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EDICIÓN | Mayo 2014

El vino: un brindis de Oriente al Occidente

Por Sergio Melitón Carrasco Álvarez Ph.D. Profesor en la Universidad de Chile Director China & India Intelligence Reports smcarrasco@vtr.net
El vino: un brindis de Oriente al Occidente
Si pudiésemos cuajar lo mejor de nosotros, como vino que se macera en barricas; en vez de perder el tiempo en tanta inútil discusión sino embriagados en abrazo fraterno, quizás hallaríamos nuestro lugar y brillante destino. Y diríamos con razón que no solo vivimos de cobre y de vino.
Chile es cobre, es vino. Bueno, también salmones, frutas, maderas y ojalá la lista excediera este artículo. Mas, cobre y vino es lo que nos destaca y da fama. Interesante, porque cobre desde los orígenes; y se han reunido aquí de nuevo, en Chile, en el finis terrae.
 
El cobre se comenzó a usar hace unos siete mil años. Fue uno de los fundamentos de la vida humana civilizada, mejor nutrida, más limpia y saneada, con rutinas y vida social planificada.
 
El vino, humilde plantita rastrera y trepadora, no fue menos importante. Original de la zona del Cáucaso, crecía en laderas montañosas (aún existe de modo natural al norte de Irán), formando enredaderas colgantes al trepar por troncos y peñascos. Los dulces granos fueron golosina favorita de tribus de nómades que iban y venían por pasos y quebradas, o permanecían en frescas veranadas entre su deambular. Cómo las vides fueron llevadas en tantas direcciones se relaciona con las migraciones de gentes del Asia Interior. La vid llegó hasta China; se conoció y plantó por todo el Cercano y Medio Oriente; fue cultivada en el Norte de África y las costas europeas. Las parras fueron característica distintiva de toda cultura agraria del Mediterráneo. El vino fue resultando de graduales y sucesivos avances técnicos donde las herramientas de cobre fueron fundamentales. Más tarde se harían de bronce, y mucho después de hierro. En antiguas tablillas cuneiformes halladas en los niveles más antiguos de la civilización sumeria, ya se menciona el vino: “El vino es el jugo de la tierra. Si la ambrosía que destila del cielo es la bebida privativa de los dioses, el vino es el premio al trabajo humano”.
 
En Egipto se conoció el vino aunque no prosperó ahí una cultura vitivinícola. Por lo mismo, los inmigrantes llegados desde la Palestina que se integraron como fuerza laboral no agradaban a las jefaturas egipcias por su afición al vino “¡Gentes simplonas, barbudas, que ahogan su pena en vino y le temen a un dios desconocido!”, dice un escrito egipcio.
 
Por siglos, en Mesopotamia, el vino simbolizó el modesto premio al sacrificio y la culminación de los trabajos. Por eso se asoció a todo ceremonial de gratitud, fuese por una abundante o por una modesta cosecha. Durante el frescor de la noche, al calor del vino, los humanos podían desatar su alegría. De día, bajo el ojo ardiente del sol, se sentían observados por las deidades y entonces solo se debía trabajar. Por eso, el vino se bebía al anochecer; hora de la libertad y del dulce amor.
 
El pueblo griego adoptó la cultura del vino y también la asoció a la alegría, al ocio creativo. “El vino en copa justa, demuestra inteligencia” decía un filosofó. Vino y conversación fue el epítome del ser social. El vino fue la mejor síntesis de Oriente y Occidente, y la suma la hizo el cristianismo. Jesús se entregó sin resistir, no se defendió de modo alguno; porque ya todo estaba dicho. Por eso ofreció pan y vino en reemplazo del cordero sacrificial. Tomen y coman (pan) y beban (vino), porque son el símbolo del sacrificio del hombre.
 
La expansión del cristianismo a su paso incorporó toda la cultura antigua. El vino, siendo cosa esencial, con mayor razón se consagró como símbolo de la nueva alianza. Y volvemos a Chile, donde se derramó la civilización cristiana sobre el suelo cuproso, oxidado por los aires marinos y los ciclos del agua sobre la muralla enhiesta de Los Andes; tierra generosa que cobijaba a pueblos fértiles y nobles en su simpleza.
 
Si pudiésemos cuajar lo mejor de nosotros, como vino que se macera en barricas; en vez de perder el tiempo en tanta inútil discusión sino embriagados en abrazo fraterno, quizás hallaríamos nuestro lugar y brillante destino. Y diríamos con razón que no solo vivimos de cobre y de vino.
 

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