el vaquero chileno.
 
ARTISTA INNATO
 
Por más de diez años, Juan se dedicó casi exclusivamente a vender sus dibujos para libros y revistas. No obstante, poco a poco el interés por el western decayó y tuvo que buscar nuevos horizontes. En la pintura al óleo —con el campo y los caballos como sus especialidades—, este artista nacional encontró una nueva fuente de ingreso. Así viajó periódicamente a Estados Unidos para exponer sus obras, oportunidades en las que también aprovechó de visitar pueblos originales e históricos del viejo oeste.
 
¿Fue a partir de esas experiencias que surgió la idea de crear un museo?
Siempre quise tener algo para mí, un lugar donde poder venir en cualquier momento para sentirme en ambiente que me gusta. Y ahí decidí llevar a cabo este pueblo, solo y sin ninguna ayuda, hace como quince años. Después, hace unos cuatro años, empecé con el tema de las figuras de vaqueros de tamaño real.
 
¿Cómo aprendiste a construirlas?
Todo lo artístico lo he hecho solo, en forma innata. Tanto la parte escultórica como modelar las caras. Otra de las actividades que hago es dedicarme a hacer prótesis oculares, entonces las figuras tienen ojos acrílicos como los que utilizan los pacientes.
 
¿Qué es lo que te atrae tanto del western?
Nunca lo he sabido. No es algo que venga de las películas o de los libros. Yo creo que todo esto es información que se va traspasando, donde pueden ser antepasados de uno que transmiten estas sensaciones. A lo mejor viene de por ahí.
 
¿Y qué implica llevar el western en la sangre?
Es vivir constantemente en una época que no te corresponde. Yo no soy muy interesado en la tecnología, aunque por necesidad tengo que usarla, pero si fuera por mí, estaría feliz sin los adelantos que existen. Sueño con poder vivir en el 1800, con todo lo que implica eso. Entonces lo que hago es venir al museo cuando tengo la posibilidad de arrancarme y así pasarme a ese período de tiempo y estar tranquilo.
 
Si pudiera remontarse al siglo XIX, ¿sería un vaquero de los buenos o de los malos?
Bandolero no sería. A mí me llama mucho la atención la vida de los vaqueros, aquellos que recorren a caballo transportando el ganado de un lugar a otro, por miles de kilómetros a veces. Me hubiera gustado tener un rancho y vivir cerca de un pueblo. Me atrae más la libertad.
 
INDIANDA JONES ES CHILENO
 
Juan Crass es todo un vaquero. No solo se viste como tal, sino que también intenta vivir comoen el western. Basta verlo a la distancia para darse cuenta que se toma las cosas en serio. Sin embargo, va más allá todavía. Y es que otra de sus pasiones es la búsqueda de tesoros.
 
Estamos hablando de algo así como la versión criolla de Indiana Jones.
 
“Yo también me dedico a buscar tesoros. O sea, no me dedico, sino que me gusta investigar y ver dónde hay posibilidades que haya algo enterrado”, revela sin tapujos.
 
¿Alguna vez encontró uno?
De un libro saqué información de unos corsarios que pasaron por Cabo de Hornos hacia el norte y encallaron en una isla cerca de Puerto Edén. Llevaban cargamento de lingotes de oro y otros artículos. Ellos no pudieron salir de ahí y murieron. Nosotros leímos esto con un amigo y partimos.
 
¿Y viajaron solo con esos antecedentes?
Yo tenía unos veinticinco años, no había celular ni ninguna cuestión para comunicarse. Salimos en una barcaza desde Puerto Montt. Pensábamos pedirle al capitán que nos dejara en esa isla para sobrevivir, pero no quiso y finalmente nos quedamos en Puerto Edén, a varios kilómetros de distancia del tesoro. Ahí tuvimos que ver cómo partíamos para allá.
 
A pesar del mal tiempo, Juan y su amigo consiguieron que un kawéskar los condujera en bote por los fiordos patagónicos, en una aventura que casi les cuesta la vida y donde ni siquiera lograron llegar al ansiado destino. “Es una isla más o menos grande, pero no voy a decir cómo se llama porque algún día tengo que volver a buscar el tesoro”, argumenta con cuidado, como para no revelar ningún tipo de información relevante.
 
MUSEO EN PELIGRO
 
Silver City no solo cuenta con una cantina. También está el hotel del pueblo, que posee un dormitorio ambientado con delicadeza a la usanza de aquella época y al cual se accede tras subir una empinada escalera. Es quizá uno de los lugares favoritos de Juan, donde incluso suele ir a tomar una siesta de vez en cuando.
 
La oficina del sheriff tampoco podía faltar. Allí reside el personaje histórico que más cautiva al artista. Se trata de Wild Bill Hickok, uno de los pistoleros más rápidos del oeste y sheriff de Deadwood, asesinado mientras jugaba póker con una doble pareja de ases y ochos, que desde entonces se conoce como la “Mano del Muerto”.
 
Así es este curioso y único museo western, que hoy en día solo recibe visitas coordinadas previamente y donde también es posible ver otro tipo de figuras que nada tienen que ver con el viejo oeste, pero que son algunos íconos del cine contemporáneo como Terminator, Jack Sparrow, Rambo, Depredador y Freddy Krueger.
 
¿Cuáles son los principales problemas para su funcionamiento?
Para tenerlo permanentemente abierto hay que tener una persona para ello y no se justifica para recibir apenas un par de visitantes. Eso es lo complicado, porque no sale a cuenta. Además, la publicidad ha sido otro de los inconvenientes, ya que mucha gente pasa por aquí todos los días, pero no entra. Eso me parece muy extraño.
 
¿Cuáles son sus expectativas con el museo?
Tenemos la intención de vender el terreno y mi casa para comprar una parcela. Mi idea es adquirir una parcela cerca de Concón para construir un pueblo turístico como los que hay en Estados Unidos, y quizá tener caballos para poder recorrerlo sobre ellos. Ese es uno de mis sueños.

 

 
“Yo no soy muy interesado en la tecnología, aunque por necesidad tengo que usarlas, pero si fuera por mí, estaría feliz sin los adelantos que existen. Sueño con poder vivir en el 1800, con todo lo que implica eso”.

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